CLAUDIO ROJO CESCA N

 

 

 

PARADISO PERDIDO

Claudio Rojo Cesca*

Especial para Tardes amarillas

 

Solemos hablar de películas como un hecho aislado del evento material, la experiencia humana de mirar en el diario los horarios del cine, ir al complejo a comprar las entradas y hacer la cola para entrar. Quienes tengan veinticinco años, seguramente recordarán épocas en las que ésta experiencia tenía sus diferencias con los tiempos que corren. 

Tengo el recuerdo (desagradable) de haber vivido una época sin salas de cine en Santiago del Estero. No tengo claro los períodos de tiempo, pero fue antes de la llegada de los multisalas a la provincia, en lapsos transitivos tras la primera oleada de extinción de los cines que nuestros padres y abuelos (tengo 30 años, más o menos se puede calcular) conocieron en sus días. Mi segunda infancia (llamémosle “infancia consciente”) empezó con el apogeo del cine centro, cuando Disney estrenaba La Bella y la Bestia, y en el Petit Palais se estrenaban funciones dobles con películas de Van Damme. Ahí, en el desaparecido Petit, fui a ver mi primera película con decapitaciones: Cyborg, en la que Van Damme, uno de esos héroes de antaño, que actuaban mal, entre otras cosas, porque no hablaban bien el inglés (casi casi como Keanu Reeves), se batía a castañazos contra un grupo de piratas del futuro. Había una escena, me acuerdo, en la que los villanos torturaban al héroe y lo subían a una especie de cruz, improvisada con el mástil de un barco.  Yo tenía siete años, más o menos, y no se me movía el estómago con la violencia de la pantalla grande. Como si fuera lo mismo, también en el Petit, fui a ver Willow, Las Tortugas Ninja, Rocky V –una de las malas, pero igual, nosotros aplaudíamos y vitoreábamos con fervor tribunero: rocky rocky rocky!!-. Era especial, la experiencia del cine. No sé si achacárselo a una característica de aquellos tiempos (una sensación de maravilla sin la erosión de lo cotidiano, de la cosa vista previamente) o a una infancia potente, que no se mide en el amor por lo gigante. foto nota claudio

Cerraron el Petit y el Centro (donde hoy se alza un hotel, mucho vidrio y pocas nueces). Hubo una época de sequía, de no tener cines, en la que paliábamos con el videoclub. Llegaban las primeras videocaseteras a cuarenta cuotas, y dos o tres tarjetas de socio: una para El Acuario, otra para Amadeus, otra para Colonial. Entonces reabrió el Cine Renzi, infame por haber sido, durante algunos años, un cine porno.

 

 

Cinema paradiso  La andanada de películas del Renzi se me diluye, porque éramos felices y uno, bajo el efecto de ciertas dosis de felicidad, desactiva la memoria y deja de tomar nota. Pero sí recuerdo haber hecho cola para entrar a ver Batman Forever, Street Fighter, Mortal Kombat y una de las películas más obscenamente pochocleras de la década de los noventa: Día de la Independencia. Era un bajón pasar por la vereda y ver que se estrenaban películas serias. Yo no las iba a ver. No las alquilaba, ni las buscaba, seguramente porque mi infancia fue escapista. A pesar de eso,  no sentíamos la crueldad de tener solamente una película disponible cada una o dos semanas. Ni que el sonido fuera pésimo o la copia, rayada hasta lo incomprensible. Cómo íbamos a sentirlo, si hasta nos entretenía detenernos a mirar las fotos promocionales, pegadas en la vidriera de la taquilla, costumbre publicitaria que suplieron los trailers disponibles en la red, en estreno mundial, cosa que en Santiago del Estero podamos ver lo mismo que ve un pibe en Nueva York.

  Los últimos coletazos cayeron a mis trece, cuando abrieron los multisalas, con toda la pompa y una calidad de proyección a la que no estábamos acostumbrados. Fui a ver la edición especial de “El Retorno del Jedi” en la sala 5 de lo que en algún momento fue Disco. Era la siesta. Había dos personas, aparte de mí, que abandonaron el complejo en silencio, sin mirarse, sin mirarme. Tuve la clara sensación de que algo se terminaría pronto, un adelanto de duelo, de haber perdido para ganar otra cosa. Siempre me pasa, cuando veo Cinema Paradiso, que me asalta ésta nostalgia. Posdata: anoche vi Cinema Paradiso.

 

  *Claudio Rojo Cesca: Licenciado en Psicología, poeta, narrador, entusiasta lector, esquivo de los adjetivos que no dan vida y apasionado del cine. ¿Para qué más?