Tonio 3

 

 

 

 

  

PRÓLOGOS QUE NO DEBERÍAN ESCRIBIRSE

Por Antonio Cruz

 

Entrando a la pista

Evidentemente, mis impulsos son más fuertes que mis propósitos. Traigo a cuenta esta pequeña primera reflexión porque la semana pasada, mientras trabajaba en subir el número siete de la revista, terminé de leer el libro “Relatos desde Liliput”, del mendocino Juan Manuel Montes con prólogo del mexicano José Manuel Ortiz Soto.

Pues bien, hacer la reseña del mencionado libro, resultó una tarea hasta cierto punto complicada, porque todo lo que quería expresar acerca de las sensaciones que me produjo la lectura del mismo, ya había sido explicado de manera clara y concisa en el prólogo y no sabía cómo enunciarlas sin repetir lo que ya estaba dicho, pero no se asusten… no voy a insistir con lo que ya he escrito.

Ocurre que, después de trabajar en la nota, me quedó revoloteando un tema que siempre me ha obsesionado: El prólogo o los prólogos. Volvieron a mi cabeza, una serie de interrogantes que me acucian desde hace muchos años. ¿Cuál es la verdadera importancia del prólogo de un libro? ¿Cuál es la mejor extensión de un prólogo? ¿Qué debe decir y qué no debe decir?... en fin. Para tratar de que me entiendan de manera más adecuada y a riesgo de parecer impertinente, les contaré una pequeña historia. 

Se va la primera.

Hace algunos años, caminando por las tranquilas calles veraniegas de la ciudad de Córdoba, encontré una librería con una inmensa mesa de libros de saldo. Recuerdo que compré varios a un precio irrisorio, entre los que, recuerdo muy bien, estaban “Imágenes de Eugenio Montale” de Horacio Armani, una versión de bolsillo de “Tinker, Tailor, Soldier, Spy”, la memorable novela de Le Carré y una Antología poética de Manuel J. Castilla, ese excelso poeta salteño.

Pues bien, este último libro estaba prologado por alguien cuyo nombre no recuerdo (es más, hasta podría afirmar que eran dos los firmantes del citado prólogo) cuyo texto, en lugar de conducirme de manera adecuada a las páginas del libro, me sometieron a una especie de “tortura china” como acostumbramos a decir los santiagueños cuando algo nos desagrada. Entre otras cosas, recuerdo que era demasiado extenso, con estudios de tipo lingüístico y semántico; escrito en un lenguaje críptico e inaccesible para los profanos. Más que un prólogo, era un estudio académico acerca de la obra poética de Castilla, casi un ensayo que, daba la impresión de que, en lugar de ayudarnos a descubrir al poeta , estaba destinado a demostrar cuan profundos eran los conocimientos del/de los autor/es del mencionado prólogo acerca del arte poético ya que explicaban de manera detallada y extensa el buen uso de la metáfora, del hiato, la sinécdoque, la metonimia, la hipérbole (y no sé cuántas cosas más) por parte del poeta.

Leer un prólogo tan largo y tan difícil produjo en mí un efecto decepcionante. Por culpa de ese prólogo puse el libro en conserva porque, según se desprendía de su corpus, iba a encontrarme con una obra poética compleja y de difícil lectura. Afortunadamente, con el paso de los días y, ante la insistencia de un amigo que conocía al dedillo los poemas de Castilla, retomé la lectura (por supuesto obviando el prólogo) que me mostró, según mi modesta opinión, a uno de los mejores poetas que hayan habitado en el Noroeste Argentino.

Recuerdo que, por aquel tiempo, tuve toda la intención de descargar mi bronca contra ese tipo de prólogos en un artículo (que nunca escribí) que debía llamarse, tentativamente, “Prólogos que nunca debieron escribirse”.

