El ombligo de piedra 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

(La columna de Rogelio Ramos Signes)

 

                             Un pelado en la nieve                                                         

   En su simpático y muy vendido libro Abrázame, Kathleen Keating propone el instinto del abrazo como una respuesta natural a los sentimientos de afecto, compasión, necesidad y alegría. Partiendo de una teoría razonable y de una base lógica que solidifica su propuesta, Keating (asesora en salud mental) no desdeña el sarcasmo o la paradoja como método didáctico. "El abrazo ayuda a dominar el apetito -nos dice-. Comemos menos cuando tenemos los brazos ocupados en estrechar a los demás".

   Autodefiniéndose como abrazoterapeuta, apela (siempre desde su pequeño libro de venta en supermercados) constantemente al humor, sabiendo que éste muchas veces es el paso previo a la reflexión: "El abrazo es un ejercicio de estiramiento para los de poca estatura y un ejercicio de flexión para los altos"

   Puesta a encontrarle todas las posibilidades benéficas al abrazo, jocosas o serias (o mejor dicho, jocosamente serias) nos asegura que el abrazo "es ecológicamente aceptable, pues no altera el ambiente. Es portátil. No requiere equipos especiales". Y, consciente de que el amor retenido puede convertirse en dolor, propone el abrazo como una actitud terapéutica al alcance de todos (no olvidemos que es gratis) cuando asegura que se trata de algo democrático, ya que "cualquiera es candidato a un abrazo".

   Estos consejos, que para un sajón (y afines) pueden resultar novedosos y hasta revolucionarios, para nosotros (los argentinos) suenan a recomendaciones obvias. Afectos a abrazarnos, tocarnos y besarnos todo el tiempo (incluso con gente no demasiado cercana a nosotros) y casi sin motivos, intuimos que el abrazo es una necesidad, como comer, como orinar. Que alguien nos recomiende abrazarnos nos resulta tan absurdo como que alguien nos sugiera respirar.

   Juliette Alvin (musicoterapeuta) trabajaba en la rehabilitación, educación y adiestramiento de adultos y niños que padecían trastornos físicos, mentales y emocionales. Sabedora (al igual que Louise Weir) de que el sonido afecta el sistema nervioso autónomo, que es la base de nuestra reacción emocional; Juliette Alvin logró que sus pacientes vencieran la indiferencia, gracias al dinamismo y al atractivo sensorial de la música.

   La música puede excitarnos o relajarnos, y si bien las respuestas psicológicas a una experiencia musical dependen mucho de nuestra capacidad, es la música la que irá levantando sucesivamente las tapas de todas nuestras cajas, hasta dejarnos desnudos frente a nosotros mismos. Eso no debe sugerirnos desprotección ni abandono, sino el comienzo de la terapia; la lenta reconstrucción de la personalidad.

   El tiempo parece transcurrir más rápido cuando hay música. La angustia es mucho más soportable cuando la hundimos en un abrazo. La música, nacida de ese elemento primario que es el sonido, luego de ser abrazada y organizada, corre por nuestro cuerpo al encuentro de otras fuerzas emocionales. El abrazo es emoción pura, pasible de ronroneo, y genera su propia música.

   El grito primal fue una buena terapia del doctor Arthur Janov en la grampa que unía los años '60 con los '70. Era un proceso dialéctico a través del cual el individuo maduraba cuando  volvía a sentir sus necesidades infantiles. La respiración, la voz y el grito (recuerden la canción Madre de John Lennon,escrita bajo los efectos de esta terapia) eran los medios elegidos para la cura de la neurosis, y los resultados fueron notables. Pero la terapia del grito primal se convirtió en moda, y eso la volvió efímera.

   Métodos terapéuticos de la más variada calaña pueden estar gestándose en este mismo momento (déjenme delirar): la "terapia del destete adolescente", la contestataria "terapia del nunca dije basta pero ahora sí", la inimaginable "terapia del coitus infinitus", la obvia "terapia del beso" (toda una leyenda, toda una zarzuela), la "terapia de las bodas de Luis Alonso", la “terapia del inquietante ramo de rosas” (ideal para los cronopios que van al médico sin antes pasar por Cortázar), la "terapia del príncipe Igor", la “terapia del viejo Matías” que duerme en cualquier parte, la “terapia de la Dancus carotta” (también conocida como “terapia de la zanahoria de Paracelso”), la “terapia del colibrí”, la “terapia del picahueso” ¡Qué se yo! Para todo hay espacio en este mundo, y un tiempo muy breve para tolerarlo.

   Se sabe que la jardinería, por ejemplo, funciona como terapia en muchísimos casos (ya hay quienes se definen como terapeutas florales). Horas y horas sobre una plantita, removiéndole la tierra, abonándola, limpiándole las hojas, hablándole, preguntándole por la familia, regándola, llevándola hacia el sol o protegiéndola de él, leyendo acerca de su floración, poniéndole la música adecuada, cuidándola del frío o del exceso de agua; tiene que dar sus frutos. El desarrollo de alguna manifestación artística propia de la interioridad (pintura, escultura, fotografía, música, literatura y un etcétera tan abultado como lenguajes existan de espaldas a la urgencia económica) también tiene que dar sus frutos. Todo puede servir y, de hecho, todo sirve. Es nuestra propia volubilidad la que hace fracasar las mejores intenciones. Algo flota en el ambiente y vamos apasionadamente tras de ello durante los próximos quince días: flores de Bach (¿naranjas de Prokofiev y pinos de Respighi, servirán para el caso?), aromas de Bush (o de otros presidentes mediocres y desalmados), yoga descafeinado, filosofía descremada, danzas bahianas con soporte psicológico, religiones de todo x 2 pesos, turismo subacuático, recetarios de microondas, muerte sólo clínica, reencarnaciones en cadena, dietas de la luna (de la manzana, del martes 13 o del año bisiesto), baños matinales con agua de lluvia, ensalada de genes, oxigenación del pulmón campestre, militancia sofrológica (o de la armonización de la conciencia), lectura de piedras preciosas, manufactura de cerámica con (o sin) cocción, cursillos del dedo que se acusa a sí mismo, modificación de la sombra colectiva, devoción por la bicicleta fija, búsqueda del menú afrodisíaco; cambiando y cambiando sin cesar, dos veces al mes, venticuatro veces al año.

   Pero un buen abrazo, de esos que cortan la respiración sin habérselo propuesto; o una buena música, de esas que terminan oprimiéndonos el pecho sin que podamos describirla con palabras, serán métodos eternos; como el fuego que cocina los alimentos. Definitivo. Total. Sin atenuantes. Lo demás, como dicen en mi provincia, "durará menos que un pelado en la nieve".

 

ROGELIO RAMOS SIGNES

 

Rogelio Ramos Signes: Nació en San Juan, Argentina, en 1950 y actualmente reside  en la ciudad de  Tucumán. Ha publicado numerosos libros  de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985)En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (El Péndulo 13, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires, 1986), con la que obtuvo el Premio Más allá, concedido a la mejor novela de ciencia ficción publicada en Argentina durante 1986; Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994); Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, San Miguel de Tucumán, 1995),El ombligo de piedra (Libros del Hangar, Tucumán, 2000), Un erizo en el andamio (Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La Casa de té (Poesía, Ediciones en Danza, 2009). En esta su columna, publicamos los textos que conforman el libro El ombligo de piedra y que fueran publicados mensualmente entre diciembre de 1995 y junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción.