Pedro Guillermo Jara    

 

Pedro Guillermo Jara realizó estudios de Literatura en la Universidad Austral de Chile. Es fundador, editor, Director de la revista de bolsillo Caballo de Proa.

 Ha publicado Historias de Alicia la uruguaya que llegó un día (autoedición, Valdivia, 1979); Para Murales (El Kultrún, Valdivia, 1988); Plaza de la República, (El Kultrún, Valdivia, 1990); Disparos sobre Valdivia (El Kultrún, Valdivia, 1997); De cómo vivimos con Jesse James en Chile Chico (Autoedición, Valdivia, 2002); Relatos in Blues & Otros Cuentos (Puerto Montt, 2002); Minimales, Tres obras de Teatro Breve (Conarte, Valdivia, 2003); El Rollo de Chile Chico (Conarte, Valdivia, 2004), Cuentos Tamaño Postal(El Kultrún, Conarte, Valdivia, 2005); De Trámite Breve (Edición Caballo de Proa, Valdivia, 2006); El Korto Cirkuito (Afiche-literario), Autoedición, Valdivia, 2008. 

 

 El accidente

                El hombre es atropellado por un vehículo que se da a la fuga. El alma del hombre se va al cielo –es muy tradicionalista– en busca de la paz definitiva, mientras escucha a sus espaldas gritos y susurros y alguien que cubre su cuerpo con periódicos.

                Al llegar al cielo descubre a muchas almas que esperan pacientemente el llamado a viva voz. El hombre se impacienta, consulta su reloj, se empina, trata de observar por entre la multitud y de pronto, hastiado por la larga espera, opta por moverse bajo los periódicos de la mañana.

 
El último hombre de la ciudad

       Me detengo frente a la luz roja. Al fondo la cordillera. Por la avenida rueda una bolsa plástica. La ciudad, vacía. Este semáforo me ha sido dado sólo para mí. Soy el último.

Dios mediante

       Todos los hombres de delantal blanco, son doctores. Dios, compasivo y misericordioso, se materializa de delantal blanco al lado del paciente quien despierta sorprendido. Dios le pregunta:

       —¿Cómo te has sentido, hijo mío?

       Y el paciente responde:

       —Muy bien, doctor, muy bien...

       Y Dios desaparece.

Caballo de Proa

El hombre de los pies quemados 

                Por extrañas circunstancias al hombre se le habían quemado los pies. Era dos tizones como leños oscuros. Al caminar por las calles sus pasos se escuchaban así:

                —¡Tic-toc!... ¡Tic-toc!

                Los niños, curiosos, seguían al hombre de los pies quemados, no por compasión, ni burla, ni nada de eso. Lo seguían porque al caminar desde los pies se desprendían pequeños trozos de carbón que los niños se disputaban a gritos. Con estos trozos los niños dibujaban nubes, corderos, soles, lunas y lluvia, en las paredes de la población.

                En algunas oportunidades los adultos también seguían al hombre de los pies quemados, recogían los trozos de carbón y escribían consignas en las paredes, llamando a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, ideas que se habían perdido en el tiempo.

 

La cuerda

        La cuerda no descansa. Siempre estará haciendo y deshaciendo su nudo con manos hábiles y firmes. No sólo señalará impávida la vertical del pie derecho o el punto exacto del mundo.

        Nada más clamar y la cuerda, solícita, acariciará tu cuello, luego el envión, el último punto de apoyo sobre la tierra y adiós.

 

Caballitos de miga

Para Leonardo Gálvez

                Desde niño el hombre había inventado figuritas con migas de pan. Desde sus manos de pájaro y saliva nacían rositas, muñecas bávaras, muñecas tirolesas, geishas, carruajes, mariposas, hasta que cierta tarde el instinto le ordenó la fabricación de caballitos.

                Y nacieron caballos alados, con penachos, monturas, caballos marinos, vestidos de ritmo.

                Ya adulto fabricaba caballos llenos de encanto y peligrosidad.

                En plena noche fabricó el último caballo de su vida: “era del tamaño de un monte, con tablas de abeto en los costados muy bien ajustadas”*.

                A la noche subsiguiente los hombres descendieron desde el vientre del animal –eran hombres escogidos– y abrieron de par en par las puertas de Troya.

*Virgilio, “La Eneida”, Cap. III