Tonio 3

           

 

 

 

 

 

         

UNA POÉTICA DE LA SOLEDAD Y LA MUERTE

Acerca de “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares.

Antonio Cruz

Hasta el año 2013 (creo que fue por abril, si la memoria no me falla) en que leí una nota en el diario El País, de España nunca había escuchado hablar de Julio Llamazares; en aquella oportunidad, leí los elogiosos conceptos que vertía el autor del artículo acerca de su novela “La lluvia amarilla” lo que despertó en mí el deseo de leer dicho libro. Como en las escasas librerías de Santiago no estaba en catálogo y traerlo a pedido resultaba demasiado oneroso para mis menguadas arcas ya que es un libro que se editó en España (no nos olvidemos que en Argentina los libros importados están gravados) hice una mini encuesta entre mis amigos escritores para ver si alguno lo tenía y me sorprendió saber que casi todos ellos nunca habían leído a Llamazares. No me quedó otra alternativa que olvidarme del asunto, cosa que no resultó fácil pues, esa lluvia amarilla, suena muy parecido a tardes amarillas y ya saben ustedes lo que representa eso para mí. 

Hace algunas semanas, en ese curioso espacio virtual llamado Facebook (¿me pagará Mark Zuckerberg por el chivo?) me crucé (como casi todos los días) con mi amigo Pablo Gonz (escriba español que vive en Chile y a quien afortunadamente conocí el año pasado) el que subió un post que hacía referencia al título que rondaba mi mente. Luego de una pequeña charla se ofreció con mucha amabilidad a traerme un ejemplar desde España cuando realizara su próximo viaje. Felizmente, no hizo falta; en un sitio de compras por Internet que he comenzado a visitar en los últimos meses encontré el libro y a un precio imbatible.

Pues bien… la lectura de “La lluvia amarilla” no me consumió demasiado tiempo; por lo contrario, no sé bien si, por la ansiedad que tenía por leerlo o porque la trama es sorprendente, lo terminé en una noche, una siesta y los espacios de viaje en colectivo desde casa al trabajo.

Si tomamos en cuenta que “La lluvia amarilla” vio la luz en 1988, hacer una reseña de un libro a más de veinticinco años de su edición parece una tarea al menos desafortunada pero me parece que pensar de esta manera no es justo. Primero porque muchos de nosotros no tenemos la culpa de que, por el motivo que sea, no podamos acceder a toda la literatura que nos gustaría leer, segundo porque toda buena literatura carece de edad y trasciende la temporalidad y finalmente (lo más importante) porque en casos como este, quien escribe acerca de un libro determinado, lo hace absolutamente alejado las opiniones de críticos, periodistas y opinólogos  que vierten sus opiniones en los periódicos, revistas, fanzines y hasta en la radio, la tele y la Internet, cuando un libro se edita y que, a veces de manera poco feliz, generan de alguna manera una moda o una tendencia en determinados períodos de tiempo; al fin y al cabo, esto de las modas abarca hasta los más nimios aspectos de la vida del hombre y por supuesto, el arte no escapa a sus designios. Digo, entonces, esta es una reseña surgida de la más profunda valoración acerca de una novela y tiene que ver solamente con las opiniones de un lector consuetudinarios, devenido en cuasi crítico por imperio de las circunstancias.

Concebida (creo yo y si no fuera así prefiero quedarme con esta idea) como una poiesis de la soledad,  “la lluvia…” se caracteriza, desde su primera oración por un lenguaje austero pero sin embargo profundo; podríamos decir sin equivocarnos demasiado que es un discurso lineal, alejado de la fragmentación paratáctica, fragmentación típica de los autores contemporáneos de Llamazares quienes adoran (o adoraban aquellos que ya no nos acompañan) experimentar de manera excesiva con la fórmula de trastocar sitios y espacios en un constante devenir entre el pasado, el presente y el futuro y entre locaciones diversas como ciudades o países lo que, como recurso estilístico, llegó a ser casi una constante en la escritura post “Boom latinoamericano”. En este momento se me vienen a la memoria dos nombres que usaron (y hasta abusaron a veces) de este recurso en sus novelas. Bolaño y Roncino. De paso, como imagino la infinidad de críticas que recibiré por parte de los devotos de estos misteriosos dioses que habitaban ese olimpo en el cual todos se sienten más allá de todo o, como decimos en Argentina “de vuelta de todo”, pido disculpas con anticipación por mi osadía de criticarlos y que al menos acepten que son solamente las opiniones de un viejo cuya única virtud es haber leído demasiado y haber aprendido a separar la paja del trigo (¿Será por eso de siempre voy a contracorriente de las modas?)

