el ombligo de piedra         

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 

Tres cocineros y un huevo frito

 

   Si hablamos de huevos, poco es lo que hay para decir. Porque, desde el punto de vista de la reproducción ¿qué es un huevo, en definitiva? Un huevo es una yema envuelta en un disco germinativo, varias cubiertas gelatinosas, una membrana vitelina y mucha albúmina (a la que llamamos clara); todo metido adentro de una cáscara.

   Ahora bien, desde el punto de vista de la alimentación, el huevo ha ido presentándose de diferentes maneras. Así como está el huevo duro, o pasado por agua; también está el huevo escalfado, o poché; y los huevos al plato, y los dobles, y los hilados, y los revueltos. Siempre exquisitos y sin mayores sobresaltos. Recién después viene el huevo como uno de los componentes indispensables en recetas de cocina y de repostería internacional. 

   Claro que pendiendo sobre todos estos huevos, está el simbólico huevo de la esperanza, del mundo, de la novedad, de la vida que llega, de la resurrección, de lo positivo, de los siempre aguardado. Y el alusivo huevo de Colón. Y el sugestivo huevo de Pascua.

   Pero es en la literatura donde el huevo aún puede depararnos alguna sorpresa.

   En Tres cocineros y un huevo frito, narración típica de la imaginación de Macedonio Fernández (data de 1929 y apareció en el libro Continuación de la nada), el pensador relata lacónicamente una buena historia. Esa historia es la de un cliente de hotel que encarga a un mozo del restaurante un huevo frito de tales y tales características (no muy pasado, regular de sal y sin vinagre). El pedido, que ha derivado del mozo a un cocinero, inexplicablemente pasa de este a un segundo cocinero, quien, al momento de preparar el huevo, es requerido por su esposa, a quien acaban de robarle la cartera. El cocinero número 2 delega la responsabilidad del huevo a un tercer cocinero, con todas las aclaraciones del caso, y se retira con su mujer. El cocinero número 3 lo prepara.

   El huevo, ya listo, espera inútilmente la llegada del primer cocinero para ser llevado hasta la mesa del cliente que hizo el pedido. Ante la demora, se encarga al mensajero acercarle el pedido al mozo que lo solicitó, pero el mozo no se encuentra en el local. El huevo se marchita y degrada inexorablemente. Luego de un complicado cuestionario que abarca a todos los clientes del hotel, se da finalmente con aquel que había pedido el huevo frito. Éste lo saborea con lentitud y da su veredicto: se trata del huevo frito más delicioso que jamás haya probado en su vida.

   A partir de allí, el resto es previsible y tanto más vertiginoso. Se popularizan las bondades de la cocina del hotel; el jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios resuelve cambiar el antiguo nombre del establecimiento por el de "Hotel de los tres cocineros y un huevo frito", y se determina que a partir de ese momento cada huevo deberá ser preparado en parte por tres cocineros diferentes.

   La poca paciencia de Macedonio Fernández para las cuestiones literarias lo hace concluir abúlicamente el relato, dejando en injusto olvido, a mi parecer, la parte más jugosa del mismo. Tengo la casi seguridad que Arreola, Borges, Cortázar, Kafka e incluso el mismo Quevedo, confirmarían la barroca petulancia de mi aseveración. No todos los días tenemos la posibilidad de jugar con un material tan rico en posibilidades, ya que cada vez que alguien se sentara a una mesa de aquel bar de hotel a solicitar un huevo frito, debería ponerse en funcionamiento una larga y complicada acción que, si bien encarecería considerablemente el producto, haría un aporte inestimable a la gastronomía del mundo civilizado. Porque, en verdad, a cada huevo frito pedido correspondería la negligencia de un primer cocinero (que incluso no tendría por qué ser un cocinero con experiencia), el robo de su cartera a la esposa de un segundo cocinero (cosa que favorecería y hasta convertiría en digna una "profesión delictiva" que nunca lo fue), la entrada en escena de un tercer cocinero que al menos sepa cascar un huevo crudo y echar su contenido en una sartén con aceite hirviendo, la irresponsabilidad de un mozo que abandona su lugar de trabajo en horas de servicio (que tampoco tendría por qué ser un camarero profesional), la acción solícita de un mensajero (que tanto podría ser un investigador retirado como un principiante recién recibido), y finalmente la buena predisposición de un gourmet que se condicione a gustar de un plato que antes gustó a otros. La moda tendría mucho que ver en todo esto. La Secretaría de Turismo podría tomar cartas en el asunto e incluir la visita a este restaurante en su carta de sugerencias. Podrían recibirse tarjetas de crédito para el pago de ese manjar, filmarse cortos publicitarios, manchar la solapa de los parroquianos con una gota de huevo frito como souvenir, disertar sobre las bondades de un huevo preparado con minuciosa desidia.

   Pero lo que sería de temer es que el simple hecho de pedir un huevo frito en aquel comedor de hotel, determinaría automáticamente que alguien robe la cartera a una mujer desprevenida. Claro que si todo está legislado previamente, el robo no sería robo y (por ende) el huevo no sería huevo. En otras palabras, sólo se trataría de un simulacro de robo, pero, en condiciones así, el huevo terminaría teniendo sabor a plástico. Es que en el azar suele encontrarse muchas veces el encanto de la espontaneidad, que va a contrapelo con el placer de lo permitido. De no ser así, el resultado podría tornarse abominable, y (por un huevo; por un simple huevo) se habría roto el sutil equilibrio de las formas.

 

 

     ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes: Nació en San Juan, Argentina, en 1950 y actualmente reside  en la ciudad de  Tucumán. Ha publicado numerosos libros  de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985)En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (El Péndulo 13, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires, 1986), con la que obtuvo el Premio Más allá, concedido a la mejor novela de ciencia ficción publicada en Argentina durante 1986; Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994); Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, San Miguel de Tucumán, 1995),El ombligo de piedra (Libros del Hangar, Tucumán, 2000), Un erizo en el andamio (Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La Casa de té (Poesía, Ediciones en Danza, 2009). En esta su columna, publicamos los textos que conforman el libro El ombligo de piedra y que fueran publicados mensualmente entre diciembre de 1995 y junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción.