el ombligo de piedra

 

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

(La columna de Rogelio Ramos Signes)

 

 24 de enero al mediodía

   Se dice que hacia 1781, en Bolivia, la tawaco Paula Tintaya y el wayna Isidro Choquehuanca tenían un pequeño ídolo de piedra (al igual que todos los aborígenes en aquellos tiempos) al que comunicaban sus necesidades y frustraciones. Éste, como intermediario de Dios que era, atendía a sus pedidos. Ambos jóvenes pertenecían a la encomienda que en Laja tenía don Francisco de Rojas, español y vecino de la ciudad de La Paz. 

   Paula había sido derivada, por orden del patrón, a Chukiyawu, al servicio de su hija Josefa Úrsula de Rojas Foronda, esposa de Sebastián de Segurola Marchain, gobernador y comandante de armas de la ciudad. Isidro, en cambio, había quedado labrando las tierras del encomendero Rojas, en Laja, a 20 kilómetros de La Paz. Antes de separarse ambos amantes intercambiaron sus respectivos ídolos de piedra, a los que amarraron pequeñísimas prendas de vestir, instrumentos de labranza, menudas bolsitas con alimentos; en fin, la síntesis de lo que era para ellos la felicidad y el bienestar en el hogar lejano y añorado. Llamaremos Eqeqo a ese ídolo de piedra, sobreprotector y bienintencionado, que es la versión manuable de las milenarias illas que los indios usaban para pedir y agradecer su bondad a Qhon Tiki (el Rayo del Principio; algo así como nuestro Big Bang pero descubierto con muchísima anterioridad), a Tata Inti (el Padre Sol), a la Pachamama (Madre Tierra) y a los Achachilas (Espíritus de los Antepasados).

   De marzo a octubre de 1781, Tupaj Katari, Bartolina Siza y otros capitanes indios, cansados del despojo y del trato inhumano a que los sometían los invasores, sitiaron la ciudad de La Paz, privando a los españoles que en ella habitaban del uso de los manantiales, los caminos, las garitas, los campos de cultivo y las zonas de pastoreo. Éstos, diezmados por el hambre, terminaron comiendo objetos de cuero, lazos y trozos de cadáveres de hombres, burros, perros y gatos para poder sobrevivir. Mientras tanto, en sus míseros cuartos, los indios esclavizados consumían a escondidas los alimentos que los guerreros les hacían llegar desde el cerco en el alto de la ciudad. En la habitación de Paula Tintaya el diminuto Eqeqo presidía la comida de los esclavos, haciendo que ésta no faltase.

   El gobernador Sebastián de Segurola, requerido por sus lugartenientes para tratar de burlar el cerco aborigen, debió dejar a su esposa al borde de la muerte, por la falta de alimentos, y partir a pelear. Paula, conmovida por el precario estado de salud de su ama, decidió socorrerla con alimentos y cuidados.

   Una vez que Segurola regresó a su hogar, derrotado nuevamente, no sólo vio a su esposa "vuelta a la vida" sino que se enteró de los buenos oficios de Paula. Así fue como descubrió en su habitación la modesta talla del Eqeqo, a la que, muy a su pesar, le atribuyó los resultados del milagro. Paralelamente una avanzada del ejército realista a las órdenes del general José Reseguín terminó con el bloqueo de Tupaj Katari y sus hombres. Segurola, desorbitado ya en la valoración de sus emociones, atribuyó también al Eqeqo este triunfo de las armas españolas. ¡Vaya paradoja!

   A partir de allí comenzó a adorarlo, como si fuese un indio más, pero su orgullo de europeo "culto" lo llevó a producir algunas modificaciones a la pequeña illa tallada en piedra. Puesto a imaginar "salidas dignas", se le ocurrió que la contrahecha figurita tenía una joroba y (descendiente de franceses por parte de madre, como en realidad era) decidió que el Eqeqo era una versión local de Quasimodo, el jorobado de Notre Dame que había servido a la Iglesia de París, y determinó que el 24 de enero (dedicado a Nuestra Señora de La Paz) sería su día, dejando caer en el olvido el 24 de octubre que era la fecha en que los indios lo homenajeaban.