En contraposición, transcribo estas palabras de Adriana del Vitto en el prólogo que, generosamente, escribiera para mi segundo libro de poemas: «Hay muchas cosas de un libro que los lectores no llegan a ver. Una de ellas, su génesis, les está prácticamente vedada. El propósito de este prólogo (Pro-logos, lo que antecede a la palabra, en este caso, a la palabra del poeta que es lo que interesa) acercarles algunos detalles de esa gestación, que varía de autor a autor, además de adelantarles con qué se encontrarán en sus páginas.»

 No hay primera sin segunda

Pues bien… preparémonos a bailar. ¿Cuál es la verdadera importancia del prólogo de un libro? ¿Cuál es la mejor extensión de un prefacio? ¿Qué debe decir y qué no debe decir? He ahí la cuestión (que para nada, es una cuestión menor).

Estimulado tras la lectura del texto de Ortiz Soto, me pasé toda una tarde navegando en la red para poder expresar mejor mis ideas; buscar algo en la red es una de las pequeñas (o grandes) maravillas de nuestro tiempo. Entonces, digo, tras una no tan larga tarde tuve una idea aproximada de lo que quería expresar, tras visitar varias páginas.[1][2][3][4]

Me parece prudente  aclarar que, la mayor parte de los conceptos que van a leer quienes se hayan atrevido a llegar hasta este punto, no son de mi cosecha sino que son una síntesis de todos los textos que leí en una tarde y que, para nada me adjudico otra cosa que, el haberlos buscado y haberlos transcripto. No obstante, debo decir a mi favor, que no me limité a copiar y pegar (una de las formas de plagio más groseras aunque se mencione la fuente), sino que traté de forjar una idea propia a partir de mi tarea de lector. Mis observaciones no son apriorísticas y creo que ni siquiera son teóricas sino producto del desvelo que me han producido siempre los prólogos. No pretendo revolucionar el canon ni establecer pautas ni definiciones académicas  De cualquier manera, me parece oportuno aclara a quienes leyeren que en los próximos párrafos no encontrarán profundas doctrinas o ingeniosos pensamientos sino nada más que algunas ideas que pueden servir de base para discutir el tema con más profundidad en un espacio más adecuado. En definitiva creo que he escrito este artículo con la única intención de aclarar algunos interrogantes que me persiguen y, como seguramente, más de uno habrá pensado, no me sentiré molesto si abandona la lectura en este mismo momento y se olvida de todo lo leído.

         Hablemos del concepto

     El origen etimológico de prólogo proviene del griego πρόλογος , traducido como “prólogos” y, está integrado por Está integrada por “pro” = antes y “logos” = palabra; repitiendo las palabras de Del Vitto[5], sería lo que antecede a la palabra.r pautas y, tengo la cuasi certeza, 

Dicho de esta manera, parece algo superficial y frío, pero si nos atenemos a que el prólogo, según sus bondades, puede determinar que un lector deje de lado un libro o acometa con entusiasmo su lectura, ya pasa a ser una parte importante en el sistema casi orgánico que constituye un libro.

Predecir su extensión puede parecer una utopía, pero, sin poseer ningún otro dato que la infinidad de prólogos leídos, puedo afirmar sin temor a equivocarme que un prólogo demasiado extenso puede desaminar al lector o generar en él una determinada expectativa que, posteriormente no es cubierta por el texto del autor del libro.

También se me ocurre que un prólogo demasiado breve, corre el riesgo de no contener todos los elementos necesarios como para describir de manera adecuada las páginas con las que habremos de encontrarnos y llevar a que, el futuro lector, imagine al libro (salvo en aquellos casos de escritores famosos) como algo en lo cual no vale la pena invertir nuestro tiempo.

