LA DIFÍCIL TAREA DE TRADUCIR

(Entrevista a Caroline Lepage*)

 

Tardes amarillas: Sabemos que la traducción literaria es una tarea difícil y que exige no solamente formación en idioma sino también en literatura. ¿Cómo vive usted la experiencia de traducir del español al francés?

 Caroline Lepage: Empezaré por confirmar que la traducción literaria es, como se afirma, una actividad extremadamente exigente que supone conocimientos precisos y una cierta experiencia – cosas que uno va adquiriendo tanto durante los estudios previstos a tal efecto como sobre la marcha, a lo largo de los años y de los textos, ya que cada autor supone un nuevo lenguaje y entonces hacer frente a nuevos desafíos para devolverle su identidad. Razón por la cual vivo la experiencia de la traducción del español al francés como una formación continua… donde lo esencial es el perfeccionamiento de mi comprensión como lectora, puesto que si todos sabemos leer, en el sentido de descifrar, el traductor lo hace con una agudeza particular. 

 

TA: ¿Traduce solamente narrativa o también otro tipo de textos como poesía o ensayo?

C.L.: No, traduzco únicamente ficción… Que es lo que más me gusta como lectora, como crítica literaria, como profesora y como traductora.

 

TA: Hay traductores que se atienen a la transcripción literal de los textos que traducen pero a veces, la misma no se compadece de lo que quiso decir el autor. En su caso: ¿Qué es más importante: el contenido de lo que traduce o la forma en que se dice el texto?

C.L.: Por comodidad, contestaría que las dos cosas, evidentemente, que son inseparables, y que es, precisamente, la capacidad de encontrar el equilibrio justo entre las dos lo que permite determinar la calidad de una traducción… pero ya sabemos que no es tan simple – más aún porque el traductor no puede escudarse en teorías y posiciones de principio; está confrontado a casos concretos y tiene que transigir. Lo que debe prevalecer, desde mi punto de vista, es el sentido… lo más amplio posible, es decir, la alquimia que hace que cierta manera de expresar las cosas esté puesta al servicio de la elaboración de una información, de una idea, de una tesis… Si uno conoce cuáles son los ingredientes de esta alquimia (tono, relación con el espacio, cierta manera de relatar el tiempo…), creo que la distinción entre contenido y forma se esfuma y que ya no hay que elegir entre una u otra, ni renunciar a una en perjuicio de la otra.

 

TA: ¿Cuándo y de qué manera descubrió su vocación por la traducción? ¿Hay alguna persona o algún hecho que haya influido de manera expresa?

C.L.: Un poco por casualidad, en realidad, si es que el azar interviene cuando de vocaciones se trata… En todo caso, me gusta verlo de ese modo. Estaba preparando las oposiciones de la Agrégation (título de catedrático por oposición) y teníamos que analizar desde una perspectiva lingüística la obra de teatro « Bajarse al moro », del dramaturgo español José Luis Alonso de Santos. Para dominar mejor el texto, junto a un compañero, decidimos traducirlo… El ejercicio me encantó y desde esa vez, ya no paré más. Es como un vicio. Traduzco todos los días durante varias horas, de distintas maneras, sola o con mis estudiantes, en clase o en mi blog, Tradabordo.

 

TA: ¿La tarea de traducir puede, con el tiempo, transformarse en algo rutinario? Lectures Dailleurs

 C.L.: Era el caso cuando trabajaba para editores convencionales… Luego de varias decenas de novelas traducidas, la práctica de la traducción ya no me resultaba tan atractiva porque tenía otras aspiraciones, en especial en cuanto al contenido. Me gustaban mucho las formas cortas, cuentos, microrrelatos…, pero dado que esta literatura tiene poca o casi ninguna cabida en Francia, donde se da prioridad a la novela, esto fue para mí un detonante: quise trabajar con otros textos y trabajarlos de otro modo, ya no en la soledad del traductor, sino en grupo, con colegas profesores o con estudiantes. Lo cual es sumamente estimulante y le da sentido a lo que hago. De esa forma, prometido, no tienen cabida la rutina ni el aburrimiento ni el cansancio. Pero, claro, esto supuso para mí un gran cambio: la traducción pasó a ser de una actividad profesional remunerada a una actividad profesional voluntaria. Traduzco para mí, para nosotros… en el caso del proyecto alternativo de difusión cultural: Lecture d’ailleurs, más de veinte antologías que reúnen a los ya pronto 600 autores de varios miles de textos, de casi todos los países de habla hispana.

