2006-04-A                 

Ion o de la poesía

Guillermo Bustamante Zamudio

 

Sócrates era un hombre de palabras al viento. A Platón le tocó ser un hombre de letras. El discípulo padecía el filo de los enunciados que destilaba la sabiduría del maestro. Además, sabía que apegarse a ese padecimiento lo condenaba, a su vez, a hacerlo sufrir a nuevos. Pero ahora, entre uno y otro, estaba la escritura: una técnica acogida con recelo, pues haría perezosos a los hombres, que ya no aplicarían las ayudas de la mnemotecnia, que ahora pondrían en un objeto exterior, no en sus cabezas, las palabras importantes, los razonamientos justos, los versos conmovedores. Ese era otro mundo, pero ya no había cómo detenerlo. 

Así, el padecimiento de Platón ya no pasaría a otros a través del aire, sino a través de una superficie pautada. Para ello, recrea, en palabras escritas, los encuentros de voces. Inventa el diálogo, género nostálgico unido, en su modalidad y en su denominación, a la palabra viva… pero urdido en palabras disecadas. Otro aliento habría que insuflarle a este nuevo juego. Otra manera de representárselo tendría que advenir, porque sabido es que no soportamos un mundo inexplicado y que todo lo que tiene forma acicatea nuestra inclinación a elucubrar un contenido. Que el cosmos tenga cosas y que las cosas tengan sentido… ese es el nicho de los hombres, aunque siempre haya anomalía.

Entre tantas otras, Platón inventó una conversación entre Ion y Sócrates. Ion representa la época de la palabra hablada: es un rapsoda, conoce de memoria Odisea e Ilíada. No obstante, en un futuro, su asombrosa técnica será inútil; bastará con saber leer para equiparar a Ion frente a esas dos obras, incluso para sobrepasarlo pues, dotado con esta nueva técnica —más liviana, más fría, más fácil—, su portador podrá leer todos los libros, mientras que el rapsoda es especial porque puede recitar sólo unos cuantos. La obra ya no se llevará en el corazón (“de memoria” se dice en francés par cœr que, literalmente traduciría “por corazón”), sino que estará en una caja (théke): biblio-teca. No se le dedicará la vida a una obra o a un par de ellas —como el rapsoda—, sino que se podrá ser erudito, que etimológicamente es “quitar rudeza”, o sea, esa fatal idea en que ahora tenemos a la pedagogía, según la cual ella hace fácil lo difícil. Algo se gana y algo se pierde. La cantidad es la misma, la proporción es variable.

Pues bien, Ion viene de triunfar en los juegos de rapsodas, en el marco de las fiestas de Asclepio, que tienen lugar en Epidauro. Y no se toma el trabajo de ser humilde —como amaga Sócrates, al acuñar la frase que todo modesto lleva tatuada en la frente: sólo sé que nada sé—: «de todos los hombres, soy quien dice las cosas más hermosas sobre Homero». En consecuencia, Sócrates señala de entrada el semblante: los rapsodas van siempre adornados, se presentan lo más bellamente que pueden. ¿En correspondencia con su arte, como ensaya Sócrates, o en un intento vano de estar a su altura?

Después del semblante —que prospera a escala de lo visible—, Sócrates señala el vínculo: «los rapsodas necesitáis frecuentar a todos los buenos poetas». Ya no se ocupa del pueril intento por rozar con las yemas lo sublime, del ritual que sabe de la grandeza pero que, al resultarle inefable, atraviesa unos toscos emblemas. Más bien concurrimos a la escena social. Según sus palabras, a escala del vínculo humano, uno no hay: sin otro, no es. El poeta se define en el conjunto de los poetas. Sócrates calcula esta vía. Pero el narrador urdido por Platón interpone la vicisitud de un personaje (los actores se juzgan dotados de voluntad, pero ésta la tiene el que relata): Ion, experto en Homero, no se concentra, se adormece y no puede contribuir con algo digno cuando en su presencia se habla de otro poeta.

Entonces, Sócrates tampoco se va a ocupar del lazo —que atañe a la abstracción—, sino del padecimiento, de la imposibilidad del lazo que no se puede decir: Ion manifiesta querer saber qué significa eso que, siendo inalienablemente suyo, no obstante le resulta incomprensible. Hay malestar. Sócrates aventura: si la habilidad de Ion en relación con Homero consistiera en aplicar una técnica, tendría que ser capaz de hacerlo con cualquier otro poeta, pues tratan de idénticos asuntos. De tal manera, Ion no es bueno por manejar una técnica, sino porque una fuerza divina lo mueve. ¡Los dioses aparecen cuando se trata de entender lo que no anda! El poeta hará lo que le permite llevar ese nombre sólo a condición de «estar endiosado, demente y que no habite ya más en él la inteligencia». Un destino hará elegible al sujeto por la Musa y, entonces, no es él quien habla, sino ella a través de él. Igual con los coribantes y los profetas. «Cada uno es capaz de hacer bien aquello hacia lo que la Musa le dirige; uno compone ditirambos, otro loas, otro danzas, otro epopeyas, otro yambos. En las demás cosas, cada uno de ellos es incompetente. Porque no es gracias a una técnica por lo que son capaces de hablar así, sino por un poder divino». Curiosamente, la competencia se paga con incompetencia. Es la anomalía de la que hablábamos, una combinatoria específica de la cantidad constante, en la que no se puede anexar con signo positivo más que a condición de hacerlo también con signo negativo.

Por consiguiente, los poetas son intérpretes de los dioses (como el músico que lee una partitura). Y los rapsodas son intérpretes de los poetas, es decir, intérpretes de intérpretes. Una cadena que Sócrates asemeja a la cadena de anillos que se puede formar a partir de una piedra imantada: empieza con la divinidad (la piedra de Magnesia), sigue con el poeta (un anillo que se adhiere a la piedra magnética), continúa con el rapsoda (un anillo que se engancha al primer anillo, en la medida en que éste transmite la fuerza) y termina en el público, el último anillo en quien la conmoción de la fuerza se expresa mediante lágrimas o risas.

Pero, la inspiración del poeta y del rapsoda, ¿son de la misma intensidad?; y la de éste, ¿igual que la del público? Algo se desgasta en el camino, pues no todos son Homero, no todos son Ion. Y, para los que no son, se les puede dar —una vez en la vida— el cornezuelo de centeno, gracias al cual experimentarán un remedo de lo que es estar inspirado, entusiasmado (en - theós: en dios).

Como se ve, hemos tomado al pie de la letra salidas que en cierto momento se han dado a asuntos que todavía siguen ahí haciéndonos pregunta.