Geraudí dos 

  

   Rafael Cadenas: vida y poesía en comunión

Geraudí González Olivares

 

Leer a un escritor consagrado es una cosa. Conocerlo, tenerlo tan cerca, otra muy distinta. Su llegada al recinto ferial implicaba para mí una suerte de acercamiento que bien podía pasar por debajo de la mesa; pues, no era yo la única que sentía enormes deseos de conocerlo, ya no desde la platea de los asistentes a la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo (Filuc), sino desde el lado que involucra al comité organizador. Pensaba que, quizás, eso me daría la opción de conversar con él, o al menos de observarlo con prudencia, ya desde una óptica más próxima.
El poeta llegó a la ciudad y luego al recinto ferial. De caminar pausado, aspecto reservado, algo parco en sus expresiones, aquel hombre se convirtió en el centro de atención de aquella congregación literaria que celebra cada año la Universidad de Carabobo, en Valencia, Venezuela. Lo que siguió fue posiblemente el eje de mis pensamientos el día de su llegada: acercarme y poder hablarle. Sin embargo, esta pretensión se convirtió en una tarea un tanto difícil y dudosa. ¿Qué podía decir yo de útil a aquel hombre sabio y brillante que ahora tenía enfrente? ¿Acaso había algo importante que decirle a un escritor que ha manejado la palabra con la más sensible y depurada inteligencia? Creo que ya imaginan cuál sería entonces mi respuesta. 

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Jaime Muñoz Vargas

 

 

 

    BLOQUEO Y AUTOPLAGIO 

 Jaime Muñoz Vargas*

 

Entre los horrores más frecuentes del escritor está el horror a la página en blanco. Así lo llamaban antes, "a la página en blanco", pero hoy podría ser "al monitor en blanco". Suena menos poético, pero igual da: se trata de una sequía imaginativa por supuesto que involuntaria, un cerco que por alguna razón harto misteriosa impide que fluyan las palabras, que a la hora de la hora, frente al teclado, algo se frene, se contenga, se atrofie. 

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el ombligo de piedra

 

 

     EL OMBLIGO DE PIEDRA

 La columna de Rogelio Ramos Signes

Trece veces trece

En épocas difíciles (y esta época lo es) junto con un gran desgano, junto con un profundo descreimiento, crece paradójicamente un exceso de fe. Comerciantes de esa fe, sin descanso, pululan por campos y ciudades. Alguien corre a poner una escoba detrás de la puerta, otro enciende fuego frente a la entrada de su casa, una mujer regresa y toca la piedra con la que acaba de tropezar, una anciana pronuncia una serie de palabras sin sentido frente a un niño llorón o indiferente que ha sido víctima del «mal de ojo».

Medallas, amuletos, cadenitas, pulseras, partes muertas de algo que alguna vez tuvo vida; en fin, cualquier cosa, sirve como protección contra la mala suerte. Aprendices de hechiceros (especuladores consumados, en el fondo) fomentan esta credulidad de la gente, esta necesidad de vivir sin tantos apremios, arengándonos desde los medios de difusión (la radio es la vía favorita) o bien desde consultorios humildemente decorados. Verrugas que se desvanecen sobre la piel, hemorroides que desaparecen sin intervención quirúrgica, maridos que regresan al hogar luego de haberse fugado con alguna «mala pécora», renacimiento de negocitos de barrio que iban a la bancarrota, buenas digestiones, excelentes micciones, noviazgos increíbles (estatuitas de San Antonio puesto de cabeza, mediante), todo es posible, con la oración que anula el maleficio y con el agua rezada, convertida en elixir magnético el martes de cada semana. Ayuda para todo (ésa es la consigna): para que llueva de una buena vez y no se incendien los bosques, o para que deje de llover y las aguas de los ríos vuelvan a sus cauces; para que la insensata destrucción del mundo no sea algo inminente, o para que nuestro club deportivo no pierda el domingo.

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Jaime Muñoz Vargas

 

 

 

     CON UN ARMA EN LA NUCA

Jaime Muñoz Vargas

 

 

Nuestro oficinista sobrevive a los tumbos en una urbe sombría e inhumana, demasiado inhumana. Se trata de un tipo mediocre, tan apocado que casi es invisible. La rutina lo cerca y los días van minándolo hasta límites inconcebibles. No es dueño de su vida, y todo alrededor se confabula para hacerlo papilla, para machacarlo en el mortero de la desdicha. El oficinista no tiene nombre, así que basta llamarlo así: el oficinista, quien parece ser el resultado individual de un proceso —¿económico, político, social, moral, todo eso junto?— que ha pulverizado la vida de inmensas colectividades. El oficinista, pues, es uno y millones, una sinécdoque de la devastación mundial.

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el ombligo de piedra

 

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA

 La columna de Rogelio Ramos Signes

Las modas de La Moda

 

El 11 de noviembre de 1837 aparece en la ciudad de Buenos Aires lo que podría considerarse la primera revista argentina: La Moda. Este «gacetín semanal», según estimaban sus propios editores, tocaba temas afines a la música, la literatura y las costumbres de la época. Aparecieron veintitrés números hasta el 21 de octubre de 1838, y si bien no sabemos si logró convertirse en el medio de expresión del «Bello Mundo Federal», como prometía satíricamente antes del primer número, sí podemos comprobar que cumplió con la periodicidad de una revista semanal. Pero ¿quiénes estaban detrás de ella? ¿quiénes daban la cara o quiénes la escondían, según su propia conveniencia? Juan María Gutiérrez (director), Rafael Jorge Corvalán (editor) y un tal Figarillo (es decir: Juan Bautista Alberdi) eran los responsables de La Moda. Estos jóvenes apasionados, fieles a la consigna de «reformar y regenerar», rendían culto a la inteligencia, parapetaban con su comportamiento las teorías de Saint Simon, vivían con pasión el momento histórico que les tocaba vivir, criticaban a su manera el gobierno de Juan Manuel de Rosas, y militaban (a pesar de sus gustos personales) en la etapa más humanitaria y social del Romanticismo.

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