Tonio 3

 

     

LOS COMPLEJOS ROSTROS DEL TALENTO

(Breve semblanza de Emir Kusturica)

Por Antonio Cruz

Esta tarde, mientras pensaba como cerrar este artículo, un amigo cinéfilo me preguntó cuál era el mejor comienzo de un libro de aquellos que había leído. Mi respuesta estuvo bastante lejos de ser contundente y en realidad creo que hasta carece de importancia. Sin embargo, esa pregunta, esa simple pregunta, me llevó a cuestionarme sobre el comienzo de este artículo. Mientras caminaba de regreso a casa me preguntaba ¿Qué estoy escribiendo? ¿Un artículo acerca de un cineasta? ¿Un artículo sobre la forma de ver un cine de culto? ¿Una crítica? ¿Qué cosa es?

Pues bien, mientras cavilaba sobre esto me acordé de una frase de Robert Ludlum en su famoso “El Círculo matarese” que leí a fines de la década de los setenta: «… Mira al hombre, al hombre, más de cerca… Mira al hombre. Al hombre» 

En realidad, creo que este artículo es sobre un hombre. Que ese hombre sea cineasta, músico, político, ideólogo, “casi” arquitecto y un apasionado del arte son solamente circunstancias; en el fondo, Kusturica no es otra cosa que un individuo con todas las contradicciones que, probablemente,  hubiésemos tenido cualquiera de nosotros si nos hubiera tocado atravesar la circunstancia histórica que su destino le obligó a vivir vivió él.

Seguramente, entre la infinita cantidad de directores de cine que han poblado el mundo y han conocido las mieles del éxito, pocos deben haber sido tan criticados, denostados, defenestrados y vilipendiados como Emir Kusturica y se me ocurre, pocos, muy pocos han logrado atravesar con éxito semejante odisea en el mundo del cine donde sobrevivir ya es un triunfo. Kusturica no solamente ha logrado superar ese trance sino que ha llegado a transformarse en un ícono que es venerado por millones de seres humanos a lo largo y ancho de este mundo y al cual podemos admirar sin sentirnos culpables por las connotaciones y/o denotaciones de su comportamiento.

L’enfant terrible

Rebelde, controvertido, hasta cierto punto subversivo, ninguno de sus críticos ha podido ir más allá del reproche y la reprobación por sus posturas políticas y sociológicas pues cuando deben referirse a su cine, cuando deben hablar de sus películas, cuando llega la hora de la verdad para el artista, todos y cada uno han debido aceptar el enorme talento de este bosnio-musulmán que se declara y se reconoce serbio y que no hace tanto tiempo se convirtió a la religión cristiana ortodoxa. La cantidad de premios que ha recibido son la mejor demostración del reconocimiento que le han brindado en numerosos festivales de cine, sindo sus puntos más altos el haber obtenido varios premios en Cannes y Venecia y que una de sus películas emblemáticas (Papá salió en viaje de negocios) fuera candidata al Oscar e mejor película extranjera. Kusturica 1

Emir Kusturica, como puede leerse en cualquier página de Internet, nació en Sarajevo (antigua Yugoslavia, actualmente Bosnia Herzegovina) el 24 de noviembre de 1954 y le tocó en suerte  vivir de cerca la guerra y el desmembramiento de Yugoslavia (hecho que habría de influir enormemente en sus ideas y que fuera retratado de manera magistral por el talentoso director en su película Underground del año 1995). La destrucción de dicha región fue indudablemente la gran tragedia europea de finales del siglo XX y el impacto que produjo en el espíritu de Kusturica  fue gravitante en su futuro como cineasta.

Kusturica, un hombre de profunda sensibilidad y gran sentido artístico, percibió que los hechos que se desarrollaban alrededor de él iban a dejar una marca indeleble en la historia de la humanidad por lo que sintió la necesidad de intervenir, como artista y como hombre comprometido ideológicamente, en el drama que se desarrollaba en su entorno. Sin la capacidad ni la información necesaria como para aprobar o reprobar su conducta desde tan lejos, solo recordaré aquí que fue un ferviente defensor de Yugoslavia como nación lo que lo llevó a apoyar con su discurso y sus acciones, muchos eventos que le granjearon no pocos opositores y/o enemigos, cosa que a él no le importó demasiado.

Kusturica carga sobre su espalda una pesada mochila: el fracaso del sueño de la Gran Yugoslavia multirracial y potente, poderosa como nación y como crisol de razas y religiones, y trata de reflejar de qué manera, ese sueño se perdió en ese inmenso baño de sangre que fue la guerra de los Balcanes.  Al fin y al cabo, él no acepta que esa guerra que disoció su país y liquidó su idioma haya existido realmente y en su yo más profundo, probablemente, todavía atesora el anhelo de algún día poder ver de nuevo la antigua federación como una nación única y sin conflictos, cosa que, todos sabemos, ya es imposible de alcanzar.

Quizás ese sea, precisamente, el motivo por el cual Kusturica, que en sus primeros años tenía una nacionalidad de alguna manera definida, se haya transformado en un personaje que carece de identidad y que pertenece a todos los lugares y a ninguno; un hombre que en alguna medida es un exiliado de su tierra pero también un desterrado del mundo que solamente puede encontrarse y lograr un cierto grado de identidad a través de cada una de sus películas.

La imagen lo es todo; el retrato también.

Para Kusturica, el juego de los detalles sutiles y aparentemente difíciles de atrapar no es un juego; es un entramado complejo pero no incomprensible que se caracteriza porque esos detalles que pasan velozmente frente a nosotros, dejan en la mente imágenes que no solamente impresionan de manera precisa, fuerte, hasta quizás vehemente. Si algo lo caracteriza es su habilidad especial, no exenta de pericia y de percepción intuitiva, para retratar grupos humanos. Da muestra de ello desde su primer filme Guernica, mediometraje que no es otra cosa que su trabajo para obtener la Licenciatura en Cine en la Academia de Artes Interpretativas (FAMU) de Praga, donde la descripción de la familia judía, y en especial del niño que termina por elaborar su propio Guernica, le permiten obtener su primer premio en el mundo del cine. Pero no se queda allí; a la hora de retratar no lo hace con discriminación de etnias o creencias religiosas sino que retrata todo lo que percibe alrededor suyo. Retrata serbios y bosnios pero también fotografía a húngaros, gitanos y cualquier otro grupo que haya estado a su alcance después de la fractura de Yugoslavia. Es ahí donde probablemente se reencuentra con él mismo, con ese ser humano que lo habita, lo que de alguna manera, también significa que encuentra su propia identidad.

Kusturica es un creador impetuoso e impredecible. Sus películas más conocidas (Papá Salió en Viaje de Negocios, El  Tiempo de los Gitanos, Underground y Gato Negro- Gato Blanco) son la más clara demostración de su  falta de moderación, circunstancia que en él no es un obstáculo sino que, merced a su capacidad de hacer de las imágenes alusiones casi perfectas y exactas a la realidad cotidiana, sin disonancias y muy armónicas, termina por transformarse en una virtud.

Creo que no exagero cuando digo que ese respeto incondicional por la imagen no es otra cosa que el complemento perfecto para sus afanes. En sus películas, busca reflejar de manera exuberante el largo camino recorrido por las diferentes etnias de Yugoslavia desde la felicidad al sufrimiento. Esta conjunción lo transforma en uno de los narradores  más originales de la tragedia que le tocó vivir, no solamente por el acertado ensamble de argumento, fotografía y música sino porque en ningún momento abdica a su compromiso político ni a su concepción social de una patria que ya no existe.

Sin embargo, a pesar de la intrincada trama de cada uno de sus películas, su cine termina siendo un pequeño tratado de sociología. De la sociología propia de su ex­patria (por eso debe ser considerado como un expatriado) y un pequeño pero sólido manual de búsqueda de la felicidad.

No quiero terminar este párrafo sin mencionar los invisibles lazos que ligan al cine de Kusturica con el realismo mágico que alguna vez fuera el leiv motiv para la literatura de América Morena. Nadie puede dudar que, en el fondo, la concepción filosófica del director serbio termina por ser de similar envergadura que aquellas razones que llevaron a nuestros grandes creadores a pintar la realidad de determinada manera.

