el ombligo de piedra

   

 

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 DARWIN, PARACELSO Y NOSOTROS

 

¿Qué puntos unen la idea de la selección natural de Darwin con las afinidades electivas de Goethe?

 Repito: Si aceptamos que todo principio científico se encuentra en estado de metamorfosis constante ¿qué puntos unen una y otra idea?

A decir verdad, yo creo que sacándole el impulso espiritual que encierra la obra de Johann Wolfgang von Goethe, la naturaleza de ambas ideas es básicamente la misma. 

A pocos años de publicado el libro El origen de las especies, de Charles Darwin, la biología ya se había convertido en una ciencia evolutiva, preocupada por la anatomía comparada y por la embriología.

Es por entonces que los lectores más inquietos comienzan a reparar en Otilia (una criatura deliciosa en la obra literaria de Goethe) desgranando frases como "Todo lo que es perfecto en su especie debe ir más allá de ella; debe llegar a ser otra cosa incomparable". Es justo reconocer que la novela de Goethe, con su intenso conflicto, fue publicada varias décadas antes que la obra de Darwin.

La idea del cambio (el deseo del cambio, en realidad) es una constante en el hombre. Disconformes por naturaleza, muchas veces pensamos que cambiar es crecer; lo que está tan cerca de la verdad como de la equivocación. Igualmente preocupante sería dejarnos llevar por el cómodo movimiento de la inercia.

La naturaleza (que, más que sabia, es práctica) produce siempre los cambios necesarios. Defensores del equilibrio de la naturaleza, de la fuerza ecológica, de la armonía, de la ecuanimidad, de la mesura, saben que esto es así.

Por ello es que no debemos preocuparnos tanto por la supervivencia de las cucarachas (es sólo un ejemplo), que si están en el mundo desde hace cuatrocientos millones de años, con sus tres mil especies conocidas, es porque han sabido adaptarse a todos los tiempos y sortear los escollos de la muerte. En cambio sí deberíamos prestarle atención a la posible extinción del oso koala (también es sólo un ejemplo), que no necesita beber líquido y come nada más que cortezas de eucalipto. Es que el hombre, en su labor sistemáticamente depredatoria, ha ido convirtiendo en desierto las tierras antes ocupadas por bosques de eucaliptos. Asimismo tendríamos que velar por la sobrevivencia del oso panda, que sólo come hojas de bambú, o por la integridad del oso hormiguero, del tapir y del venado de las pampas, que comen una gran variedad de alimentos, pero que están siendo exterminados en el noreste del país debido a la caza indiscriminada.

Nuestros intereses; nuestra vocación al servicio del más puro egoísmo, ha hecho que estos animales típicos e irrepetibles aún no hayan podido ponerse a salvo de un mundo extremadamente hostil. Bien sabemos que se necesitan muchos siglos para que una especie pueda mutar en aras de su supervivencia. Pero bien sabemos también que los hombres podemos convertir en tierra yerma la superficie del planeta en cuestión de días.

Diderot decía que el hombre "es un conjunto de fuerza y debilidad, de luz y de ceguera, de pequeñez y de grandeza". ¿Será por eso que nuestra debilidad nos hace desaprensivamente fuertes? ¿será por eso que nuestra ceguera nos lleva a soñar con la claridad más enceguecedora? ¿será por eso que nuestra insalvable pequeñez nos empuja a destruir todo a nuestro paso, para que, al no haber puntos de comparación, nos veamos mucho más grandes?

¿Qué nos lleva a considerar como a un adversario, al que hay que eliminar, a todo aquello que se diferencie de nosotros? Comenzamos atacando a los animales y no para defender nuestra vida ni para proveernos de alimentos (que sería lo aceptable) sino para cumplir con cierto "espíritu deportivo" que nos hace disparar impunemente sobre aves y ejemplares no domésticos de cualquier especie. De allí al racismo hay menos de un paso. ¿Cómo podríamos aceptar gente con un color de piel diferente al nuestro? ¿cómo podríamos convivir con homosexuales? ¿cómo podríamos soportar la cercanía de discapacitados? ¿cómo podríamos tolerar a nuestro lado a gente que profese otra religión? Y, aunque suene a ciencia ficción, ¿cómo podríamos imaginar vida extraterrestre sin juzgarla como a una fuerza enemiga? Si, como dice Gertrud von Le Fort, "el hombre es la roca sobre la cual se apoya el tiempo" ¿para qué queremos acortar esos plazos que, en el génesis de cualquier religión, eran proyectos de eternidad?

Pensando como pensamos y actuando como actuamos ¿cómo podríamos humanizar al ser humano, inhumano y depredador por naturaleza? ¿cómo podríamos hacer algo bueno por los demás, si en el fondo hasta somos incapaces de hacer algo bueno por nosotros mismos? Basta con ver el uso que hacemos de nuestra salud; en última instancia, base también de nuestra espiritualidad. Cuando debemos optar, optamos siempre por lo peor, por aquello que en un principio nos deleita para dañarnos luego. Así el alcohol, el tabaco, los fármacos, la comida. A todo parecemos regirlo por la ley del exceso.

En el siglo XVI decía Paracelso "Todo ser viviente necesita el tipo de alimentación ajustado a su especie y a su organismo individual; y la Vida, esa gran alquimista, es quien transforma el alimento absorbido. Los animales se niegan a comer y beber lo que les hace daño, y su instinto natural los lleva a seleccionar aquellos alimentos que les convienen. Únicamente al hombre (dotado de inteligencia) le ha sido dado el poder de hacer caso omiso a sus instintos y tomar alimentos nocivos, pero que halagan su paladar educado artificialmente".

¿No sería bueno, entonces, mutar en intuitivo y sano animal? sólo para ver si así mejoramos.

 Otilia, aunque fuese a espaldas de Goethe: ¿no sería bueno ir más allá de nuestra especie humana, pero para mejorarla?

Incansables defensores de la Hipótesis Gaia: ¿no sería bueno que la Tierra, de una vez por todas, funcionara como un superorganismo, y que no nos conformáramos con ser la "trágica célula" que nos tocó en suerte?

Señor Darwin: ¿no sería bueno que la selección natural de las especies dejara de lado este conglomerado de desquicios en que nos hemos convertido, y nos volviera (es un decir) al indispensable batracio, al ingrávido pájaro, al primitivo y desalienado mono que sospecho que nunca fuimos?

 

 

ROGELIO RAMOS SIGNES Rogelio Ramos Signes: Nació en San Juan, Argentina, en 1950 y actualmente reside  en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros  de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras(Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985)En los límites del aire, de Heraldo Cuevas(El Péndulo 13, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires, 1986), con la que obtuvo el Premio Más allá, concedido a la mejor novela de ciencia ficción publicada en Argentina durante 1986; Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994); Polvo de ladrillos(Ensayos, Libros del Hangar, San Miguel de Tucumán, 1995),El ombligo de piedra(Libros del Hangar, Tucumán, 2000), Un erizo en el andamio(Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La Casa de té (Poesía, Ediciones en Danza, 2009). En esta su columna, publicamos los textos que conforman el libro El ombligo de piedra y que fueran publicados mensualmente entre diciembre de 1995 y junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción.