el ombligo de piedra

        

 EL OMBLIGO DE PIEDRA

(La columna de Rogelio Ramos Signes)

 

¿Qué cuento es ese del cuento?

  

La historia se le atribuye a Ibn Abd Rabbih y trata acerca de un joven difícil de contentar.

“Kardan cayó enfermo. Su tío le dijo:

- ¿Qué deseas comer?

- La cabeza de dos corderos..

- No hay.

- Entonces, las dos cabezas de un cordero.

- No hay.

- Entonces no quiero nada.” 

¿Quién puede resistirse a un relato breve y contado con simple maestría?

   El cuento (es decir: la narración, el relato literario; no el chiste, por supuesto, aunque pueda llegar a ser un cuento humorístico) es un texto que a veces encierra muchas complejidades pero a la vez una gran simpleza.

   En la antigüedad, y hasta fines de la Edad Media, el cuento sólo era la narración de una anécdota tradicional, lineal, directa, sin artificios. La naturaleza fáctica del cuento lo convertía en fantástico (si exponía hechos sobrenaturales pero presentados como situaciones reales: vidas de santos, proezas guerreras de personajes ya muertos, e historias milagrosas, principalmente) o bien en realista (si trataba sucesos creíbles, cotidianos, ya fueran maliciosos o dramáticos). Con el Decamerón de Giovanni Bocaccio y los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, en el siglo XIV, comienza a renovarse el género, aunque sólo en lo temático, agregándose picardía a la narración y una visión penetrante sobre los fenómenos sociales de la época. Los narradores del Siglo de Oro Español le acercan a todo esto una serie de inquietudes formales. Hacia mediados del siglo XIX, de la mano de Edgar Allan Poe (él hablaba de short story), nace lo que podríamos considerar el cuento moderno (anécdotas que dejan de respetar la idea aristotélica del relato, haciendo hincapié en la exploración psicológica, en lo sugerente más que en lo explícito, en la situación ambigua antes que en el hecho consumado). Rusos y franceses, en buena medida, hacen crecer notablemente las fronteras del cuento.

   De cualquier manera todavía hay mucha confusión al respecto. Hay quienes piensan que un relato breve es un cuento y que un relato extenso es una novela. Y en verdad no es así. El cuento puede ser breve o extenso, al igual que la novela. La intencionalidad de la narración es la que divide unas aguas de otras. Y, a riesgo de caer en otro tipo de simplismo, podría decir que el peso de la novela recae sobre sus personajes (pensemos en Don Quijote; en Eugenia Grandet; en el Lazarillo de Tormes; en el Julien Sorel de Rojo y Negro; en Robinson Crusoe; en Martín Fierro, que al fin de cuentas es una novela escrita en verso; en Madame Bovary; en el Gulliver de Jonathan Swift; en el Cándido de Voltaire), mientras que el peso del cuento descansa sobre la narración, sobre la historia contada (¿le interesa a alguien el nombre de los personajes de La gallina degolladade Horacio Quiroga? creo que no. Pero paralelamente, ¿alguien ha podido olvidar la escalofriante historia que allí se narra?).

   Es verdad que hay cuentos, nacidos de anécdotas sencillísimas, que han sido alargados con todo tipo de ripiospara hacerlos pasar por novelas. Es verdad también que hay novelas de poquísimas páginas, que un lector algo distraído podría confundir con un cuento. Pero también es cierto que existe un género intermedio (la nouvelle) que une lo principal de cada especialidad: el seguimiento obsesivo de los personajes, propio de la novela; y lo conciso de un argumento, que es atributo del cuento. Es notable que a nuestros mejores escritores, si bien frecuentaron también otro tipo de disciplinas con maestría envidiable, se los recuerde básicamente como cuentistas. Y me estoy refiriendo a Jorge Luis Borges, a Julio Cortázar y a Leopoldo Lugones.

   Si es por hablar de cuentos, los hay de todas las dimensiones, aunque unánimemente se considera a El dinosaurio, del guatemalteco Augusto Monterroso, como el cuento más breve que se conozca; sólo tiene siete palabras:

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

    Hay cuentos que son simples palimpsestos sobre antiguos relatos orientales; recreaciones, reescrituras. Hay cuentos que son sólo diálogo, como una obra de teatro escrita; o sólo narración, con diálogo contado y explicado. Hay cuentos que buscan deliberadamente formas no literarias para poder jugar con el absurdo, como éste de Guillaume Apollinaire:

“AGUARDIENTE PARA HABLAR BIEN

Berro (Spilanthus oleiacenus) florido y desbrozado en su tallo ... 125 g.

