El ombligo de piedra

 

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

  Yo te bautizo Rock & Roll

 

Al momento de elegir el nombre artístico que habrá de identificarlos a lo largo de su carrera, los grupos de rock (y afines) demuestran tener mucha imaginación. Paralelamente, también, dejan al descubierto sus gustos y sus intereses, no siempre comerciales, aunque culturales tampoco. A veces la elección de un nombre es un homenaje. 

Si es por haber, hay de todo. Están los más simples, los que no quieren complicarse demasiado tratando de ser originales. Éstos optan por el artículo determinado «Los», y a continuación le agregan el nombre de cualquier animal (Gatos, Perros, Piojos, Lobos). Están, o estuvieron, los «eternamente rebeldes» que tanto pueden llamarse Damned (Condenados, Detestables, Malditos), Clash (Choque, Golpe Violento, Lucha) o bien Iron Maiden (La Dama de Hierro, visto superficialmente; aunque también sabemos que ése era el nombre de un aparato medieval de tortura). Los padres de esta corriente heavy (pesada) fueron mucho más imaginativos y jugaron con la desorientación. Led Zeppelin tomó su nombre del inventor del globo dirigible apellidado así y le agregó la aclaración «Led», transformándolo en algo parecido a Zeppelin de Mano; originalidad muy propia de los grupos surgidos en los 60. Y Deep Purple (Púrpura Intenso), la otra gran banda heavy, se inspiró en una canción dulzona que cantaba Bing Crosby allá por los 40, aunque parezca mentira. 

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 Francisco Zamora

 

 

   Queremos tanto a Julio*

Por Francisco Zamora

 

Son las tres de la mañana del 26 de Agosto de 2015. Hoy se cumplirían 101 años del nacimiento de Julio Cortázar. También se cumplen siete días y un par de horas desde que intento escribir algo sobre él y no se me ocurre qué ni cómo.

Mientras manejo, me baño, leo – incluso a otros autores- , una sola pregunta ronda mi cabeza: "¿Cómo escribir sobre el hombre que ha cambiado por completo tu forma de ver el mundo – y la literatura, claro- y no quedarse corto?"
En estos últimos días he releído sus cuentos, hojeado biografías, buscado entrevistas y un par de notas sobre él y aún no sé cómo empezar a escribir sobre Julio.

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 Jaime Muñoz Vargas

 

 

 

    
ABC de bestias imaginarias

 

Jaime Muñoz Vargas

 

 

"La ciudad como un cerdo", de Paco Valdés Perezgasga; "Murciélagos, viajeros incansables de Oklahoma a Lerdo", de Celia López González; "A la pesca del ictiosaurio", de Héctor Esparza; "El culto a nuestros antepasados", de Leticia González Arratia y muchos textos e imágenes más ofrece el número 45 de Nomádica, revista de Ecodiversidad, arte e historia del norte de México. Para los interesados en esos temas, no tiene página saltable, salvo quizá las dos mías. En ellas coopero con el artículo que encabeza esta columna que es hoy como un bocadillo de degustación y aquí comienza:

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 el ombligo de piedra

 

 

   

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Lo de soft y lo de diet que tiene lo light

Hubo épocas en que las cosas "no se tomaban con soda", aunque se usara el famoso dicho. Por contraposición, hoy que el consejo ha dejado de enunciarse de esa manera, las cosas "sí se toman con soda"; es decir, livianamente, sin pasión, "sin calentarse" como rezaría otro modismo algo más intemporal.

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Juan Basterra

 

    

 

 

BORGES Y ELVIRA DE ALVEAR

Juan Mario Basterra*

 

 

 

 

Elvira de Alvear
Todas las cosas tuvo y lentamente
Todas la abandonaron, La hemos visto
Armada de belleza. La mañana
Y el arduo mediodía le mostraron,
Desde su cumbre, los hermosos reinos
De la tierra. La tarde fue borrándolos.
El favor de los astros (la infinita
Y ubicua red de causas) le había dado
La fortuna, que anula las distancias
Como el tapiz del árabe, y confunde
Deseo y posesión, y el don del verso,
Que transforma las penas verdaderas
En una música, un rumor y un símbolo,
Y el fervor, y en la sangre la batalla
De Ituzaingó y el peso de laureles,
Y el goce de perderse en el errante
Río del tiempo (río y laberinto)
Y en los lentos colores de las tardes.
Todas las cosas la dejaron, menos
Una. La generosa cortesía
La acompañó hasta el fin de su jornada,
Más allá del delirio y del eclipse,
De un modo casi angélico. De Elvira
Lo primero que vi, hace tantos años,
Fue la sonrisa y es también lo último.
                                                       Jorge Luis Borges

De todos los poemas amorosos de Borges, es probable que ninguno conmueva tanto, llegue en tal medida al mismo centro de nuestro corazón como "Elvira de Alvear". 

