Juan Basterra 

 

 

   BIOY CASARES, EL HOMBRE QUE AMABA A LAS MUJERES

 

Por Juan Mario Basterra*

Especial para Tardes Amarillas

 

Hará una treintena de años escuché o leí una anécdota, probablemente falsa, relacionada a Adolfo Bioy Casares y que resume mejor que ninguna otra él donjuanismo inolvidable y el espíritu de sutileza del autor de "Guirnaldas con amores".
La anécdota en cuestión, una anécdota al uso de Casanova, era la siguiente: Bioy había decidido concluir tres relaciones amorosas paralelas con mujeres de la alta sociedad porteña, amigas entre si. El escritor era un hombre casado –esto era conocido de todos- y las mujeres pertenecían al mismo grupo de relaciones que la mujer de Bioy, la escritora y pintora Silvina Ocampo. Silvina estaba informada perfectamente de la triple aventura de su marido y Bioy se sentía mortificado. El asunto merecía un examen: las tardes compartidas en la vastedad del gran salón con ventana a la plaza San Martín de Tours no eran sencillas y Bioy, que era un hombre compasivo a su manera, sentía vergüenza de esa suerte de promiscuidad elegante y del destino ingrato al que condenaba a sus amigas.

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El ombligo de piedra

 

 

 

 

 

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Margaritas y perlas para cerdos voraces

 

En general, es muy poco lo que sabemos de latín; las declinaciones de sustantivos y adjetivos nos parecen un exceso, y ni hablar de los verbos. Esto no podía ser de otra manera ya que ni siquiera recordamos el nombre de los tiempos verbales que usamos en castellano. Sin embargo, utilizamos a diario no sólo palabras latinas, sino también frases en latín para sintetizar ideas. Así es que hablamos de gente que trabaja ad honorem, que lo hace de bona fide, sabiendo a priori que, ex profeso, hará de esas privaciones el modus vivendi que post mortem (y per se) la llevará al plus ultra; aunque, prima facie, parezca una locura y jamás requiéscat in pace. Es un cocoliche de pegotes (ya lo sé), pero ninguna de esas formas nos es ajena.

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EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 "En este mismo canal"

 Bajo el alero de su rancho (casco de una verde extensión de más de mil acres de tierra) mientras sorbe un café y la lluvia cae con violencia, Ben Cartwright escribe una carta a su hijo Adam que se encuentra estudiando en Europa. Lo cierto es que se trata de una argucia de los guionistas, porque Pernell Roberts (que encarnaba al atildado Adam de la tira) ya había dejado la serie hacía algún tiempo. Su sonrisa socarrona, su sensatez y su rapidez para desenfundar el revólver ya nada tienen que ver con La Ponderosa. Hoss y Joe, sus hermanos menores en la ficción, apuran un partido de póker, esperando que amaine la tormenta para hacerse una escapada hasta Virginia City; mientras Hop Sing, el eterno cocinero chino (que ha conocido a las tres esposas del triplemente viudo Ben) prepara alguna variedad de arroz que no goza del gusto de los muchachos. Sólo se trata de una plácida escena en uno de los 310 capítulos de la serie Bonanza que se grabaron para la televisión entre 1959 y 1973.

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el ombligo de piedra

 

 

         EL OMBLIGO DE PIEDRA

20.000 leguas de lectura apasionada

 Rogelio Ramos Signes

 

No sé si la historia de la literatura registrará detenidamente el paso de Julio Verne. Si consideramos que dejó de escribir en 1905 (hace nada menos que cien años), que con estas líneas estamos abriendo el tercer milenio, que hace más de siglo y medio que publicó Cinco semanas en globo (su primera novela) y que aún continúa siendo un popularísimo y a la vez menospreciado «marginal», hay pocas esperanzas de que pueda entrar en tan selecta crónica. El suyo no es el caso del pionero e incomprendido autor de best-sellers, sino el de la típica víctima del snobismo que aún sigue tallando fuerte en estas lides. Como el tardío y contundente romanticismo de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, la narrativa de Verne continúa al margen de los sesudos estudios de los entendidos, casi sin espacio en el interés de los teóricos pero totalmente metida en el amor de lectores de todas las edades que gozan con el arte del «bien expresar».
Leído con minuciosidad y emoción por millones de personas de diferentes generaciones pre-televisivas (entiéndase de 1860 a 1960, más o menos) Verne es parte de nuestra vida, y muy grande debe haber sido su obra para que ni el cine de aventuras, que trató de interpretarla fallidamente, consiguiera arañarla siquiera.

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Jaime Muñoz Vargas

 

   

 

 La biblioteca del monstruo1


Jaime Muñoz Vargas*

 

Luego de leer la prosa de Borges todas las demás parecen grises. No lo son, pero ofrecen esa impresión junto al flujo enceguecedor de palabras procesado en la borgeana máquina generadora de asombros. Al combinar una inteligencia inaudita con un estilo por el estilo, la lógica se impone: sus libros son una constelación de aciertos, una marcha imparable de sorpresas fraguadas con la materia sutil de la palabra. Su libro más ocasional es de todos modos un paseo insólito, pues concilia los ya famosos enfoques inigualables con una forma de decir que es sólo una: ésa, la de Borges.

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