LALLA:  MÍSTICA  ILUMINADA  DE  INDIA

                                                           Por Umberto Senegal

                                                                       Buscando intensamente mi propio ser,

 me agotaba:  nadie ha llegado así al conocimiento

escondido. Al fin, en él me absorbí.

                                                                                                                                                    Lal Ded

 Para: Nataly García Montoya,

 con quien comparto estos sentimientos

 

                                           Lalla 4

 

“Todos los días son de viaje”, escribió en su libro Sendas de Oku, hace más de 300 años, el poeta japonés Basho. Todos los días y las horas, cada segundo que vivimos con percepción alerta, son de viaje por el mundo y la existencia, por los sentidos y por el alma. Viaje hacia la muerte. Hacia un lugar, una idea, una persona o el vacío. Viaje sin regreso que puede experimentarse con total plenitud, o se puede perder por completo, hacia cualquier lugar donde nos conduzca el hecho de haber nacido y estar aquí. 

Bien lo señalaba el maestro zen, Dogen: “En el tiempo de la vida, no hay más que la vida; en el tiempo de la muerte, no hay más que muerte”. Matsuo Basho, viajero por causa de la melancolía, entre otras motivaciones, aprovechó buena parte de su existencia caminando, navegando o cabalgando por zonas boscosas, baldías, pobladas o deshabitadas de su país. Anduvo más de 2.000 kilómetros, descubriendo la belleza interior y exterior del mundo, de la gente y de su propio ser, no solo por amor al paisaje sino porque precisaba identificar en otros lugares cuanto su espíritu místico descubría dentro de sí y dentro de la poesía.

 Por donde caminaba, encontraba poesía y sembraba poemas. Sus haikus son prueba de ello. La confirmación de su unidad con el mundo se expresa en cada haiku que escribió. Buena parte de ellos, breves testimonios de iluminación, constancia del hombre despierto capaz de participar con la palabra cuanto  los estados de conciencia superior revelan al místico.

Semejante a Basho, cerca de 700 años atrás, en diferentes ámbitos paisajísticos de Cachemira donde produjo su obra poética, contemplativa, filosófica y lingüística, recorriendo también centenares de kilómetros sin otra indumentaria que el largo y enmarañado cabello cubriéndole parte de su desnudez de asceta tántrica, vivió una mujer excepcional, nómade igual que Mirabai, otra de las excelsas mujeres de la poesía y la mística Hindú. Mujer como pocas en la historia de la poesía de India, oriente y el mundo. En occidente, 180 años después de ella (1515) las experiencias místicas de Santa Teresa de Jesús y su producción literaria, pueden comparársele, solo que la devota cristiana se recluyó en monasterios mientras la mística asiática, luego de su iluminación, nunca se enclaustró en sitio alguno.

De los horizontes y caminos, de las cuevas donde pernoctó, de los frondosos árboles Chinar (árbol sacro de Cachemira, relacionado con la diosa Bhavani) que le ofrecieron su sombra; de los humildes hogares que bajo el invierno o en época de intenso verano le dieron albergue, y donde tal vez pretendieron cubrirla con algún atuendo para que no inquietara con su característica desnudez de yogini errante a quienes la encontraban por los caminos; de las aldeas donde le dieron alguna limosna; de los templos islámicos o hindúes donde se detuvo a transmitir su mensaje y su pasión por lo divino, o por donde su total desnudez física perturbaba a la gente, de cada uno de tales elementos y de todos ellos en conjunto, ella hizo su territorio poético y espiritual. Su casta presencia desnuda, ¿alguien intentó violarla?, ¿alguno pretendió seducirla?, ¿despertaba pensamientos lúbricos?; su elevada transformación espiritual, sus cantos al amor supremo y las públicas confidencias sobre su contacto con la divinidad, los expresaba mediante cortos poemas. Así lo exteriorizó en uno de ellos:

                                               En Ti mismo absorbida, Tú seguías escondido.

                                               Pasaba el día buscándote a Ti y a mí.

                                               Cuando en mi yo te vi, oh Tú,

                                               un arrebato sin límite sucedió,

                                               en Ti y en mí.

