LIBROS Y ESTETOSCOPIOS 

 

 

 

Médicos escritores o escritores médicos

                   Por José Manuel Ortiz Soto*

                 Especial para Tardes Amarillas

 

Cuando en alguna charla con escritores me presento como médico Pediatra y Cirujano Pediatra, no falta quien me mire como a un bicho raro en el que, de pronto, reparan. Ya acostumbrado a estas reacciones, me parece oír sus pensamientos gritar ¿y este sujeto qué está haciendo aquí? Luego, quizá llevados por un remordimiento súbito e igualmente inexplicable, la rigidez de su rostro se relaja, esboza una sonrisa de lo más agradable y me dice que en el gremio médico se han dado grandes escritores. ¡Felicidades, doctor!, agrega, me palmea, me abraza, como si de buenas a primeras, por el simple hecho de ser médico, debiera recibir en su honor toda clase de elogios. Y lo dice y actúa con tanta naturalidad que despierta en mí no solo la curiosidad por conocer —a través de su lectura— a estos genios de las letras a los que hace referencia, sino también un mal disimulado orgullo gremial. Pasada la euforia inicial, visto todo con la frialdad que amerita, pienso que quizá hay entre los abogados, ingenieros o químicos una cantidad —y calidad— igual o mayor de destacados cuentistas, ensayistas, novelistas, dramaturgos o poetas, pero no nos damos cuenta porque al momento de la lectura de su obra lo que menos nos interesa es si tienen otra profesión alterna a la de escritores. Ya será cuestión de los interesados en el tema desenmarañar tales conjeturas. Pero el gusanito de la duda y la curiosidad ahí están, murmuran que quizá el escritor con el que charlaba se refería a escritores médicos que han sido pilares de la literatura universal como François Rabelais, John Keats, Johann Christoph Friedrich Schiller, Anton Chejov, Sir Arthur Conan Doyle…, autores que casi todos hemos leído alguna vez o de los que hemos tenido referencia en las clases de literatura o nos topamos con sus libros en las librerías. 

Al escribir “médicos escritores” en el buscador de la red —nuestra contemporánea biblioteca de Alejandría, a la mano de todo el mundo— aparecen entre los nombres anteriores muchos que nos son completamente ajenos. Quizá porque su obra literaria se circunscribe al ambiente literario de sus países de origen o a una época específica que no han logrado trascender. Esto nos lleva, necesariamente, echar un ojo a nuestros héroes o ídolos nacionales o locales. México no es la excepción. Hace unos meses, mi amigo y comparsa en algunos proyectos literarios, Fernando Sanchez Clelo (egresado del Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica y Maestro en Estética  y Arte de la BUAP), al curiosear en una librería de viejo se encontró con un libro gordo de 831 páginas, titulado Antología de escritores médicos mexicanos, por Ricardo Pérez Gallardo. Considerando que podría ser de mi interés, Fernando no dudó en adquirirlo y regalármelo, lo cual agradezco. Al hojear con curiosidad el monstruoso libro, muy similar por su grosor a los libros de texto médicos, del mar de escritores médicos antologados allí solo pude reconocer a tres: aquellos cuya obra sigue antologando o mencionando en las escuelas, o sus nombres son parte de la historia literaria nacional. Enrique González Martínez (1871-1952), autor del poema “Tuércele el cuello al cisne”, que se considera como un manifiesto antimodernista; Manuel Acuña (1849-1873), estudiante de medicina y suicida, cuyo nombre fue dado a su ciudad natal, y Elías Nandino (1900-1993), el más contemporáneo de los tres. Reconocí también entre los médicos escritores antologados al menos a otros cuatro, pero no por su labor literaria sino por su actividad como médicos. A 47 años de haber sido compilada la antología, el tiempo ya hizo su selección. Para tener un panorama de los médicos escritores mexicanos contemporáneos habrá que hacer una exhaustiva revisión.

Un destacado médico y escritor mexicano dijo en una conferencia que los médicos son escritores como resultado de ejercitarse a lo largo de su formación y vida profesional en la elaboración de historias clínicas. Suena romántico, pero no comparto su opinión: he podido constatar que muchas veces se trata de un requisito en la conformación del expediente clínico que se cumple con pésima redacción y mala ortografía. También he leído que “una de las principales razones del acierto literario que muy a menudo demuestran los médicos, sobre todo en la novela, reside en su especial actitud para estudiar la naturaleza humana, ya que la práctica de la medicina fomenta el espíritu de observación. Osler dijo de Oliver  Wendwll Holmes (1809-94) que constituía la combinación más afortunada que jamás se había visto de médico  y hombre de letras”. Hay, sin embargo, en la literatura universal grandes escritores que también fueron médicos, como se mencionó arriba. O quizá debería decir: médicos que también fueron grandes escritores. Antón Chejov (1860-1904) decía de esta dualidad: “la medicina es mi esposa y la literatura mi amante, esto puede resultar poco respetable pero desde luego no es aburrido”. Arthur Conan Doyle (1859-1930) no se complicó la existencia y evitó llevar esa doble vida: después de diez años de dedicarse a la medicina, la abandonó para entregarse en cuerpo y alma a la literatura.

 

 JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO

 

 

 

 

  

 

 José Manuel Ortiz Soto (Jerécuaro, Guanajuato, 1965). Médico Pediatra y Cirujano Pediatra. Ha publicado los libros de poesía Réplica de viaje, poemario (Lagarta azul, 2006)  yÁngeles de barro, Lagarta azul, 2010); y de minificción, El libro de los seres no imaginarios. Minibichario (Ficticia Editorial, 2012), con Fernando Sánchez Clelo,Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve(BUAP, 2013) y Cuatro Caminos (BUAP, 2014).