Alcohol a 33 grados .……………………………………………….…  500 g.

Macaroni .……………………………………………………….………. 10 g.

Agitar antes de usarlo, luego lavarse bien los pies con él.”

   Hay cuentos, como Tabú de Enrique Anderson Imbert, que coquetean con el absurdo, sin desvirtuarlo:

El Ángel de la guarda le susurró a Fabián, por detrás del hombro.

- ¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.

- ¿Zangolotino? -pregunta Fabián azorado-.

Y muere.”

   Haycuentos que apelan a pequeños artilugios de las artes gráficas, o de las matemáticas; cientificismos de todo tipo. Hay otros verdaderamente originales e inclasificables, como el titulado Fin, del estadounidense Fredric Brown.

“FIN

El profesor Jones trabajó en la teoría del tiempo durante muchos años. "Y he encontrado la ecuación clave -informó a su hija, un día-. El tiempo es un campo. Esta máquina que he hecho puede manipular, e incluso invertir, ese campo".

Oprimiendo un botón mientras hablaba prosiguió:

"Esto debe hacer correr el tiempo hacia hacia tiempo el correr hacer debe esto"

Prosiguió hablaba mientras botón un oprimiendo.

"Campo ese, invertir incluso e, manipular puede hecho he que máquina esta. Campo un es tiempo el -día un, hija su a informó- clave ecuación la encontrado he y".

Años muchos durante tiempo del teoría la en trabajó Jones profesor el.

FIN”

   Así como nadie tiene la última palabra sobre este punto (qué es cuento y qué no lo es) nadie puede defender tampoco la superioridad de cierto tipo de narración breve por sobre otras narraciones igualmente breves pero con méritos diferentes. En esto, como en todo, el gusto personal prima sobre la materia tratada, y ninguno es menos que nadie, y nadie es menos que alguien. Gustos son gustos, suele escucharse por ahí, y todos tendrán algo que decir al respecto, sin pretender contradecir por ello las teorizaciones académicas.

   El tipo de cuento que goza de mi preferencia es el que alude, sin decir; el que enuncia, sin explicitar; el que se desarrolla en dos planos diferentes, porque al tocarse levemente producen la explosión; el cuento que sugiere. Creo que el más alto ejemplo es Un día perfecto para el pez banana de J. D. Salinger, imposible de incluir en esta columna porque, a pesar de sus breves 19 páginas, es desmedidamente extenso. O bien Los pies por delante del español Max Aub (10 páginas) que juega con el dramatismo de las paradojas, aunque desde una óptica más tradicional. O el maravilloso tempo del cuento El perro que nunca existió y el anciano padre que tampoco del escritor valenciano Francisco Candel. O El guardagujas del mexicano Juan José Arreola. O la inocencia deliberada de El especialista de Charles Sale. O la tensión insoportable de El perjurio de la nieve de Adolfo Bioy Casares. O el transcurrir casi desganado (como si de un moderno extranjero de Camus se tratase) de Casablanca de Thomas Disch. ¿Para qué me habré puesto a citar ejemplos?

   Que el verbo contar y el sustantivo cuento tienen etimológicamente el mismo origen, es una verdad que parece sacada de Perogrullo; casi como afirmar que a todos nos fascina la idea de que alguien nos cuente algo, que nos mantenga interesados y entretenidos. ¿Será por eso que en cuestiones narrativas nunca está todo dicho, ni todo escrito?

   Corra entonces hasta su biblioteca, hurgue usted en los anaqueles y busque algo (un cuento, por ejemplo) que le haga disfrutar de su lectura durante la próxima hora. Invierta sesenta minutos de su tiempo en ese puro placer.

   No por simple, esta sugerencia dejará de ser un buen consejo.

 

 Rogelio Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna que hoy inauguramos en Tardes amarillas, pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción) y que fueron reunidos en el libro "El ombligo de piedra".