 

TA: Se supone que en el proceso de edición de un libro traducido hay varios responsables: los editores, los correctores, y en definitiva quienes toman la decisión que son las editoriales propiamente dichas. ¿Qué responsabilidad le asigna a cada uno de ellos? ¿Pueden ser determinantes en el resultado final?

C.L.: En lo concerniente al editor, recordemos que es quien elige el texto – de allí la importancia de conocer, en el caso de la traducción, cómo hacen las editoriales para acceder a la literatura extranjera… Generalmente lo hacen a través de las grandes redes de difusión cultural, a saber los salones, los intercambios de informaciones entre profesionales ya bien instalados, etc.; lo cual al fin de cuentas, paradójicamente, puede resultar bastante restringido… ya que sólo un puñado de textos logra franquear las barreras y otros filtros que separan a los autores de esa gente. Al mismo tiempo se plantea el problema del criterio de selección: ¿A quién están dirigidos? ¿Textos que se vendieron bien en el país de origen? ¿Textos que corresponden a la idea que los lectores locales se hacen del país extranjero de donde procede el autor? ¿Textos cuya forma y “mensaje” están de moda? En fin, las cuestiones que se plantean tratándose de literatura a traducir son todavía más agudas y segmentadas que cuando se trata de literatura nacional. Esta exigencia está también ligada, no lo olvidemos, al costo de una traducción… Publicar literatura extranjera representa una inversión financiera de talla y el editor puede entonces querer curarse en salud publicando cosas que prevean un éxito garantizado. Se es  poco aventurero en este campo, en todo caso menos que en otros sectores.

En lo que al corrector se refiere, esto depende de la misión que se le haya confiado… Si por lo general su intervención es bienvenida, incluso, en ciertos casos, saludable – el traductor le está en deuda cuando « mejora » su trabajo – sucede también que los criterios y las categorías rígidas hagan que pase por alto ciertas preferencias del traductor, para quien la aplicación de normas y otras reglas no son siempre tan dogmáticas…, por ejemplo cuando se trata de reproducir un estilo, la naturaleza de la oralidad, etc. El estilo existe porque se infringen ciertas leyes.

 

TA: ¿Usted prefiere la traducción, por llamarle de alguna manera, personalizada o es partidaria de la traducción más profesionalizada?

C.L.: No estoy segura de haber entendido bien la pregunta… Así que contestaré intuitivamente diciendo que una traducción es por naturaleza siempre « personalizada »; es además por esta razón que se considera al traductor como al autor de la traducción. Si el hecho de « profesionalizar » supone la « despersonalización », entonces estamos frente a un problema… y mejor cambiar de colaborador, de editor en este caso.

 

TA: ¿Según su criterio, qué cualidades deberían estar presentes en un buen traductor? ¿ese traductor… tiene límites? ¿Tanto esas cualidades como esos límites tienen características relacionadas en exclusiva con la cuestión técnica o también hay un componente ético?

C.L.: Un buen traductor es alguien paciente, hay que retomar hasta diez veces una traducción, para estar seguro de haber evaluado todos los aspectos – lo cual puede resultar agotador cuando uno traduce novelas de varias centenas de páginas –, dedicado y poco interesado en el reconocimiento (si una traducción es buena, se estimará que es porque en principio el texto ya lo era, punto… Se juzgará que es normal.). ¿Si el traductor tiene límites? Sí, tiene que saber cuidarse de la peor herejía: apropiarse del texto y reescribirlo según sus propios criterios formales y estilísticos… Una verdad que no hay que olvidar, sobre todo cuando uno empieza a adquirir experiencia, un cierto manejo técnico, que, justamente, no debe prescindir de la dimensión ética. Si uno estima que un texto no está escrito como le gustaría que fuera, mejor rehusar traducirlo antes que someterlo a su propio molinillo, sólo porque uno estima que sabe cómo tendría que hablar en su propia lengua.

 

TA: ¿Alcanza una buena formación académica para trabajar con pericia en la traducción o son indispensables otros aditamentos? En su experiencia ¿La formación como traductora ha sido determinante para una buena traducción?