Para Ricardo Cuéllar Valencia, el prólogo es un género literario en sí y puedo asegurarles que razones no le faltan. Quienes quieran adentrarse en esta disquisición, pueden leer su artículo “El prólogo como género literario y consideraciones en torno a los prólogos de Miguel de Cervantes”[6]

 Por su parte, Hilde Sotomayor, en su “A propósito de prólogos” sostiene que «El prólogo de un libro tiene por lo menos tres principales y luminosas funciones: Dar lustre o acreditar a un nuevo autor, dar lustre o acreditar al prologuista y dar lustre o acreditar al libro en sí. El prólogo ofrece un pequeño escenario donde puedan brillar -hasta donde sea humanamente posible- estas tres componentes o protagonistas. Con frecuencia quedarán en la sombra o brillarán por su ausencia, una cuarta función -al parecer totalmente secundaria- la de orientar al posible comprador e impulsarlo a su lectura».[7] jorge-luis-borges-prologos-con-un-prologo-de-prologos-12772-MLA20065374568 032014-O

      Última vuelta y afuera

Se ha escrito mucho sobre el prólogo y quienes lo deseen encontrarán muchísimas páginas dedicadas al tema. Basta con poner en los buscadores más importantes la palabra prólogo y algo específico que queramos averiguar sobre el mismo y la Santa Mama Internet no dará casi con certeza una larga lista de sitios donde encontraremos todo tipo de opiniones.

Por supuesto, quienes han tenido la valentía de llegar a este punto en la lectura de semejante sanata, se preguntarán cual fue el objetivo final de todo este dislate. Pues bien… Creo que ni yo mismo lo sé pero, en definitiva, la secuencia de haber leído un prólogo excelente y recordar un prólogo espantoso me llevaron a pasar una tarde entretenida que me dejó las siguientes conclusiones:

1)      El prólogo es una parte muy importante en el libro pues, en alguna medida (o en mucha) puede determinar que el mismo sea dejado de lado.

2)      Para muchos académicos y estudiosos, el (o los prólogos) se ha/han constituido en un género literario. Podemos tomar cuenta de ello no solamente por diferentes opiniones acerca de este tema, sino porque al mismísimo Jorge Luis Borges  le editaron un libro que se llama “Prólogos, con un prólogo de prólogos” y a su vez, Alianza Editorial de Madrid ha publicado en su Biblioteca personal (prólogos), sesenta y cuatro prólogos del mismo autor para una colección denominada “Cien obras de lectura imprescindible” que fue publicada por Hyspaméria en 1985. Según he leído, la selección de los títulos estuvo también a cargo de Borges pero él llegó a escribir tan solo sesenta y cuatro prólogos, pues su muerte impidió que la colección prevista se completara.  

3)      No es lo mismo un prólogo que un prefacio: Un prólogo es el texto que se escribe para guiar al lector y explicarle con qué se encontrará en las páginas a leer, mientras que el prefacio, es la introducción a la historia e, ineluctablemente, forma parte de ella. El prólogo se escribe una vez terminado el libro y constituye una especie de síntesis y/o explicación de lo que viene; el prefacio se escribe antes que la obra y es una manera de introducir al lector al ambiente en que se desarrolla en ella. Ambos pueden ser parte de un libro, pero debemos hacer la salvedad de que el prólogo no es parte de la historia; el prefacio sí.

4)      Hay prólogos horrorosos y otros que, como una flecha, van derecho al blanco.

5)      Un prólogo no siempre es necesario. De hecho, hay libros que no llevan prólogo (por caso, “El topo” de John Le carré o “Imposible equilibrio” de Mempo Giardinelli).

6)      Hay otros en que, lamentablemente, el prólogo es el anzuelo para la venta y/o la lectura. Esta sociedad de mercadotecnia nos tiene tan sometidos que, si decimos “Antología de poemas de NN con prólogo de XXD” se vende como el pan caliente, mientras que, posiblemente una excelente obra, no se venda tanto por falta de marketing y no por el prólogo precisamente.

7)      En definitiva, que leer un prólogo de buena factura (como me ocurrió el texto de José Manuel Ortiz Soto) es a veces un impulso casi necesario para el lector y, contrario sensu, que leer aquellos prólogos que tratan de ensalzar (de manera encubierta o desembozadamente) a quienes lo escriben, en menoscabo de la obra en sí misma, no forman otra cosa que ese maldito grupo que llamaríamos “Prólogos que nunca debieron escribirse.” (AJC)

 

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