Jaime Muñoz Vargas

         

 

 

Novela

Jaime Muñoz Vargas


Una semana después pude decirle la verdad. La tomó tranquilamente, casi abochornado por el papelón del martes. Me había caído como caen todos estos inocentes: por un consejo de un amigo de un cuñado, esas carambolas que tiene la recomendación de mi negocio.

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El ombligo de piedra

 

 

   EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

El do-re-mi de Pitágoras

 

Es difícil dar con alguien totalmente indiferente a la música. Si consideramos que la música es mucha y muy variada, algo en ella, por mínimo que sea, roza en algún momento inclusive a los espíritus más reacios.
La música es un bien de la humanidad que a todos nos atañe, ya que para gustar de ella no es necesario tener conocimientos específicos y ni siquiera se necesita el talento de la afinación para escucharla y dejarla que conmocione alguna parte de nuestra persona. Que cuanto más conocimiento tengamos al respecto más gustaremos de ella es una gran verdad, pero eso, como todo, es aplicable a muchas disciplinas tan dispares como literatura y mineralogía, pintura y enología, cinematografía y física cuántica. El conocimiento nunca está de más, aunque no siempre sea necesario.

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Juan Basterra 

 

 

   BIOY CASARES, EL HOMBRE QUE AMABA A LAS MUJERES

 

Por Juan Mario Basterra*

Especial para Tardes Amarillas

 

Hará una treintena de años escuché o leí una anécdota, probablemente falsa, relacionada a Adolfo Bioy Casares y que resume mejor que ninguna otra él donjuanismo inolvidable y el espíritu de sutileza del autor de "Guirnaldas con amores".
La anécdota en cuestión, una anécdota al uso de Casanova, era la siguiente: Bioy había decidido concluir tres relaciones amorosas paralelas con mujeres de la alta sociedad porteña, amigas entre si. El escritor era un hombre casado –esto era conocido de todos- y las mujeres pertenecían al mismo grupo de relaciones que la mujer de Bioy, la escritora y pintora Silvina Ocampo. Silvina estaba informada perfectamente de la triple aventura de su marido y Bioy se sentía mortificado. El asunto merecía un examen: las tardes compartidas en la vastedad del gran salón con ventana a la plaza San Martín de Tours no eran sencillas y Bioy, que era un hombre compasivo a su manera, sentía vergüenza de esa suerte de promiscuidad elegante y del destino ingrato al que condenaba a sus amigas.

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El ombligo de piedra

 

 

 

 

 

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Margaritas y perlas para cerdos voraces

 

En general, es muy poco lo que sabemos de latín; las declinaciones de sustantivos y adjetivos nos parecen un exceso, y ni hablar de los verbos. Esto no podía ser de otra manera ya que ni siquiera recordamos el nombre de los tiempos verbales que usamos en castellano. Sin embargo, utilizamos a diario no sólo palabras latinas, sino también frases en latín para sintetizar ideas. Así es que hablamos de gente que trabaja ad honorem, que lo hace de bona fide, sabiendo a priori que, ex profeso, hará de esas privaciones el modus vivendi que post mortem (y per se) la llevará al plus ultra; aunque, prima facie, parezca una locura y jamás requiéscat in pace. Es un cocoliche de pegotes (ya lo sé), pero ninguna de esas formas nos es ajena.

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el ombligo de piedra 

  

   

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 "En este mismo canal"

 Bajo el alero de su rancho (casco de una verde extensión de más de mil acres de tierra) mientras sorbe un café y la lluvia cae con violencia, Ben Cartwright escribe una carta a su hijo Adam que se encuentra estudiando en Europa. Lo cierto es que se trata de una argucia de los guionistas, porque Pernell Roberts (que encarnaba al atildado Adam de la tira) ya había dejado la serie hacía algún tiempo. Su sonrisa socarrona, su sensatez y su rapidez para desenfundar el revólver ya nada tienen que ver con La Ponderosa. Hoss y Joe, sus hermanos menores en la ficción, apuran un partido de póker, esperando que amaine la tormenta para hacerse una escapada hasta Virginia City; mientras Hop Sing, el eterno cocinero chino (que ha conocido a las tres esposas del triplemente viudo Ben) prepara alguna variedad de arroz que no goza del gusto de los muchachos. Sólo se trata de una plácida escena en uno de los 310 capítulos de la serie Bonanza que se grabaron para la televisión entre 1959 y 1973.

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