C.L.: Ya he contestado a esta pregunta en parte. Los prejuicios pretenden que basta con hablar una lengua con alguna facilidad para ser traductor; pero no es así. Efectivamente, presupone una formación sólida, a mi criterio… en todo caso para lograr hacer algo mejor que pasar simplemente un texto de una lengua a otra. Uno de los ingredientes esenciales de esta formación es el análisis textual. Cuando uno sabe cómo está conformado un texto, con sus puestas en juego micros y macros, presiente que también tiene que encontrar estrategias en su propia lengua para ser capaz de darle un molde en el cual recoger las voces, los ritmos… que conllevaban esas apuestas micros y macros. Saber lo que es, por poner un ejemplo, un narrador homodiegético, heterodiegético, autodiegético…, me parece indispensable, puesto que supone un cierto número de estrategias de parte del autor y como traductora, me debo de jugar al mismo juego… pues el lector debe ser confrontado a las mismas trampas, a los mismos indicios, etc., en suma, debe recibir el mismo texto y el mismo subtexto.

 

TA: ¿Los problemas que se le plantean con más frecuencia están relacionados con cuestiones de índole cultural o tienen que ver con el dominio técnico de la lengua, con el estilo y algunas otras variables?

C.L.: En español, el principal problema proviene de la diversidad lingüística… Hay tantas variantes posibles de léxico, etc. No se trata para nada de una información secundaria. En lo concerniente al estilo, es importante, pero es un tema que uno se plantea en el momento de lo que yo llamo la lectura de apropiación del texto. Si el traductor empieza por leer la obra como « simple » lector, para tener bien en mente la impresión que le causó al leerlo – no se olvidará de que al lector de la lengua de llegada deberá causarle la misma –, acto seguido, debe releerla como traductor… es decir, preocuparse por localizar todas las estrategias visibles e invisibles que construyen y mantienen la historia, porque luego tiene que encontrar los sistemas en su propia lengua para construir y sostener esa misma historia por medio de estrategias que no siempre son similares…

 

TA: ¿Qué representa para usted el acto de traducir? ¿Cómo se preparas para esa tarea?

C.L.: Veo la traducción como una transferencia cultural… y como una coparentalidad del texto. El autor le dio nacimiento y yo, como traductora, me encargo de enseñarle a hablar, a gritar, a respirar… en mi lengua para presentarlo a los lectores francófonos conservando su extrañeza. No debe dejar de provenir de un co-padre que no es francés. No debemos olvidar quién y de dónde es. Razón por la cual, por ejemplo, nunca traduzco los nombres. Para mí, es una inepcia. Hay entonces una preparación previa para cada nueva traducción que se tiene que hacer: para ser un co-padre atento y responsable, pero nunca abusivo y posesivo.

 

TA: ¿El oficio de traductor le lleva mucho tiempo? ¿Afecta su cotidianeidad de alguna manera?

C.L.: ¡Sí! Non sólo supone varias horas de trabajo por día, casi diría que es un sacerdocio… porque uno se consagra en cuerpo y en alma al texto y la tarea es infinita si uno desea hacerlo seriamente, sabiendo que después, en el mejor de los casos, el lector apenas si habrá leído el nombre del traductor casi sin pensarlo, o ni siquiera lo leerá.

 

TA: ¿Siempre son necesarias las notas del traductor?

C.L.: No hay que tener posiciones de principio, de teoría o incluso de religión sobre todas esas cuestiones « técnicas »; la experiencia nos enseña que en traducción no se pueden mantener, porque si bien son válidas para un texto dado, dos textos, tres textos… no lo serán para los siguientes. Lo de las notas, entonces, depende efectivamente de cada caso, pero deben manejarse con mesura y precaución. El traductor no es una muleta del autor, no es un exegeta, y las notas no deben servir para sostener, compensar, explicitar, simplificar el texto, su lectura y su interpretación… Mucho menos en la era de internet, en la que todas las dudas provenientes de lo que damos en llamar referencias culturales e históricas pueden ser fácilmente evacuadas. Del mismo modo en que no es necesario exponer las dificultades del traductor, develar la cocina interna en las notas…, como por ejemplo cuando el traductor explica la manera cómo resolvió tal o cual difícil problema de traducción, etc.

 

TA: ¿Algo más que quiera agregar?                              

C.L.: Nada, sino agradecer el interés por mi trabajo… Generalmente el traductor está como de incógnito, perdido en la neblina y no se preocupan mucho por él ni por sus tareas si no es para hacerle algún que otro reproche. Me gusta mucho la fórmula de García Márquez, « los pobres traductores buenos »… condenados a rezar para no crear revuelo, siendo el pasar desapercibidos, la mejor prueba de que han hecho bien su trabajo.

 

*Caroline Lepage:  Directrice du laboratoire en Centre de Recherches Latino-Américaines y Catedrático de Universidad en Université de Poitiers