2006-04-A                

Y eso, ¿para qué sirve?

Guillermo Bustamante Zamudio

Hace poco asistí a un encuentro internacional sobre la enseñanza de la literatura (Universidad Distrital, Bogotá-Colombia). Alguien, haciendo gala de su espontaneidad y su gracia (era un joven, ¿se deduce?), preguntó a uno de los ponentes para qué servía el análisis literario; y, como se sabe, una pregunta como ésa es ya una respuesta: efectivamente, como el desenvuelto universitario no paraba de hablar —era su cuarto de hora—, se adelantó a responder que para nada servía y que la prueba estaba en que él, un lector empedernido, no la necesitaba en lo más mínimo y que, más bien, le malograría el placer de la lectura. Entiendo que muchas personas se hagan en su corazón esa pregunta y se planteen esos “argumentos”, pero cuando alguien siente que es una pregunta legítima para ser expuesta en público es porque cree que se trata de una pregunta comprensible por los demás, y que los demás comparten el escenario cultural de una duda de ese talante. Por supuesto que, en el caso que relato, la intervención desenfadada se vio respaldada por risas del público que alababa la juventud del interrogador, su desenvoltura y, creo, el monto de afrenta que la pregunta representaba para los ponentes, que no estaban convocados a hacer literatura o a leerla, sino a reflexionar sobre ella.

Estamos en la época del revés: sin escándalo la cosa funciona a medias… aunque nadie se ocupe de los efectos del escándalo; es como si el semblante ahora tuviera que incluir al menos parte de lo que no tendría que verse, de lo que supuestamente está por detrás o escondido. Se desclasifican los archivos y resulta que era cierto todo lo que se decía sobre la participación de los USA en los golpes perpetrados en América Latina… ¡y no pasa nada! Los mandatarios salen cada vez con más frecuencia en los medios, no tanto a desmentir los escándalos en los que se ven expuestos, sino a justificarse; y no es infrecuente que, después del escándalo, ¡salgan favorecidos en las encuestas! La ropa interior ahora es exterior: la moda de los varones es que los pantalones caigan más abajo de la cadera y que se vean los calzoncillos; de otro lado, los sostenes de las chicas ahora están parcialmente a la vista: se ven las tiras, y no es infrecuente que partes de la prenda queden a la vista. El nombre de ropa interior se debía a que iba por dentro; ahora, en cambio, lo interior es, al menos parcialmente, exterior. No es extraño ver las marquillas de la ropa a la vista. En su momento, el Pompidou era deslumbrante, pues las paredes eran traslúcidas y se podían ver los asuntos que otrora estaban ocultos: las tuberías de conducción de aguas, los ductos de conexiones eléctricas, los mecanismos de las escaleras eléctricas, los sistemas de ventilación. Y el asunto hace su eclosión “cultural” en el talk show y, luego, en el reality show, que congrega a millones de personas y mueve recursos exorbitantes. Millones de personas se deleitan con los asuntos más triviales y con las discusiones más banales, agresivas y obscenas entre personas anodinas, incitadas por la ilusión de unos billetes con los cuales construirían un mundo exactamente igual a ese. El guante está vuelto al revés. Hay que salir del closet.

Entonces, alguien se siente autorizado para convertir un congreso de literatura en un “Laura en América”. En esas estamos, por acá en estas latitudes. Ahora bien, vamos a la pregunta del muchacho, que no deja de ser interesante: ¿para qué sirve el análisis literario? La respuesta no es fácil. Para comenzar, yo diría que el análisis literario no sirve para nada. En la pregunta, el asunto de la utilidad tiene un sentido muy claro: “a mí no me sirve”; obsérvese que no hay argumentos con aspiración de validez general. Y claro, podemos intercambiar el objeto de la pregunta por cualquier otra cosa y siempre encontraremos a alguien para el que no sirva absolutamente para nada. ¿De qué me sirve a mí un estetoscopio, yo que nada entiendo de medicina? ¿Para qué le sirve a Neruda un acelerador de partículas? ¿Para qué le sirve a Robinson Crusoe un manual contra la discriminación? ¿Para qué le habría servido a Mandela una membresía en los hooligans? ¿Para qué le habría servido a Göring Hojas de hierba?... Y así, para todos y cada uno de los productos de la cultura. Como se ve, el asunto no es tanto “para qué sirve”, sino, más bien: ¿estoy a la altura de este producto de la cultura?

Freud decía que tres rasgos fundamentales de la cultura —la belleza, la limpieza y el orden— no tenían ninguna funcionalidad real. Se trata justamente de creaciones de una especie que da la espalda a la vida instintiva y se instala en la palabra y sus efectos. Es en el orden cultural donde se entiende la razón de ser de prácticas conducentes a la belleza, la limpieza y el orden, y no de cara a una “utilidad” pretendidamente neutral y, peor aún, personal. La pregunta: “¿Para qué sirve eso?” se ha ido instalando en la vida social, y es concomitante, por ejemplo, con la reducción paulatina de las ciencias humanas, la literatura y la filosofía en la formación de las nuevas generaciones. Y, por supuesto que tales disciplinas no sirven —al menos a corto y mediano plazo— en la lógica de acumulación/producción/acumulación. Europa gasta más en artículos suntuosos para sus mascotas, de lo que se invierte en toda África en vacunación.

No sólo el análisis literario no sirve a quien no está a su altura, sino que la literatura misma no les sirve a todos, no todos la desean. Sí, creo que en el corazón del problema está el deseo. El muchacho que hace su talk show en medio del encuentro internacional sobre la enseñanza de la literatura no desea el análisis literario. Dice desear la literatura, lo cual está muy bien. Pero, ¿por qué nos estorban las formas de satisfacción del otro? ¿Por qué fue el muchacho a ese evento cuyo lema era claro? La intolerancia con la satisfacción del otro es uno de los ingredientes que se ponen en la cocción de la segregación. Miren hacia el medio oriente y díganme si no es así.

Entonces, si hay profesores que han hecho odiar la teoría a sus estudiantes, eso no habla mal de la teoría. Habla mal de los profesores. Con seguridad, los profesores que hacen odiar la teoría a sus estudiantes tampoco tienen con ella una relación de deseo. ¡Tienen una relación utilitaria!: ganarse la vida a expensas de las conquistas culturales, sin habitar en ellas, sin estar a su altura.