En todo caso, se me ocurre, la fragmentación, el caos lúcido, la subversión del lenguaje y el uso de recursos estilísticos sofisticados se prestan mejor para ser usados en el microrrelato o microcuento o como quieran llamarle ustedes. la-lluvia-amarilla

Volvamos a lo importante. Digo que, el discurso narrativo de “La lluvia…” es lineal y austero (lineal, aunque no desprecia el play-back sino que lo utiliza de manera sobria y en los lugares exactos, lo que le permite no fracturar la integridad del texto), digo lineal (casi secuencial diría), sencillo y que hasta puede ser casi previsible pero lo que nadie con un mínimo de conocimiento literario puede negar es que se trata de un lenguaje absolutamente poético usado de manera magistral. Reitero, es una prosa llena de poesía y poesía en su más puro estado. El empleo de la metáfora, de las figuras poéticas y hasta podría agregar un elemento indispensable en la poesía, el ritmo, recurso que, como todos sabemos se usa de manera frecuente, lo transforman en un discurso dotado de todos aquellos argumentos que usamos quienes escribimos poesía y que, de manera acertada, aparecen en esta novela desde el principio hasta el fin pero usadas de manera original y que no admite cuestionamientos.

De hecho, en una entrevista que le realizara el diario español El país, en abril de 2013 y que pude rescatar de Internet*, en ocasión del lanzamiento de su libro “Las lágrimas de San Lorenzo” el autor no deja ninguna duda acerca de su linaje poético. Es más, en un momento del diálogo con el periodista, afirma de manera contundente que «…para mí, la madre de toda mi literatura es… en concreto, mi primer libro de poemas». Entonces ¿Quién puede objetar el hecho de que esta novela tiene una poética  narrativa que, valga el perogrullo, está pergeñada y ejecutada por un poeta? En esta novela vive la poesía y es ella la fórmula mágica que atrapa y nos lleva a una lectura de corrido la que nos produce placer desde el momento mismo en que uno encara su lectura.

Pero sería mezquino de mi parte quedarme con algo absolutamente parcial y fragmentario (justamente yo, que vengo renegando de la parcialidad y la fragmentación). Hay un segundo elemento que no puede soslayarse: La soledad. Por curioso que pudiera parecer, uno de los temas más recurrentes en mi poesía y en mi narrativa es la soledad y, por supuesto he leído mucho acerca de ello y tengo la convicción más ferviente de que pocas veces he visto alguien que hable con tanta certitud y solvencia de tema tan espinoso como lo hace Llamazares en su “Lluvia”. Sin el ánimo de ser más papista que el papa (y espero que no se me malinterprete como una intención de autopromoción, cosa que, quienes me conocen saben está muy lejos de mí), no puedo evitar evocar la primera parte de un poema del año 2006 «No existe soledad / si no hay ausencia, / Puedo saberlo / porque he vivido soledades…» y he aquí que en este punto no puedo evitar una referencia de llamazares a la soledad: «Por eso el ejercicio de escribir es tan contradictorio: te exige soledad cuando tú lo que quieres es escapar de ella, puesto que escribes para comunicarte, y te requiere tiempo cuando tú lo que quieres es luchar contra el tiempo. En esa contradicción transcurre mi vida» Un solitario, reconoce a otro solitario en cada palabra que escribe, aunque nunca se hayan tomado un café  ni se hayan hecho confidencias.

Repito entonces, “La lluvia amarilla” es una novela de pura estirpe poética acerca de la soledad, la agonía, los fantasmas que comienzan a rodearnos cuando nos acercamos al inexorable fin que nos espera. Una novela que tiene bien ganada su fama y que, se me ocurre, debería haber sido más conocida por estas tierras de Dios y el diablo, aunque nunca es tarde cuando de leer se trata.

Apenas terminé con la lectura del libro tomé la firme decisión de expresar, de la manera más fiel posible, el impacto que me había provocado y todas aquellas cosas que uno puede decir para provocar interés y que ayuden a conocer mejor a un autor y su obra. De cualquier manera, tal como expresé al principio, el único riesgo que corro es parecer un poco antiguo y atrasado pero estoy seguro que no será tan así ya que he podido comprobar que para los argentinos en general (o al menos para quienes habitamos el norte del sur como dice mi amigo Reynaldo Castro o quizás de manera más precisa, entre mis amigos escritores), la obra de Llamazares ha pasado casi desapercibida; de allí mi íntimo anhelo de generar en aquellos que osen leer esta nota y que todavía no hayan descubierto a Llamazares, la necesidad de lectura y difusión de una novela que no tiene desperdicio y que juega en primera división.

* http://cultura.elpais.com/cultura/2013/04/15/actualidad/1366048385_162674.html