Claudio

 

     

 

 

 

VAMOS LAS BANDAS

Por Claudio Rojo Cesca

(Especial para Tardes amarillas)

 

Hablar de cine en las redes tiene el encanto de hablar de cualquier otra cosa. Nos peleamos, nos trolleamos, nos acusamos de ser gilada. El nuevo dispositivo consiste en ubicar el lugar de enunciación y encontrar nuestra hinchada. Nos vamos poniendo sinceros, aunque digamos cosas cortitas y el bardo (casi siempre divertido) ocupe el lugar protagónico. 

 TE ODEO CON TODAS MIS VENAS

Escribir sobre cine es un oficio complicado. Creo que era Gustavo Noriega quien decía que la crítica es una de las profesiones más aborrecibles que existen. Y él, mitología habitual de la revista El Amante, también es crítico. Y no lo soy, pero los leo y los aprecio. A veces me peleo con ellos, y muerdo fuerte cuando pelotean una peli que me gustaría salir a defender. A pesar de toda la tinta vertida al respecto, es claro que el tan mentado “buen gusto” por el arte tiene su punto de no va más, su callejón sin salida, donde el disfrute no admite la prueba de la razón.

Internet es una herramienta fantástica para la racionalización y el desacato frente a la obra de arte que nos entretiene mejor. Hace poco, en un foro donde se discutían los dichos de Nolan sobre las escenas postcréditos que son la regla en el imaginario de las películas Marvel (resumen: a Nolan no le gustan y piensa que una peli de verdad no debería tenerlas), la hinchada salía con los tapones por delante a destituir como desinteligente a cualquier persona que dijera algo malo sobre el director. Pasa lo mismo con cualquier nombre con cierto reconocimiento: hay sectores que crucifican a Kubrick cada vez que pueden (dicen, por ejemplo, que su apuesta por lo formal es canibalística… y quizás tengan razón), grupos de tareas que fusilan a Tarantino, tildándolo de remezclador de bondades ajenas, cosa que él, por cierto, nunca ha negado.

NOSOTROS, VOSOTROS, (B)ELLOS

Leer una crítica puede ser estimulante. También puede ser una prueba de tolerancia. Si soportamos que alguien destroce nuestra película más preciada, tal vez (y quiero ser claro en esto: TAL VEZ) estemos dispuestos a convivir civilizadamente. Tengo la impresión de que nos cuesta soportar la crítica porque en ella se cuela lo que del otro es radicalmente diverso a nos-otros, o lo que del otro nos puede impugnar como portadores de una verdad que no estamos dispuestos a problematizar.

Nos divierte lo que se nos parece. Nos divierte porque nos reafirma; adherimos masivamente a la cerrazón colectiva cuando creemos que nuestra posición es contundente y sostenida por un grupo más o menos legitimado de sujetos que dice lo que nosotros pensamos. El “me gusta” del Facebook es precisamente eso: un nodeo de la cabeza un espejo lindo donde vernos la cara resulta fascinante.

La democratización de la palabra vía redes sociales está llena de exponentes interesantes. Eso va también a cuenta de internet como una fábrica de opiniones que, sin restricción, ayuda a que circulen saberes sobre el cine que difunden obras desconocidas. Lo popular queda fragmentado y se deshilacha en porciones atrincherables en blogs y sitios especializados donde la discusión asume la claridad de la posición por encima del escrutinio sesudo.

Puede que esto sirva como esclarecimiento del “no va más” del goce, donde la mirada se transforma en rock and roll (un acorde con distorsión, delicioso hasta la locura), y el cine es un espacio de hinchadas antes que un escenario de reflexiones sobre el hecho estético. Lo llamativo de este fenómeno es que nosotros, las hinchadas, nos convertimos en el hecho estético que sostiene el fundamento de la crítica. Proliferan los: “pero si Spielberg es un gil”, superpoblados de adhesiones y recontra discutidos por otros que acusan de “culturetas” a quienes orgasmean con un Lynch de lo más críptico.

Nuestro tiempo de discutir el cine tiene esas características. Una velocidad que no admite terceras lecturas. Curiosamente, las películas poligénero (las de Nolan, por ejemplo, o las de Cameron, que son celebrados en números y palabra) tienden a ser más largas, más espesas en su abordaje al drama. Más contundentes, también, en su afán de generar discursividades reflexivas. Como si quisieran, las películas, pensar más que sus espectadores.