Ella caminó sin sosiego. Caminaba y danzaba para expresar con esta dinámica corporal su experiencia de Dios. Tal danza, de origen tántrico, era otra señal de los múltiples senderos hacia Dios. Igual que Rumi el poeta persa, esta mujer necesitaba girar, fluir físicamente, dejarse arrastrar como hoja de chinar para dar testimonio, con sus palabras sencillas y populares, plenas de sabiduría, entre el éxtasis del bhakti, de su unidad con Dios modelando sus frases y sus breves poemas, sus reflexiones en voz alta entre la multitud o con quienes la escuchaban, antes de continuar su éxodo vital sin meta alguna.

Esta mujer extraordinaria se conoce con el nombre de LALLA. Lalla o Lalli significa querida.  Pero también ingresó a la historia como Lal Ded, (abuelita Lal) nombre con el cual más se ha divulgado y estudiado su obra dentro de la literatura mísitica sufí y de India. Otros nombres: Lalimai (madre Lali), Lal Arifa, Lalla Vakyana, Lal Diddi, Lalla Yogeshwari (en sánscrito), Lalishri, Lallesvari (diosa Lalla), Granny Lalla. Fue creadora en India de la poesía llamada Vatsun, Vakhs o palabra. Los vakyas son poemas de cuatro versos que con rima o sin ella, utilizan de veinte a veinticinco palabras para desarrollar el tema que tratan. La esencia formal y conceptual del vatsun es su acento de conversación interna, el diálogo interior del poeta y su conciencia unificada con lo divino, como sucedió con Lal Diddi.

En su memoria, también dan a esta forma poética el nombre de Vaks Lal. Su ascendiente literario en la consolidación del cachemir, equivale al de Cervantes en nuestra lengua o al de Shakespeare, en inglés, por la dimensión de su aporte idiomático. La lengua cachemir debe su magnitud, expansión y brío lingüístico, a la obra de Lal Ded, como resalta el comentarista de su obra, Carlos G. Pomeda, español iniciado en la orden de Saraswati: “Su poesía, escrita en el idioma kashmiri, marca un estilo clásico y su influencia ha sido tal que perdura hasta el día de hoy”.

Los vakyas son poemas axiomáticos donde yoga y shivaismo se religan con ternura y precisión para transferir una idea religiosa, una enseñanza moral o una vivencia mística. Lallimai fue una paramahamsa y se le identifica además como Paramagwaram. El secreto de su atractivo poético, a la par con sus realizaciones de la Suprema consciencia, fue traducir en símbolos accesibles al entendimiento del pueblo el anhelo humano por conocer y sentir lo supremo. Ella lo conoció. Lo llevaba consigo. Lo compartía:

                                               La Consciencia siempre es nueva.

                                               El Yo Supremo siempre nuevo.

                                               Veo siempre nuevo el  universo transfigurado.

                                               Después de purificar cuerpo y alma,

                                               heme aquí, Lalla, todavía y siempre nueva.

El goce cotidiano de la realización divina, por donde iba y con quien estuviese, bajo cualquier circunstancia, era manantial inagotable de alegría incitando a beber a cuantos quisieran escucharla. A todos los capaces de percibirla más allá de su desnudez, de los atributos físicos que poseía y podían convertirse en fatal distracción o en tántrico símbolo de la naturaleza y del mundo.  Quiso aproximárnoslo con sus poemas sublimes, de aquí que su mensaje ético-místico se dio no solo mediante el recurso de una labor poética itinerante y el vagabundaje lírico enraizado en la certeza interna de Dios, por entre gente analfabeta, sino también mediante el diálogo y la confrontación con estudiosos, eruditos y hombres sabios de una época que oscilaba entre religiosidades de dos extremos, hindú y musulmana, y que se establecía como continuidad de 5.000 años de identidad cachemir. Lallesvari lo reconoce en una de sus vakyas:

                                                      Nosotros fuimos y seremos,

                                                      de edad en edad hemos sido.

                                                      Por siempre Shiva hace nacer y hace morir.

