Juan Basterra

 

    

 

 

BORGES Y ELVIRA DE ALVEAR

Juan Mario Basterra*

 

 

 

 

Elvira de Alvear
Todas las cosas tuvo y lentamente
Todas la abandonaron, La hemos visto
Armada de belleza. La mañana
Y el arduo mediodía le mostraron,
Desde su cumbre, los hermosos reinos
De la tierra. La tarde fue borrándolos.
El favor de los astros (la infinita
Y ubicua red de causas) le había dado
La fortuna, que anula las distancias
Como el tapiz del árabe, y confunde
Deseo y posesión, y el don del verso,
Que transforma las penas verdaderas
En una música, un rumor y un símbolo,
Y el fervor, y en la sangre la batalla
De Ituzaingó y el peso de laureles,
Y el goce de perderse en el errante
Río del tiempo (río y laberinto)
Y en los lentos colores de las tardes.
Todas las cosas la dejaron, menos
Una. La generosa cortesía
La acompañó hasta el fin de su jornada,
Más allá del delirio y del eclipse,
De un modo casi angélico. De Elvira
Lo primero que vi, hace tantos años,
Fue la sonrisa y es también lo último.
                                                       Jorge Luis Borges

De todos los poemas amorosos de Borges, es probable que ninguno conmueva tanto, llegue en tal medida al mismo centro de nuestro corazón como "Elvira de Alvear". 

 Elvira de Alvear

La primera razón de la conmoción es de orden estético. Pocos escritores comprendieron tan bien como Borges el valor de la alusión amorosa y probablemente ninguno (si exceptuamos a Pessoa), extrajo del pudor aquello que ninguna proclama estilística puede desmentir: el hecho indubitable de que el amor es una experiencia interna y de que son vanos los afanes por convertirlo en un pregón de multitudes. No de otra manera puede entenderse el tratamiento velado que se da en el poema a la musa invocada, el respeto distante que solamente rendimos a los seres que jamás serán nuestros.

La segunda de las razones es de naturaleza histórica. Elvira de Alvear, muerta a los cincuenta y dos años y alienada mental durante los últimos decenios de su vida, es la representante de una clase social y de una manera de percibir e interpretar el mundo, que al igual que su trágico destino, se ven condenados a perecer en la multiplicidad de un universo cambiante que abandona las nociones de perennidad y trascendencia y la importancia de aquella sentencia incluida en el "Timeo" de Platón: ". . .solo importa aquello que es, existe siempre y no deviene jamás". Tiene, como las ruinas romanas pintadas por los representantes de la escuela clasicista francesa, el sabor de las cosas ya para siempre perdidas y que sin embargo, por eso mismo, nos siguen encantando a la distancia.
La tercera y última de las razones es de índole personal y está relacionada al destino de la mujer amada por Borges. Elvira, en quien algunos exégetas han columbrado la sombra de la Beatriz Viterbo del cuento "El Aleph", deambula, en el ocaso de su vida, por las estrechas habitaciones de un pequeño departamento en el barrio de San Telmo. Muy lejos han quedado su antiguo palacete parisino (en el que Neruda paseaba su juventud de trasandino irreverente bajo la mirada divertida de Alejo Carpentier) y una servidumbre al uso versallesco, abolidos por una ruina estrepitosa que solo dejó en pie el tremendo prestigio de un nombre y una situación mundana en las fronteras de la leyenda. Una campana de plata acompaña a Elvira en sus reclamos solitarios a los fantasmales sirvientes; de la antigua belleza solo quedan vestigios; cultiva crisantemos en los pocos jarrones sobrevivientes al descabalado de las fregatrices y toma té de Ceilán servido por las manos de sus pocos invitados. Al igual que las damas envejecidas que en el enorme ciclo proustiano recorren los senderos perdidos de su propia juventud, garabatea una novela inconclusa que al comienzo es un conjunto de trazos apenas legibles y al final, puras formas desdibujadas. Borges acompaña pacientemente cada uno de estos gestos náufragos. Al fin y al cabo, él también está solo, aislado en la "terca neblina luminosa" de su ceguera progresiva.
Borges guardó un piadoso silencio sobre los postreros días de su querida amiga. Conservó durante algunos años el hábito melancólico de llevarle rosas al imponente panteón familiar en la Recoleta, monumento funerario de una deslavada belleza y guarecido por el mármol gris de sus columnas dóricas. No conocemos nada de su último encuentro. Acaso no sería improcedente y probablemente sería lícito imaginarlo: es una tarde desapacible de octubre; cae una lluvia de adioses sobre las siemprevivas del pequeño jardín interior del departamento de San Telmo. Un gorrión gana la oquedad de una cornisa. Elvira de Alvear, ruina desvanecida de lo que alguna vez fuera, recoge el pelo que le nubla la frente, mira los ojos sin luz de su amigo y en un gesto de tímida adolescencia -mientras desde el interior de su dormitorio llegan los acordes apagados de una sinfonía de Brahms-, esboza la última sonrisa para su poeta.

