Gloria Quispe

 

 

 

 

EL SEXO EN LA LITERATURA: APROXIMACIONES A DOS AUTORES JUJEÑOS

Gloria Carmen Quispe

 

 

Lo propio de las sociedades modernas no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la sombra, sino que ellas se hayan destinado a hablar del sexo siempre, haciéndolo saber, poniéndolo de relieve como el secreto.

Michel Foucault, Historia de la sexualidad

El hablar del sexo estuvo y está reservado al espacio íntimo; cualquier manifestación explícita constituye una transgresión y por consiguiente,  un exceso discursivo.

Resulta común y hasta agradable hablar de “El erotismo en la literatura” y no así de “El sexo en la literatura” por considerarlo ofensivo, polémico y porque no, morboso. En el 2006, se publica Cualquiera puede ser un rock- star[1] de Matías Teruel, un libro en el que encontramos historias cotidianas, íntimas, fuertes; atravesadas por la sexualidad. En esta oportunidad nos referiremos a un solo cuento del volumen, “Un día de mierda o la síntesis de todo”. También nos detendremos en “Mudos ojos azules” de Maximiliano Chedrese, publicado en el 2010[2]

Foucault en Historia de la sexualidad establece una estrecha relación entre poder, saber y sexualidad. El poder- en tanto multiplicidad de relaciones de fuerzas inmanentes y propias del dominio en que se ejercen- precisa, a su vez, del discurso para revelarse; opera a través de él. Debe ser pensado en tanto tecnología, pues cuenta con mecanismos y procedimientos que son inventados, perfeccionados y desarrollados constantemente para actuar sobre las conductas. Es así que, a lo largo de la historia fueron distintos los mecanismos discursivos que condicionaron la forma de vincularse del hombre con su sexualidad. Condicionaron la forma de saber sobre el placer.

Ciertamente, el condicionamiento discursivo no impidió que el sexo y los placeres tuvieran lugar; sí generó silencios, ausencias y elisiones en torno a él.

¿Por qué hablar del sexo en la literatura? ¿por qué no hablar? ¿qué genera asistir a un encuentro sexual, a una masturbación? ¿el relato de estas situaciones encierra algún propósito?

Georges Bataille en Las lágrimas de eros expresa:

La mera actividad sexual es diferente del erotismo; la primera se da en la vida animal, y tan sólo la vida humana muestra una actividad que determina, tal vez, un aspecto “diabólico” al cual conviene la denominación de erotismo.[3]

De acuerdo a esto, lo propio del hombre es el erotismo, aspecto que lo separa del resto de los animales cuya copula no tendría más que ver que con la satisfacción orgánica y fisiológica. El erotismo de Bataille estaría asociado a la conciencia que tendría el ser humano de la muerte, de su finitud; es decir, a dejar de ser, y agregaríamos, a dejar de sentir.

Elena Bossi amplía la noción de erotismo manifestando que “el erotismo se define más por lo que oculta que por lo que muestra y es mucho más eficaz cuanto más oscuro”[4]. Pero ¿qué sucede cuando en lugar de insinuación hallamos exhibición, mostración y no hay nada por descubrir, imaginar y menos, por interpretar[5]?

En “Un día de mierda…” el narrador dice:

Desnudos se acariciaban y lamían. La previa siempre es fundamental, los roces y lo oral. Ella lo estaba disfrutando y se lo hizo saber en una larga chupada. “Dale che, ponete el forro, así se hace más largo” le dijo. Él obedeció. La metía y la sacaba; primero lentamente, luego aumentando  velocidad y fuerza. La transpiración los empapaba, ya se respiraba los vahos. Sus gemidos y jadeos le hicieron saber que ella se venía, una vez, otra vez.

El acto sexual es narrado con minuciosidad. Nada se esconde; no hay erotismo. Una escena pornográfica adquiere carnadura a través de las palabras y despoja al lector de toda posibilidad de imaginar. Sin embargo, ¿qué nos impulsa a seguir leyendo o por qué hay consumidores de pornografía? Si bien la alusión ha sido sustituida por la exposición, una atracción otra aparece que llama a ver, no a descubrir. Una escena similar encontramos en el cuento de Chedresse:

Una mano en cada nalga apretando con autoridad y moviéndolas de arriba abajo. Fue lo primero y último, luego se deshizo en lo mocoso que era: acabó antes de penetrarla; con la pija ahí, pujando para entrar en esa concha tan carnosa como el enorme culo negro, igual de húmedo y cerrado. Y mientras pujaba con su pija para entrar en el calor de esas carnes sentía avanzar el chorro, frunciendo su propio culo para resistir, desesperado por entrar en esa negra antes de acabar. Pero le acabó ahí, entre los labios, tapando el agujero que nunca se llegó a dilatar lo suficiente como para desvirgarlo.

El fragmento citado pertenece a la primera parte del texto. A medida que avanzamos en el relato, lo sexual se hace cada vez más explícito. Roza lo obsceno y lo desagradable. El detalle meticuloso de la masturbación, por momentos, llega a ofender. Y ello, probablemente, tiene que ver con el poder que ejerce el discurso. En distintas épocas, la sexualidad y, especialmente, todo cuanto de ella se pudiera decir intentó ser controlada a través del lenguaje. Las distintas fuerzas que conviven, resisten y se oponen en la relaciones de poder idearon una construcción negativa del sexo; instituyéndolo como lo prohibido, lo ilícito. Aquello de lo que no se debe hablar, que debe permanecer como el secreto.

Ahora bien, el secreto no sólo es indispensable para el funcionamiento del poder- pues la sexualidad es el objeto sobre el que se ejerce el control discursivo, sobre el que se establece límites- sino también para quienes lo poseen, que sabiendo que deben mantenerlo oculto, se sienten impelidos a transgredir las reglas; a vivir la sexualidad por lo  menos discretamente.

El desagrado, y tal vez la repugnancia, que pudiera haber despertado el detallismo narrativo del episodio, está íntimamente relacionado con la efectividad discursiva que relegó al sexo al ámbito íntimo y privado, en el que sólo son testigos y protagonistas los cuerpos que acuden y disfrutan del encuentro. Al respecto, dice Chenov que “Más cercana al coito animal, la pornografía nos ilusiona con un atisbo de la cosa en bruto.”[6]

Un nuevo interrogante se nos hace presente, ¿por qué lo cotidiano, lo íntimo ingresa como material narrativo y poético? Una posible respuesta podríamos hallarla en la tendencia minimalista que algunos críticos reconocieron, especialmente, en los escritores de la década de los noventa y, en menor medida, en los de la nueva centuria. Es una estética de lo pequeño; “mínimo del verso, mínimo narrativo, mínimo del sentido” en palabras de Anahí Mallol[7]. Al punto tal que no hay un exigencia de ‘esa’ competencia literaria específica. Pero la pobreza no se debe a la carencia de recursos, está asociada a la búsqueda “por el lado de la resta y la elipsis”[8]. Se trabaja sobre la literalidad de las palabras sin estridencias ni ornamentos, el lenguaje es procaz muy cercano a la realidad que se quiere contar. En los escritores que tomamos, reconocemos ese desenfado lingüístico más en Teruel pero igualmente presente en Chedrese:

Se estaba cagando, llevaba unos cuantos minutos aguantándose, frunciendo. Tenía que quedarse parado, era imposible aguantarse sentado. Pensaba que su cara tenía una expresión muy cómica sosteniendo esa sonrisita pelotuda y que por más que la careterara, al salir a la calle todos lo notarían. (Teruel, 2006: 49)

Eran las cicatrices en el abdomen, en el pecho entre las tetas y próximas al cuello que le daba impresión. Unas veinte, no podía saberlo con precisión…Le había palpado el culo al principio con demasiado entusiasmo, arrebatado de una sensación de superioridad y dominio. Ese culo enorme y negro y húmedo. (Intravenosa, 2010: 50)

Evidentemente, el desembarazo tiene relación con lo que se narra: lo sexual en acto y una masturbación. Retomamos, entonces, una de las preguntas iniciales, ¿hay algún propósito detrás del relato de estos episodios o sólo se trata de contar situaciones triviales?

“Mudos ojos azules” es un cuento breve de un extenso párrafo, con predominio de oraciones largas y enumeraciones que reproducen la escena en su continuidad. Las acciones descriptas pormenorizadamente son necesarias y conducen, de a poco, a revelar un intento de violación que padece la negra por parte del “patroncito”, poseedor de los ojos azules. Descubrimos el porqué de “las cicatrices en el abdomen, en el pecho entre las tetas y próximas al cuello”, la sumisión de la muchacha y los abusos del amo que no se satisfacía con poseer el trabajo de los esclavos y poseía también los cuerpos por considerarlos, por extensión, parte de su propiedad.

Las cicatrices, además de marcas corporales, son huellas que testimonian la frustración y la impotencia de la esclava negra pero sobre todo, registran los intentos fallidos de sentirse viva, de perpetuar en el placer la vida y su libertad.

En el cuento de Teruel, lo cotidiano se instala; en la visita de Celeste al departamento y en las compras en el negocio de la vecina nos reconocemos como lectores. Por otra parte, el encuentro sexual es desposeído de todo carácter ritual. La consumación, que muchas veces conduce al sumo placer, es opacada por lo escatológico. El deseo carnal y la necesidad fisiológica convergen para provocar desconcierto y repugnancia:

…ella seguía gimiendo, “más fuerte”, le pedía; y él se venía, ya terminaba, comenzaba el cosquilleo, comenzaba a acabar y a cagarse.

Ésa fue la síntesis de todo: la leche y la mierda juntas, brotando de diferentes orificios en un mismo orgasmo.

El “día de mierda”, no solo es un mal día para el protagonista, es también el día en el que el excremento adquiere, de modo desagradable, importancia. En el final, el coito termina desapercibido y sobrevuela el desagrado.

A modo de cierre

En ambos autores, lo sexual- como tema- no aparece con afán mostrativo, deja entrever miserias humanas; historias de vida que tienen como protagonistas a hombres y mujeres comunes, “reales”. Historias que nos generan tristeza, rabia, conmiseración y empatía al saberlas tan próximas.



[1]Teruel, Matías. Cualquiera puede ser un Rock-Star. San Salvador de Jujuy: Colección mirilla-UNJu. 2005.

[2]Consúltese Intravenosa. Revista cultural, año 4 N°10.

[3]Bataille, George. Las lágrimas de eros. Trad. David Fernández, España: Tusquets. 2007. p. 41.

[4]Bossi, Elena. “El erotismo en  la literatura” en Los otros. Santa Fe: UNL. 2010.   p.72 y 73

[5]Elena Bossi extiende el concepto de erótico al texto, también considerado un cuerpo erótico “cuyo poder de seducción radicaría en la demanda de interpretación”, que estaría cargo del lector quien se encargaría de descubrir en lo no dicho. Op. Cit.,   p. 73

[6]Chernov, Carlos . “Comentario” en Los otros. Santa Fe: UNL. 2010.  p. 86

[7] Mallol, Anahí. “Ser joven, poeta y argentino en los ‘90” en  Sued, S. y Arán, P.  Los ’90. Otras indagaciones. 2005. p. 122

[8]Op. Cit. p. 124