                                                      Por siempre el sol se eleva y se acuesta.

Ella fue inspiradora literaria de los sufíes de Cachemira, por sus temas, sus ritmos, sus imágenes de introspectivas evocaciones religiosas y por su ardor espiritual. El Vatsun es un tipo de poesía breve sin patrones inflexibles ni medida estricta al versificar. Emplea metros variados. Cada unidad es una estrofa de tres líneas, seguidas por un estribillo. Semejante en su forma a las gacelas árabes, data del siglo XIV cuando Lalimai y Nund Rishi escribieron en lengua cachemir sus producciones poéticas. Las crónicas que describen imprecisas pinceladas de su vida, fueron escritas mucho tiempo después de su fallecimiento.

En alto porcentaje, su obra hace parte de la tradición islámica sufí catalogándola entre sus santas y como la más alta representante del sufismo poético de la época. La fecha de su nacimiento, improbable de aclarar, la establecen en 1320, 1335  o 1355 y su fallecimiento en 1376, 1391 o 1392. Su ciclo vital estuvo entre los 50 y 70 años, cerca de siete siglos de atrás. Esta mujer, quien a sus 24 años de edad abandonó las trivialidades y violencia del hogar donde desde los 12 años habitaba con su agresivo e ignorante esposo, fue fruto místico de dos culturas: la tántrica y la sufí.

He aquí una de las más encantadoras anécdotas de Lallimai.

Milagro y poesía, símbolos y metáforas, se fusionan en múltiples significados e interpretaciones para cada persona, de acuerdo con su nivel de comprensión. Hoy por hoy, no es mucha la gente capaz de utilizar correctamente tales historias. Entre otras semejantes, esta anécdota de Lalla ofrece la evidencia patente de la continuidad de antiguas enseñanzas conservadas a veces por simple repetición, transmitidas y valoradas, por lo regular, solo porque estimulan la imaginación o divierten a la gente en general. Al respecto, revela el sufí contemporáneo Idries Shah: “Debemos acercarnos a ellas desde el punto de vista de que pueden ser documentos de valor técnico. Es un método muy antiguo, aún irremplazable, para dar forma y transmitir un conocimiento que no puede expresarse de ninguna otra manera”. No sobra recordar aquí que la narrativa analógica sufí encubre siete niveles de comprensión. Es lo que he llamado, para mi uso exclusivo, Yoga analógica y de la cual hablé en mi aproximación a las analogías poéticas de Sathya Sai Baba, quien empleaba esta técnica con sabiduría, en el momento adecuado y para las personas que lo requerían.

Lalli, cuando en plena adolescencia aún toleraba las despóticas actitudes de su esposo y la madre de este, ambos siempre pendientes de sus acciones o sus palabras, para desaprobar cuanto hacía, aprovechaba las mañanas cuando debía ir al río por agua, y entraba a ofrecer sus oraciones en un templo de Shiva erigido allí cerca. Empleaba algunos minutos, que su devoción a veces alargaban, dialogando con las estatuas de Shiva y su consorte Shakti, allí expuestas, transformadas para ella en seres más reales y próximos que su esposo y la familia donde soportaba toda clase de humillaciones. En uno de sus poemas, Lalla recuerda:

                                                   Shiva se extiende, como fina red,

                                                   impregnando toda forma.

                                                   Si, vivo, no lo ves,

                                                   ¿cómo, muerto, Lo verás?

                                                   Del yo extrae el Yo, después de haber discernido.

El mantra Om Namaha Shivaya, pronunciado por los trémulos labios de la adolescente, vibraba por todo el templo de piedra, cautivando las aves madrugadoras que rondaban tan sosegado lugar. El celoso marido, ante las continuas tardanzas de su joven y bella esposa y acuciado por su madre, comienza a desconfiar de ella, poniendo en duda su fidelidad. Un día, cuando Lalla regresaba con el pesado cántaro sobre su cabeza, cargado de agua, con su rostro jubiloso por la presencia de Shiva en su corazón, y con la energía de Shakti tremolando por su esbelta figura, el esposo la esperaba babeando cólera.