 Elvira de Alvear

La primera razón de la conmoción es de orden estético. Pocos escritores comprendieron tan bien como Borges el valor de la alusión amorosa y probablemente ninguno (si exceptuamos a Pessoa), extrajo del pudor aquello que ninguna proclama estilística puede desmentir: el hecho indubitable de que el amor es una experiencia interna y de que son vanos los afanes por convertirlo en un pregón de multitudes. No de otra manera puede entenderse el tratamiento velado que se da en el poema a la musa invocada, el respeto distante que solamente rendimos a los seres que jamás serán nuestros.

La segunda de las razones es de naturaleza histórica. Elvira de Alvear, muerta a los cincuenta y dos años y alienada mental durante los últimos decenios de su vida, es la representante de una clase social y de una manera de percibir e interpretar el mundo, que al igual que su trágico destino, se ven condenados a perecer en la multiplicidad de un universo cambiante que abandona las nociones de perennidad y trascendencia y la importancia de aquella sentencia incluida en el "Timeo" de Platón: ". . .solo importa aquello que es, existe siempre y no deviene jamás". Tiene, como las ruinas romanas pintadas por los representantes de la escuela clasicista francesa, el sabor de las cosas ya para siempre perdidas y que sin embargo, por eso mismo, nos siguen encantando a la distancia.
La tercera y última de las razones es de índole personal y está relacionada al destino de la mujer amada por Borges. Elvira, en quien algunos exégetas han columbrado la sombra de la Beatriz Viterbo del cuento "El Aleph", deambula, en el ocaso de su vida, por las estrechas habitaciones de un pequeño departamento en el barrio de San Telmo. Muy lejos han quedado su antiguo palacete parisino (en el que Neruda paseaba su juventud de trasandino irreverente bajo la mirada divertida de Alejo Carpentier) y una servidumbre al uso versallesco, abolidos por una ruina estrepitosa que solo dejó en pie el tremendo prestigio de un nombre y una situación mundana en las fronteras de la leyenda. Una campana de plata acompaña a Elvira en sus reclamos solitarios a los fantasmales sirvientes; de la antigua belleza solo quedan vestigios; cultiva crisantemos en los pocos jarrones sobrevivientes al descabalado de las fregatrices y toma té de Ceilán servido por las manos de sus pocos invitados. Al igual que las damas envejecidas que en el enorme ciclo proustiano recorren los senderos perdidos de su propia juventud, garabatea una novela inconclusa que al comienzo es un conjunto de trazos apenas legibles y al final, puras formas desdibujadas. Borges acompaña pacientemente cada uno de estos gestos náufragos. Al fin y al cabo, él también está solo, aislado en la "terca neblina luminosa" de su ceguera progresiva.
Borges guardó un piadoso silencio sobre los postreros días de su querida amiga. Conservó durante algunos años el hábito melancólico de llevarle rosas al imponente panteón familiar en la Recoleta, monumento funerario de una deslavada belleza y guarecido por el mármol gris de sus columnas dóricas. No conocemos nada de su último encuentro. Acaso no sería improcedente y probablemente sería lícito imaginarlo: es una tarde desapacible de octubre; cae una lluvia de adioses sobre las siemprevivas del pequeño jardín interior del departamento de San Telmo. Un gorrión gana la oquedad de una cornisa. Elvira de Alvear, ruina desvanecida de lo que alguna vez fuera, recoge el pelo que le nubla la frente, mira los ojos sin luz de su amigo y en un gesto de tímida adolescencia -mientras desde el interior de su dormitorio llegan los acordes apagados de una sinfonía de Brahms-, esboza la última sonrisa para su poeta.

Una versión de este artículo fue publicada en el Diario Norte de Resistencia (Provincia del Chaco)

*Juan Basterra nació en La Plata el 27 de junio de 1959. Es profesor en Biología. Tiene publicadas dos novelas: Tata Dios (2015) y La cabeza de Ramírez (2016). Colabora en diario Norte, de Resistencia, Chaco, donde publica columnas en el suplemento dominical "La chaqueña".

 
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