YARARÁ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

YARARÁ

La poesía de Néstor Mendoza.

Hace algún tiempo, escribí para un periódico local una nota titulada Poesía joven de Santiago, en el que sostenía «… en lo subterráneo, en lo profundo, la poesía ha vuelto a ser objeto de culto por las nuevas generaciones». 

 En los últimos años se ha podido percibir un saludable renacimiento de la poesía en Santiago. Al comienzo (allá por finales del milenio pasado, pero más evidente en la primera década del presente) fue a través del surgimiento de nuevos grupos literarios que, en alguna medida, se presentaban como  algo “under”, pero más adelante, algunos talleres y grupos literarios le fueron dando identidad. En la actualidad, los talleres que dictan escritores locales o aquellos que nos visitan cuando hay eventos (La última feria del libro es un claro ejemplo), algunos de ellos de excelente dinámica, la posibilidad de interactuar en ciertos grupos humanos y algunos otros acontecimientos como la posibilidad de publicar en editoriales pequeñas, de manera casi artesanal y a bajo costo han permitido que la presencia poética de jóvenes sea más palpable y hasta en cierto modo, que ya se comience a presentir una vanguardia. En este punto es menester reconocer que la calidad de los escritos es disímil. Hay textos valiosos, otros no tanto, pero nadie puede negar que, en este período, han surgido nuevas voces (algunas de ellas dueñas de una poiesis excelente) que nos permiten abrigar esperanzas certeras para el futuro de nuestra poesía.

Afortunadamente he conocido a varios de ellos que, si bien carecen del justo reconocimiento a sus virtudes, son parte de nosotros y nos cruzamos cada día con ellos, la mayor parte de las veces sin reconocerlos. Por ejemplo, recibí Yarará de manos de su autor durante un viaje en colectivo en el que coincidimos de pura casualidad.  

He leído el poemario Yarará de Néstor Mendoza. Sugestivo el título del mismo; como todos sabemos, la serpiente conocida como Yarará es una de las especies venenosas que habitan (no sé hasta cuándo) la geografía santiagueña y se caracteriza por su poderosa ponzoña que obliga al tratamiento inmediato para preservar la vida de quien ha sido “picado” (curiosa manera de decir “mordido”) por uno de estos bichos.

Ya la tapa, es algo que llama la atención por su austeridad, pero en definitiva, este es solo el anuncio. Lo más valioso es lo que está adentro. El lenguaje poético que emplea Néstor, puede parecer, a prima facie, transgresor pero creo que el calificativo que mejor lo define es “subversivo” (Ya estoy escuchando los epítetos de algunos amigos de mi generación por el empleo de la palabra subversivo); no sé si resulta necesario pero quiero aclarar que utilizo esta palabra en el estricto sentido literario; si entendemos por subversión de la literatura el hecho de «cuestionar, demoler y desestabilizar los cánones y valores estéticos establecidos» tal como bien dice María Eugenia Urrutia, no tengo dudas de que los poemas de Néstor Mendoza subvierten el status quo de la poética santiagueña; patea el tablero de lo tradicional con una nueva manera de desnudar su alma en versos. NÉSTOR MENDOZA

Aunque no nos guste, la forma de comunicarse de las generaciones más jóvenes es absolutamente diferente a las formas que supimos emplear en otros tiempos. ¿Por qué entonces los jóvenes que escriben poesía deberían emplear un lenguaje diferente al que usan cotidianamente?

Por otro lado, es coherente pensar que las nuevas formas de vida de la sociedad contemporánea determinan la aparición de una poesía diferente no solamente desde el punto de vista formal sino también estético y hasta el ideológico y filosófico.

Probablemente, solo probablemente, Néstor, en estos tiempos de excepción y tan particulares y quizás debido a los altos costos que representa publicar en la siempre cara y escasa industria  o espacio editorial convencional, o tal vez debido a las nuevas formas de lectura que nos impone el frenético ritmo de la vida moderna, ha encontrado una forma de difundir su poesía de una manera tan original como otros autores que, a medida que va pasando el tiempo, comienzan a ser mayoría.  

Néstor nos presenta sus poemas de una manera no tan nueva en otras geografías pero que en nuestra provincia es algo incipiente y en alguna forma imita la tendencia que tuvieron muchos poetas de hace tres o cuatro décadas que, ante la dificultad  de editar como “Dios manda”, nos habían acostumbrado a sus famosos “cuadernos” de literatura.

Tampoco tengo dudas al afirmar que veo en esta poética, una nueva manera de escribir; que hay también una nueva concepción del “hecho poético” radicalmente opuesta a esa poesía a la cual recurren habitualmente muchos poetas, por lo que seguramente apela a un tipo de lector distinto del lector tradicional; un lector infinitamente más comprometido con aquellas circunstancias que rodean su existencia. Néstor utiliza un lenguaje desacralizado, quizás hasta coloquial y muy cercano a la oralidad, a los usos del habla corriente y cotidiana. La poética de Yarará se aleja del lenguaje inescrutable que usan algunos; esta poética está constituida por una palabra accesible y austera pero profunda y llena de significado.

No quiero terminar esta breve reseña sin referirme a la tarea del editor. Aunque no figura en los “créditos” (pomposa manera de referirme a quienes colaboraron en alguna medida para que Yarará vea la luz) tengo entendido que quien mucho hizo para que nuestra serpiente vea la luz se llama Andrés Navarro. No sé si es tal cual, pero me consta que ha colaborado mucho con otros también, por lo que si me equivoco, también me disculpo anticipadamente. Dicen por ahí que el chango es Psicólogo pero, por lo que conozco y teniendo en cuenta sus fervores en la tarea de difusión literaria, prefiero pensar en él como un verdadero trabajador de la cultura.

Enhorabuena por ellos. Mientras tanto, nosotros (y creo que este nosotros engloba mucha gente) agradecidos de ambos. (AJC)

 

 

 

YARARÁ

 

Mío fratello:

un día pude ver

un águila largándose

desde el aire

en pleno campo,

yatrapar con

sus garras

una yarará esquiva.

 

Conservo esta imagen

de la infancia,

la recreo en mi cabeza;

veo la víbora

colgada en el aire,

retorciéndose en la angustia,

dando mordiscos en las patas

del predador aéreo,

esezero

con pocos modales.

 

Te digo esto

 porque pienso en vos,

ahora que estoy colgado

en un aire

que anuncia

la muerte.

Te lo cuento a vos

porque es la sangre

la que oye,

la que solo 

puede oír

esta imagen.

 POEMAS NÉSTOR

 

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