Cuando Lalla se le aproximó, él golpeó su delicada vacija con un palo labrado en madera del árbol chinar, la cual cayó haciéndose pedazos. Milagrosamente el agua, esa mañana más luminosa y limpia que de costumbre, con la transparente forma del cántaro y sin derramarse una gota, se mantuvo sobre la cabeza de Lalla, quien entró serena en la casa y cumpliendo con su rutina, bajo la incrédula mirada de su suegra, llenó los demás recipientes, como era habitual. Tan pronto cumplió su tarea, vertió el agua sobrante en la parte trasera de la casa, formándose allí un estanque que se conservó hasta el siglo XIX, llamado Lalla Trag.

Los poemas de estas místicas yoginis, rebosan de vida sensual, sensibilidad, encanto  e impulsos religiosos descritos con imágenes de aparente materialidad, o de directa simbología tántrica abarcando pormenores del éxtasis divino, para mencionar de alguna manera esa pasión del alma imposible de abarcar con palabras, versos, ecuaciones matemáticas o razonamientos filosóficos y teológicos. Lalla tuvo aventajados maestros en ambas tradiciones espirituales, reconocidos por la historia hindú  y musulmana. Privilegiada mujer con iniciaciones en una y otra fe, la de Shiva y la de Alá, nació en pleno comienzo de la influencia musulmana en Cachemira.

De ella dijo Osho con admiración: “Fue una de las mujeres más bellas. Cachemira tiene las mujeres más preciosas de toda India. Lalla se desnudó repudiándolo todo, renunciando a todo. En Cachemira comentan: conocemos solo dos palabras que tienen sentido, una es Alá y la otra es Lala (juego de palabras con el fonema la). Lalla igual Dios”. Y agregó: “En India hemos conocido solo cinco mujeres que se pueden comparar con Buda, Cristo, Zoroastro, Lao Tse y Nanak. Una de ellas es Mira, cuyo nombre es bien conocido en todo el mundo. La segunda es Lalla. La tercera es Sahajo, la cuarta Daya y la quinta Mallibai”.

Cuando le preguntaban por qué iba desnuda, Lal Diddi respondía que como ella jamás había encontrado un hombre en su camino, no requería de vestimenta alguna. No sentía la menor necesidad de arroparse ni ocultar sus formas femeninas, puesto que no encontraba hombres que pudieran verle los genitales ni diferenciar su sexo. Frente a la extrañeza de quienes la observaban y escuchaban, Lalla aclaraba: “genuinos hombres solo son aquellos que tiemblan ante la presencia de Dios en todas partes. Y ella no había encontrado todavía a nadie con estas cualidades. Al despojarse de su ropa y quedar totalmente desnuda, Lallimai, ofrecía su esencialidad femenina a las disparejas miradas de quienes la encontraban. Muchos, solo observarían lo físico y se perturbarían. O despertarían su lujuria, sus deseos, los sentimientos de posesión. La desnudez ritual de Lalla tenía un valor místico intrínseco. Cuando erraba así desnuda estaba dándole, a quienes la encontraban, la oportunidad de ir más allá de la forma física. La suya era una iniciación pública, un ritual ofrecido en cualquier lugar, a cualquier persona, musulmanes o adoradores de Shiva, Kali, Rama o Krishna, fuera de los templos, entre la naturaleza, sin más secretos que la reacción del  individuo viéndola desnuda y escuchando sus palabras. Si ante la mujer desnuda no se descubre en el ser más profundo la misma impresionante emoción que se experimenta ante la revelación cósmica, entonces no hay rito:

                                                  Un único precepto mi Maestro me ha dado:

                                                  “De lo exterior, me dijo, entra en lo interior”

                                                  Para mí, Lalla, esa fue la Palabra y el Precepto por excelencia.

                                                  Entonces, desnuda, danzando me puse a errar.