Una versión de este artículo fue publicada en el Diario Norte de Resistencia (Provincia del Chaco)

*Juan Basterra nació en La Plata el 27 de junio de 1959. Es profesor en Biología. Tiene publicadas dos novelas: Tata Dios (2015) y La cabeza de Ramírez (2016). Colabora en diario Norte, de Resistencia, Chaco, donde publica columnas en el suplemento dominical "La chaqueña".

 

Jaime Muñoz Vargas

         

 

 

Novela

Jaime Muñoz Vargas


Una semana después pude decirle la verdad. La tomó tranquilamente, casi abochornado por el papelón del martes. Me había caído como caen todos estos inocentes: por un consejo de un amigo de un cuñado, esas carambolas que tiene la recomendación de mi negocio.

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El ombligo de piedra

 

 

   EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

El do-re-mi de Pitágoras

 

Es difícil dar con alguien totalmente indiferente a la música. Si consideramos que la música es mucha y muy variada, algo en ella, por mínimo que sea, roza en algún momento inclusive a los espíritus más reacios.
La música es un bien de la humanidad que a todos nos atañe, ya que para gustar de ella no es necesario tener conocimientos específicos y ni siquiera se necesita el talento de la afinación para escucharla y dejarla que conmocione alguna parte de nuestra persona. Que cuanto más conocimiento tengamos al respecto más gustaremos de ella es una gran verdad, pero eso, como todo, es aplicable a muchas disciplinas tan dispares como literatura y mineralogía, pintura y enología, cinematografía y física cuántica. El conocimiento nunca está de más, aunque no siempre sea necesario.

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Juan Basterra 

 

 

   BIOY CASARES, EL HOMBRE QUE AMABA A LAS MUJERES

 

Por Juan Mario Basterra*

Especial para Tardes Amarillas

 

Hará una treintena de años escuché o leí una anécdota, probablemente falsa, relacionada a Adolfo Bioy Casares y que resume mejor que ninguna otra él donjuanismo inolvidable y el espíritu de sutileza del autor de "Guirnaldas con amores".
La anécdota en cuestión, una anécdota al uso de Casanova, era la siguiente: Bioy había decidido concluir tres relaciones amorosas paralelas con mujeres de la alta sociedad porteña, amigas entre si. El escritor era un hombre casado –esto era conocido de todos- y las mujeres pertenecían al mismo grupo de relaciones que la mujer de Bioy, la escritora y pintora Silvina Ocampo. Silvina estaba informada perfectamente de la triple aventura de su marido y Bioy se sentía mortificado. El asunto merecía un examen: las tardes compartidas en la vastedad del gran salón con ventana a la plaza San Martín de Tours no eran sencillas y Bioy, que era un hombre compasivo a su manera, sentía vergüenza de esa suerte de promiscuidad elegante y del destino ingrato al que condenaba a sus amigas.

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El ombligo de piedra

 

 

 

 

 

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Margaritas y perlas para cerdos voraces

 

En general, es muy poco lo que sabemos de latín; las declinaciones de sustantivos y adjetivos nos parecen un exceso, y ni hablar de los verbos. Esto no podía ser de otra manera ya que ni siquiera recordamos el nombre de los tiempos verbales que usamos en castellano. Sin embargo, utilizamos a diario no sólo palabras latinas, sino también frases en latín para sintetizar ideas. Así es que hablamos de gente que trabaja ad honorem, que lo hace de bona fide, sabiendo a priori que, ex profeso, hará de esas privaciones el modus vivendi que post mortem (y per se) la llevará al plus ultra; aunque, prima facie, parezca una locura y jamás requiéscat in pace. Es un cocoliche de pegotes (ya lo sé), pero ninguna de esas formas nos es ajena.

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