el ombligo de piedra 

  

   

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 "En este mismo canal"

 Bajo el alero de su rancho (casco de una verde extensión de más de mil acres de tierra) mientras sorbe un café y la lluvia cae con violencia, Ben Cartwright escribe una carta a su hijo Adam que se encuentra estudiando en Europa. Lo cierto es que se trata de una argucia de los guionistas, porque Pernell Roberts (que encarnaba al atildado Adam de la tira) ya había dejado la serie hacía algún tiempo. Su sonrisa socarrona, su sensatez y su rapidez para desenfundar el revólver ya nada tienen que ver con La Ponderosa. Hoss y Joe, sus hermanos menores en la ficción, apuran un partido de póker, esperando que amaine la tormenta para hacerse una escapada hasta Virginia City; mientras Hop Sing, el eterno cocinero chino (que ha conocido a las tres esposas del triplemente viudo Ben) prepara alguna variedad de arroz que no goza del gusto de los muchachos. Sólo se trata de una plácida escena en uno de los 310 capítulos de la serie Bonanza que se grabaron para la televisión entre 1959 y 1973.

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         EL OMBLIGO DE PIEDRA

20.000 leguas de lectura apasionada

 Rogelio Ramos Signes

 

No sé si la historia de la literatura registrará detenidamente el paso de Julio Verne. Si consideramos que dejó de escribir en 1905 (hace nada menos que cien años), que con estas líneas estamos abriendo el tercer milenio, que hace más de siglo y medio que publicó Cinco semanas en globo (su primera novela) y que aún continúa siendo un popularísimo y a la vez menospreciado «marginal», hay pocas esperanzas de que pueda entrar en tan selecta crónica. El suyo no es el caso del pionero e incomprendido autor de best-sellers, sino el de la típica víctima del snobismo que aún sigue tallando fuerte en estas lides. Como el tardío y contundente romanticismo de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, la narrativa de Verne continúa al margen de los sesudos estudios de los entendidos, casi sin espacio en el interés de los teóricos pero totalmente metida en el amor de lectores de todas las edades que gozan con el arte del «bien expresar».
Leído con minuciosidad y emoción por millones de personas de diferentes generaciones pre-televisivas (entiéndase de 1860 a 1960, más o menos) Verne es parte de nuestra vida, y muy grande debe haber sido su obra para que ni el cine de aventuras, que trató de interpretarla fallidamente, consiguiera arañarla siquiera.

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Jaime Muñoz Vargas

 

   

 

 La biblioteca del monstruo1


Jaime Muñoz Vargas*

 

Luego de leer la prosa de Borges todas las demás parecen grises. No lo son, pero ofrecen esa impresión junto al flujo enceguecedor de palabras procesado en la borgeana máquina generadora de asombros. Al combinar una inteligencia inaudita con un estilo por el estilo, la lógica se impone: sus libros son una constelación de aciertos, una marcha imparable de sorpresas fraguadas con la materia sutil de la palabra. Su libro más ocasional es de todos modos un paseo insólito, pues concilia los ya famosos enfoques inigualables con una forma de decir que es sólo una: ésa, la de Borges.

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     El ombligo de piedra

    Las historias de la historia


Rogelio Ramos Signes

 

Decir que «historia es la ciencia que ayuda a convertir en personas el nombre de algunas calles» sería un comentario harto satírico; una superficialidad jocosa. Pero, en un tiempo tan indiferente a todo suceso o disciplina como es éste, no estaría mal aceptar esa caprichosa aseveración y encontrarle su lado positivo: aprender. Lo que no sería conveniente es poner nuestro corazón en ello. Vivir en la esquina de Yrigoyen y Uriburu (en una hipotética ciudad donde se crucen esas dos calles) resultaría un martirio. Los vecinos de Lavalle y Dorrego serían gente culposa; los de Godoy Cruz y Sarmiento, carne de exilio; los de San Martín y Bolívar, altamente enigmáticos; los de Laprida y Castro Barros, un canto a la independencia; resistentes al frío los de Las Heras y Álvarez Condarco; poéticos los de López y Planes esquina Ascasubi; enemigos del orden conservador los vecinos de Monteagudo y Castelli; melodiosos los de Guastavino y Blas Parera; amantes de la naturaleza los de Holmberg y Miguel Lillo.

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Juan Mario Basterra

  

 

 

 De la indestructibilidad de los seres

 
Por Juan Mario Basterra*

 

Hace algunas noches -mi pequeña hija, como un testigo mudo, dormía a mi lado- volví a releer algunas palabras de Arthur Schopenhauer contenidas en su artículo "De la muerte y de sus relaciones con la indestructibilidad de nuestro ser en sí". Sabemos muy bien que no es de buen tino consultar determinados temas durante la noche. Lo avanzado de la hora; la luz velada que acompaña el preámbulo del sueño; los fantasmas de pensamientos que durante el día pasarán a ser amables imágenes desprovistas de un sentido ominoso pero que durante la vigilia nocturna son compañeros sombríos de nuestro desvelo, así lo aconsejan.

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