Explica Pomeda: “Lalli se despoja de la ropa que lleva encima y a partir de ese momento se cubre el cuerpo únicamente con el pelo. Este gesto es muy significativo desde varias vertientes,  no solo como manifestación de ascetismo extremo (teniendo en la cuenta las frías temperaturas de la región), sino desde un punto de vista social, como señal inequívoca de sus prioridades y convicciones, y desde un punto de vista simbólico”. Resaltando dicho aspecto físico del tantrismo, uno de los más difundidos en occidente por su inquietante interacción con la sexualidad humana, el filósofo e historiador rumano Mircea Eliade escribió: “Toda mujer desnuda encarna la naturaleza, la Prakriti. Por lo tanto hay que mirarla con la misma admiración y el mismo desapego que al considerar el secreto insondable de la naturaleza, su capacidad ilimitada de creación. La desnudez ritual de la yogini tiene un valor místico intrínseco”.

Esta singular mujer, de las más trascendentales en el ámbito de la mística y la poesía universal, quien continúa viva en sus poemas reales, apócrifos, míticos o atribuidos a ella, se conoce con el nombre de LALLA. O LAL DED. En la actualidad circulan traducidos a cerca de diez idiomas, el español entre ellos, varias colecciones de sus poemas, entre 60 y 146. Su influencia literaria es equiparable a la de Cervantes en lengua española, o a la de Shakespeare en lengua inglesa. En India y Cachemira, decir Lalla es como si expresáramos Cervantes, Shakespeare. Fue Lalla quien dio su raiz, su identidad al kashmiri moderno. Su poesía y la lengua en que la escribió, son el fundamento de  dicho idioma.

 Todos sus poemas están escritos en cachemir, en estilo clásico donde la palabra popular adquiere rangos cultos y estéticos. Ella ahora no recorre caminos de la hermosa Cachemira, país que sigue sobresaliendo por el esplendor de sus montañas. Ella ahora camina por los corazones de quienes tienen la fortuna de entender sus poemas místicos, su encuentro con Dios y con la realidad. Con la conciencia universal. Mística varisaiva que perteneció a la tradición del shivaismo tántrico de Cachemira, dentro de la rama conocida como Trika, fundamentada en estos postulados:

Voluntad

 Conocimiento

  Actividad.

 Shiva

 Su Shakti

 El individuo limitado.

Sujeto conocedor

Conocimiento

Objeto conocido.

Vía divina

Vía de la energía

 Vía del individuo.

Su principal maestro, y en esto no se contrarían las tradiciones, fue el gran santo Yoghi Srikantha, también conocido como Sed Bayu o Sidhanath quien la inició en las enseñanzas y prácticas shivaitas. El shivaismo de Cachemira no acepta otra realidad que Shiva mismo. Nada lo limita. Solo está Él y nada más. No dualismo total. Shiva crea el universo de su propio ser, en su propio ser y con su propio ser. El ser humano es manifestación de Shiva. Toda la poesía de Lal Ded canta e invita a ese regreso, a la búsqueda de la unidad y el encuentro con la única realidad que somos. Sus poemas son el continuo recuerdo de la naturaleza real del ser humano cuando se absorbe en Dios:

                                                            Desapareció el tantra,

                                                            Y  quedó entonces el mantra.

                                                            Desapareció el mantra

                                                            Y  el pensamiento quedó.

                                                            Desapareciendo el pensamiento, entonces

                                                            Ya nada en ningún lugar.

                                                            En el Vacío un vacío se ha absorbido.

Sus poemas reflejan las características propias del sentido cósmico, a saber:

 1. La luz subjetiva

 2. La elevación moral

 3. La iluminación intelectual

 4. El sentido de inmortalidad

 5. La pérdida del miedo a la muerte

 6. La pérdida del sentimiento de pecado

 7. La precipitación e instantaneidad del despertar

 8. El encanto que gana la personalidad, de manera que todos se sienten atraídos por la persona en cuestión

 9. La transfiguración del sujeto.

Cada una de estas nueve cualidades podemos encontrarlas en su poesía. Su proceso místico nos lo muestra con poemas que testimonian la vivencia de dichas características. Veamos, por ejemplo, dos vakyas sobre la muerte:

                                                   Abanico o palio real, carroza o trono,

                                                   festival o ballet o lecho cómodo:

                                                   ¿cuál crees tú que es eterno?