Pero el cine no es su única pasión. También es fanático de la música (ya en sus películas, la música es algo fundamental en la historia que se narra) y el fútbol. 

Kusturica 2 El músico admirable y el fanático futbolero

A lo largo de su carrera como director de cine, Kusturica ha demostrado un respeto sin par por la música. En cada una de sus películas, como ya lo apuntamos más arriba, ella tiene una importancia trascendental. Sin embargo, en su largo peregrinar en busca de su identidad, necesita más. Necesita sentirse parte de ella, necesita ser músico. Es por ello que la invitación de Nele Karajlić  no cae en saco roto. Kusturica se une a él y conforman Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra grupo que adhirió al “Nuevo primitivismo” y que definió un estilo al que llamaron "techno-rock gitano". Las letras de sus canciones (tan impetuosas como sus creadores) abunda en sátira a los políticos (sobre todo a los políticos musulmanes de Bosnia) por lo que deben superar muchísimos entredichos sobre todo de carácter religioso. No obstante, fiel a sus principios necesita unir la imagen a la música. Necesita transformar el sonido en símbolos visuales y difíciles de olvidar, símbolos capaces de producir un impacto profundo en el espectador. Para ello recurre a un método que en sus manos resulta infalible. Filma una de las giras de su banda en un documental imperdible que él titula “Super 8 Stories”.

Para cumplir con su sueño de fanático del fútbol, no se conforma con introducir escenas ligadas a este deporte en casi todas sus películas (por ejemplo, los niños que juegan fútbol en un espacio reducido en Underground o el regalo de una pelota al niño protagonista de Papá salió de viaje de negocios) sino que dobla la apuesta y se embarca en la filmación de un documental sobre la vida del ídolo futbolero argentino Diego Armando Maradona.

El resultado de esta aventura (Maradona by Kusturica) es otra pequeña joya del séptimo arte, donde, no solamente manifiesta sus dotes de director, sino por sobre todas las cosas, se toma muy en serio la tarea de retratar al hombre contradictorio y extravagante que está escondido detrás del mito, de un hombre tan confuso como él, que tiene tantos problemas de identidad como él mismo los padece y que, por si fuera poco, tiene un compromiso político ideológico similar al suyo. Casi nada. Por eso, durante los años 2005, 2006 y 2007 lo acompaña en sus múltiples andanzas y retrata momentos que, más allá de cualquier tinte político que podamos tener, debemos aceptar que serán parte de la historia. Su militancia con Hugo Chávez y su amistad con Fidel Castro y Evo Morales.

La pertenencia como motor

Kusturica se sentía (y aún se siente) identificado con Yugoslavia. Nadie puede dudar de ello. Pero para comprender sus razones hay que conocer su historia. Emir Kusturica, nació en Bosnia en el seno de una familia musulmana; eso es de dominio público. Lo que muy pocos conocen es que su familia, originalmente, era cristiana ortodoxa (más aún… se sentían y trataban de vivir como serbios) pero para sobrevivir en su propia tierra se vieron obligados a convertirse al Islam; de allí ese rechazo genuino a  dicha religión.

Kusturica nació y se crió en un país que contenía en su seno a diferentes civilizaciones y etnias pero que, en su corpus mostraba una unidad política que le daba sentido. No es difícil entonces comprender el caos lúcido del que se vale para mostrar su tiempo y recuperar su identidad.

Su manera de ver el mundo con ojos “balcánicos” habrá de generar la incomprensión de los occidentales que no entienden que, además de narrar con una estética propia, el eje de su cine no es otra cosa que el hombre y sus más profundas contradicciones.

Para el final, una pequeña reflexión. Lo que hay que mirar en Kusturica es el hombre; mirarlo de cerca. Este hombre, mientras viva, va a enfrentar todo aquello que no sea “caótico” pues él mismo no es otra cosa que una metáfora del caos, de ese caos que han desarrollado los intereses del establishment internacional en la ya inexistente Yugoslavia, ese caos portador de guerra, muerte y desesperación, ese caos que, de ninguna manera es privativo de los Balcanes pero que en esa región se muestra con la crudeza típica que ha caracterizado las guerras religiosas entre musulmanes y cristianos y que tanto nos cuesta comprender a los occidentales.