   En aquellas cruentas épocas el aborigen era tenido como un "animal sin alma" y sólo se lo consideraba un número dentro de las pertenencias de su amo; sin opción y sin derecho de decisión. Tras el descuartizamiento de Tupaj Katari y el casamiento de Paula e Isidro, Sebastián de Segurola decidió que la imagen del Eqeqo de su devoción debía seguir modificándose; es decir: europeizándose. Así fue que hizo desaparecer la giba, sustituyó los rasgos aindiados por una cara blanca y regordeta (fiel retrato del encomendero Francisco de Rojas, amo de la indiecita Paula, y suegro suyo) y lo pintó y lo vistió al estilo español.

   Durante los primeros años de la República los criollos le colocaron bigotitos, le pusieron zapatos, chaqueta y sombrero francés. Luego de la Guerra del Pacífico, y ya con una nación inevitablemente mediterránea, los nativos le agregaron una chalina y le cambiaron el sombrero por un tocado mestizo. Tras la Guerra del Chaco, los artesanos de origen colla le pusieron un poncho y le cubrieron la cabeza con un gorrito de lana harto colorido, de acuerdo al uso local.

   Lo cierto es que el milenario Eqeqo (mensajero de Tata Inti que se presentaba en las fiestas de Qhapaj Raymi) es celebrado hoy en La Paz (Bolivia) en la feria de Alasita del 24 de enero. Pero el Eqeqo no es sólo boliviano; el Eqeqo es del Collasuyu y su intermediación es requerida en Bolivia, Perú, norte de Chile y noroeste de Argentina; tierras todas de ascendencia e influencia colla. Sus creyentes le cuelgan miniaturas de casas, automóviles, dinero, títulos universitarios, valijas de viaje y cuanta cosa deseen concretar o tener en los cinco meses que van desde su pedido hasta el 21 de junio (equinoccio de invierno y año nuevo del Tawantinsuyu; día en que el sol entra por la puerta del templo de Kalasasaya, en Tiwanaku, y cubre la gran piedra plana que marca el centro del mundo; vísperas de San Juan y San Pedro, en una simbiosis de fe para comunicarse con Dios, llámese como se le llame a través de sus emisarios).

   Nunca he visto tanta gente junta como en la Alasita del 24 de enero al mediodía en la ciudad de La Paz (el lugar y la hora son algo puntual). Sería imposible describirlo, como imposible fue llegar hasta la iglesia de Plaza Murillo con nuestros productos de incrédulos turistas. Un hombrecito sabio challó con gotas de vino y pétalos de flores nuestras pertenencias, luego las sahumó con romero y rezó en aymara, en medio de la marea humana que iba a presentar sus miniaturas al Eqeqo para que al cabo de algunos meses crecieran y se hiciesen realidad.

   La feria de hoy en día es algo netamente comercial, y a no engañarnos, pero es descendiente directa del Qhatu, la feria que durante cientos de años permitió a los collas distribuir e intercambiar equitativamente illas de su devoción y diferentes productos de la tierra.

   En 1568, a pesar de las prohibiciones del virrey Toledo, la manufactura del Eqeqo y otros objetos sagrados continuó realizándose. Así los ritos de los collas fueron introduciéndose sutilmente en la liturgia cristiana, llegando a nuestros días en una natural convivencia. De vez en cuando, desde un callejón lateral de la iglesia (es una metáfora) se alza alguna voz de condena. Dios, que según dicen siempre está de guardia, ya no escucha estos gritos en defensa de la pureza de la sangre. Tiempos mestizos aguardan al mundo -aseguran- en esta era de las comunicaciones que acortan las distancias.

   Así sea.

ROGELIO RAMOS SIGNES  Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna que hoy inauguramos en Tardes amarillas, pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción) y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.