                                                   Llegada la muerte,

                                                   ¿cuál disipará el miedo?

Este otro, tiene la misma desesperanza de una rubuyata de Omar Khayyam. Es un epitafio para la humanidad, para quienes olvidaron que estamos de paso por este mundo. Un poema que puede convertirse en lema para recordarlo todo el día, para tenerlo presente cuando gozamos o sufrimos:

                                                    Sin parar venimos, y entonces hay que volver.

                                                    Día y noche hay que avanzar.

                                                    Y de allí de donde venimos, ¡allí mismo hay que retornar!

                                                    Por siempre en la rueda de nacer y morir.

                                                    ¡De nada a nada! ¡De nada a nada!

                                                    Algo hay aquí que tendremos que descubrir.

Escudriñen la poesía de Lalla, pero antes deben desnudarse de todo tipo de prejuicios religiosos y sectarios, si desean regocijarse con sus niveles poéticos y místicos más íntimos. Léanla en diversas traducciones si es posible, puesto que las versiones al español varían mucho de un traductor a otro, de acuerdo con la cultura y el conocimiento de India que estos poseen.

El tantra shivaita de Lal Ded no es aquello que, hoy por hoy, muchos conciben como tantra: sexualidad trasgredida, amasijo de cuerpos, lubricidad incontrolada. El tantra siempre lo han entendido muchos como terapia sexual y esto se debe a las ideas que salieron del Instituto Esalen de California. Tantra no es solo sexo, según muchos lo consideran y quieren entenderlo para darle justificación a su desbocada sexualidad.

Es una sagrada y delicada tradición mística que pretende, a través de diversas prácticas arraigadas en una milenaria tradición sicológica, fisiológica, emocional e intelectual, integrar al ser humano en el cuerpo cósmico y vibrante (spanda) a través de la meditación, cierto tipo de danzas, el ritual de los cuerpos y energías femeninas y masculinas,  una serie de visualizaciones y el arte de tocar, acariciar y sentir el propio cuerpo o hacerle sentir el suyo a nuestra pareja.

El shivaismo tántrico de Cachemira acepta las experiencias sensoriales y emocionales. Se experimenta todo desde la plenitud del ser vivo, espontáneo y libre de condicionamientos. Consiste en estar atentos y presentes. La sexualidad es un elemento de todo ello, como producto final o secundario de aquello, mas no como punto de partida. Las yoginis de la talla espiritual y poética de Lalla, hablan sobre la dimensión infinita del cuerpo. Es básico como práctica concreta, el aquietamiento de la respiración. Aquí insisto sobre el efectivo, precioso, sencillo pero fundamental ejercicio de Ekantha Bhakty que señalé en mi  lectura anterior sobre Sai Baba, quien lo recomendó a sus devotos.

Lallesvari, con uno de sus poemas que bien podría pertenecer a la tradición zen, nos invita a redescubrir cada momento el milagro de la vida:

                                                    Todo es nuevo para mí:

                                                    la mente, la luna, el sol.

                                                    El mundo entero parece como lavado con agua,

                                                    lavado con la lluvia de Yo-soy-Eso.

                                                    Lalla brinca y baila dentro de la energía

                                                    que crea y mantiene el universo.

 

 

     

 UMBERTO SENEGAL  Umberto Senegal nació en Calarcá, Quindio, Colombia. Poeta, cuentista, ensayista, educador y editor. Director del Centro de Estudios Robert Walser (Calarcá, Quindio, Colombia). Licenciado en Español y Literatura. Ha colaborado con múltiples periódicos y revistas de Colombia y otros lugares del mundo. Sus haikus han sido traducidos a 12 idiomas. Integra numerosas antologías y es fundador y presidente de la Asociación Colombiana de Haiku, Coordinador del Centro de Estudios Bizantinos y Neohelénicos Miguel Castillo Didier y Codirector del Centro de Investigación y Difusión del Minicuento Lauro Zavala. Ha ganado numerosos premios literarios y ha publicado más de veinte libros de poesía, minificción, cuento. haiku y ensayo.