Liliana Massara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Los cazadores de mariposas”

(De los narradores en/del NOA)

                                                       Por Liliana Massara

 

El arte de contar es un acto que se manifiesta tempranamente en el hombre, producto del contacto del individuo con la sociedad. Somos contadores de historias desde la infancia. ¿Qué pasa en la adultez? ¿Dónde quedó ese ‘contador’ primigenio que fuimos todos en algún momento?

En la niñez lo observamos todo, lo repetimos, luego inventamos según lo que de la realidad afecte, porque el niño es un pequeño morador que observa detenidamente su universo para aprehenderlo y conocerlo. 

Esta reflexión me hizo pensar,  específicamente, en la situación literaria de Tucumán en el nuevo milenio; en porqué no se narra novela, o cuento, reconociendo a la vez, la fuerte presencia del microrrelato y de la poesía, preponderantes a la hora de crear como de publicar; con poetas y microrrelatistas reconocidos a nivel nacional e internacional; pero las novelas y/o cuentos, hacen apariciones esporádicas. Dónde quedó, en esta zona, la relevancia de autores como Julio Ardiles Gray, Juan José Hernández, Hugo Foguet, Eduardo Rosenzvaig que ya partieron, u otros que aún están: Elvira Orpheé, Sara Rosenberg, el multifacético Rogelio Ramos Signes que incursiona con solvencia, en todos los géneros; escritores representativos de la narración, que desde el siglo XX continúan proyectándose. 

Sus lugares de origen y/o residencia, pueden variar, no me interesa acá elaborar un tratado  geopolítico, ni otro, sobre el concepto de “lo regional”, sí, en todo caso, de lo “geocultural”, para analizar, en otra oportunidad, sus aportes desde la escritura, para una nueva cartografía del espacio NOA.

Con respecto a la narración, hay reflexiones acertadas sobre el tema de la deuda con la narrativa, adjudicando, la razón de la poca producción de estos géneros “extensos”, a la complejidad que implica elaborar una novela: tiempo de investigación y/o orden del mundo en el texto; a la construcción de los personajes; en otro nivel, a la  deficiente circulación; al escollo que subsiste en los medios culturales y educativos, para dar a conocer y establecer contactos, a la erogación que significa editar y ubicar espacios no marginales, en el mercado del libro.

Me parece una reflexión apropiada pero poco convincente a la hora del deseo de crear y/o de escribir, pues, la idea de que editar este tipo de textos es más complejo y oneroso, no debe anular riesgos, a la hora de poner en escena la necesidad de la palabra, de la inventiva y la imaginación;  el “arte” no se cohíbe cuando surge el deseo de crear; los obstáculos se enfrentan cuando prevalece una idea que se atreve con otro tipos de conflictos y de tramas literarias.

Si partimos del concepto de que el narrador  es un coleccionista de historias que va mezclando, lo que ve, en su “diario personal”,  como especie de postales que la mirada graba en la máquina mental, y que la memoria guarda en fragmentos, es allí cuando inicia su aventura, como en un cuaderno de apuntes al que cada tanto convoca por un sueño, por la inestabilidad nocturna, por la lectura que elige para no sucumbir.  Se genera esa vigía de los ojos abiertos; y si el escritor, tiene como principio el deseo de narrar, comenzará a ser aquel otro coleccionista, el de las “imágenes del pensar” como sugiere Benjamín; será su propio morador interior, proyección exteriorizada de sí, transferible en  la escritura, conectora de sus registros vitales, a través de su relación  “accidentada” con su pensamiento. El narrador inicia su viaje sin distracciones, meditando cada ascenso y descenso de pasajeros, como un flâneur del mundo que habita y lo habita.

Nuestra sociedad, la urbanidad tucumana y del NOA son espacios propicios para ser narrados; laberintos donde la globalización, el consumismo y el mercado, las deficientes políticas democráticas, la devastación moral, la violencia en todos los órdenes, están generando estructuras identitarias que repercuten en todo el mapa social y que sería interesante ponerlas a dialogar desde la ficción. La “nueva” condición humana, ésta del siglo XXI, le ofrece a la literatura un material, sino exclusivo, al menos, exuberante de elementos para contar historias, desde las más variadas convenciones estéticas con las que el narrador  decida trabajar; sin embargo, la novelización y el cuento son producciones menores.

Se percibe como un estado de crisis, un lapsus en el que, supongo, algo se está buscando en el campo de la escritura, pero no tengo claro qué todavía. Son décadas cuasi vacías dentro del género novela, más que del cuento. ¿No hay necesidad en Tucumán de narrar historias?; si bien han surgido nuevas formas como el microrrelato, muy joven aún; otras regiones, como la del Rio de la Plata, nos abastecen de novelas y cuentos, no todos relevantes, por cierto, pero que el mercado del libro, impone en el espacio cultural del NOA.

Sin entrar en la eterna dicotomía Buenos Aires / interior; acá existen,  están surgiendo, buenas editoriales que tienen el propósito de hacer circular los bienes culturales de la región, por lo tanto, la elaboración del libro como objeto cultural (no toda) tiene buen diseño, capaz de atrapar con la imagen al lector, pero la cuestión, radica, sobre manera, en que sólo publicar en Buenos Aires, implica reconocimiento nacional.

Sería interesante promocionar más seguido, con muestras colectivas entre las editoriales;  abrir el juego con concursos regionales de novela, (el cuento ya los tiene) para promover el reconocimiento del objeto literario en la región. También, establecer redes interprovinciales del libro, a través de sus respectivas secretarías culturales, las que aún no  coordinan sistémicamente, este tipo de prácticas.   Tenemos buenas publicaciones, ferias de libros y demás; sin embargo, la ausencia de “novelistas” o “cuentistas”  es un hecho que nos habla de últimas generaciones “dormidas”.

Un estado de debilidad creativa sería aceptar que nuestra identidad artístico-literaria está en la poesía, o en el microrrelato, porque gusta la brevedad.  Si bien, el escenario literario del NOA siempre tuvo una impronta poética, devenida de lo oral, de lo folklórico, o de mandatos culturales del puerto, ¿por qué no puede, manifestarse hacia otros rumbos literarios? ¿Cuál es la real imposibilidad?

Experimentar con la novela /cuento como en su momento lo hicieron Hernández, Foguet, o el atípico, Ramón Alberto Pérez, reconociendo entre ellos sus diferencias, es un proceso detenido. Pienso, porqué no se aventuran con la experimentación narrativa, porqué no se salen del “desgarramiento” con lo narrativo, situación que lleva de “crisis” un tiempo llamativo, y, que si bien, ha dado narraciones interesantes a fines del siglo XX,  como El Ángel (1994) de Fasolo; Una lágrima por el cóndor  (1995) de Dardo Nofal; Parker 51 (2009) de Samuel Scholnik;  de narradores más jóvenes, La Conferencia de Einstein (2006) de Fabián Soberón; más cercanos en el tiempo, los cuentos de Vista al Río (2010) de Máximo Cheín[1]; estos últimos parecen propiciar intentos para re-comenzar un tempo narrativo en Tucumán y en el NOA, por la predisposición a narrar. De todos modos, la proporción materializada es muy pequeña.

Construir historias regionales (no regionalistas) en el presente es  una deuda; hay como una especie de estancamiento creativo, de represión de las ideas. Los  cambios sociales, las crisis, suministran materia para abarcar la realidad, sea, a través de estéticas del absurdo, de la ambigüedad, la parodia, posibilitando, a través de sus discursos, expresar y sumar a la identidad literaria argentina; no con voz prestada, sino con la voz de nuestra propia historicidad, una puesta en diálogo con las otras voces que nos rondan de sur a norte y de norte a sur.

La crisis de la creación narrativa puede obedecer al deterioro  cultural  y educativo que nos atraviesa como sociedad; progresivamente se han ido diluyendo, nuestros horizontes de expectativas, como efecto de ciertos componentes,  ético y morales, que impactan en algunos lugares de la sociedad argentina más que en otros.

El “asenso” cultural se da por la educación (muy desorientada) y por el arte,  la literatura, la música. En  el caso de la narrativa, también, me genera interrogantes, el papel que cumple el lector en nuestra sociedad.

Es evidente que este tipo de práctica se está modificando; y el “buen” lector, un posible escritor en potencia, está como en “desuso”, si bien lo hace de otras maneras, sobre una pantalla, en los espacios de internet; me aflige la instantaneidad y la rapidez con la que transita. El hecho de no detenerse lo suficiente sobre un texto, puede conducir a no  dimensionar lo que se lee, porque “hacerse / ser” lector, no sólo es captar la historia, sino atrapar las formas, las visiones, degustar una estructura artística, representar un escenario, así como el creador que busca los mecanismos para producir una pieza artística, o que persigue las mariposas de colores como las perseguía Nabokov al referirse a los malabarismos con la palabra; a los pastiches con los géneros; al movimiento de sus piezas como en un juego de ajedrez.

Quienes creen que la magia de las palabras y de contar historias llega por efecto de la tecla y su repercusión en la pantalla, o más románticamente, entre la pluma y el papel, es de supina ingenuidad. Si bien, creo en el talento, también creo en el trabajo, en la puesta del cuerpo en una labor consciente frente a lo creativo, en donde se imbrican: poseer un proyecto, invención, imaginación, y rigurosa lectura.

¿Cómo narrar este ahora, dentro del cual estamos todos? ¿Cómo narrar las relaciones inter-generacionales tan conflictivas y complejas? Todo esto supone un trabajo, muy arduo, por cierto. No impliquemos sólo al talento.

Será, tal vez, la pantomima de la visibilidad la que conduce al trabajo rápido. El resultado de producciones ágiles, sin trascendencia mayor,  interesantes como objetos culturales materializados, no logran sumergirnos en sus mundos narrados, pues sobre una cantidad importante de publicaciones, muy pocos textos, conducen a dejarnos atrapados; el olvido es tan próximo como la velocidad que impera en el mercado para vendernos el próximo producto.

 En el “ser visible” para existir está el error; existir por la escritura requiere de un gran tiempo silencioso que nos sustraiga de la exposición brutalmente rápida a la que nos condena el mercado. En consecuencia, hacer de la literatura, un bien preciado, significa una dedicación mayúscula, con la mudez de un “coleccionista”, que se abastece de la realidad para nutrir a la ficción literaria de una historia bien contada, que no necesariamente, implique, experimentación y ruptura de convenciones, sino, simplemente, el acto de narrar con humor, con ironía, con agudeza,  nuestra actual condición humana. Ello haría posible abrirse hacia una escritura, creativa, comprometida, crítica y responsable, de la que participen el trabajo del escritor y el del lector.

Raymond Queneau dijo: “Escribe, no hagas nada más”, lo que lleva en sí mismo la implicancia de una tremenda dedicación. La vida requiere de otras actividades, pues vivir de la escritura es para la mayoría, una utopía. Sin embargo, no todos los dedicados a la escritura,  dimensionan en qué tamaña labor han ingresado, para lo que propongo no olvidar aquello del enlace aristótelico de pasión (pathos), convicción (pistis), y virtud (araeté).

Escribir, incursionar en narrativa es aventurarse a viajar, pero no “en línea recta”. Es involucrarse con el mundo del arte, en el sentido de no pensar en el protagonismo de la veloz visibilidad, sino atascarse y luego fluir de una zona de silencio y ardua labor que conduzca al lector a un efecto, a un “fuerte” impacto con el relato.

Nabokov, cuando hablaba de Kafka decía que “belleza más compasión” podían conformar una definición de arte.  Cabe aventurarse en nuevas búsquedas narrativas; la quietud es una amenaza para nuestra cultura, y el trabajo profundo con el arte, una forma de resistir al imperio del mercado, y una puesta en funcionamiento de la imaginación junto a la dedicada labor, más el deseo honesto de querer narrar.



[1] No pretende ser  esto todo un corpus de Tucumán, pues para ser tal, se debe hacer un trabajo de campo extenso donde se incorpore la producción de las ciudades del interior, con las que también falla la circulación de bienes culturales.

 

 

 

 

 

 

 

 

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