Claudio

                     

¿QUIÉN MUERDE A QUIÉN?

(Claudio Rojo Cesca)

 

El tema del vampiro en el cine es bastante antiguo, pero empezó a sumar relevancia con “Nosferatu” (1922), de F.W. Murnau, obra imprescindible del expresionismo alemán. Si bien la película es una adaptación de la novela “Drácula”, de Bram Stoker, por complicaciones legales, hubo que cambiar locaciones y nombres de personajes. El resultado es también una mutación en la morfología del monstruo, que pasó de ser un aristócrata refinado, con los insignes caninos anabolizados, a un ser de aspecto pérfido, con orejas puntiagudas, calvo (como un monje adorador del diablo), con afilados paletones  abriéndose camino por encima del labio inferior. 

Mariana Enríquez, periodista y novelista argentina, comentó en varias entrevistas el costado político de la novela de Stoker, y, por extensión, de la enorme caterva de adaptaciones al cine: el aristócrata, recluido en los confines de su fortaleza, se alimenta de la sangre de su pueblo empobrecido, moralmente doblegado por el horror.

Esta lectura enriquece el mito del vampiro, particularmente del vampiro vinculado a cierto estrato social, querellante del buen gusto, que no teme exhibir su poder ante seres que supone inferiores.

Muchos años después, una vez instalada la figura de Lugosi como el paradigma del vampiro draculiano, exótico y aberrante a la vez, Elías Merhige filmó “La Sombra del Vampiro”, donde se recrea una versión ficcionada del rodaje de Nosferatu. Según esta versión, Max Schreck no era un actor común y silvestre,  sino un vampiro real, de origen desconocido. El misterio del horror que todavía despierta la obra de Murnau estaría asociado a la naturaleza de su entidad. Nosferatu

Pero lo más interesante del filme no es ubicar en un registro paranormal el rodaje de una de las películas emblemáticas del siglo XX, sino ofrecer un análisis sobre la condición de la obra de arte como tal: el personaje de Murnau, un cineasta inescrupuloso, permite que Shreck opere su pulsión homicida para seguir filmando su película, lo que los norteamericanos llaman “Pet Project”, aquello que presenta una relación singular con su creador, y que demanda un fuerte compromiso de realización. En el caso de Muranu, culminar la obra lo conduce a un terreno oscuro, transpolando la vampirización de los cuerpos a un lugar problemático: ¿quién muerde a quién?

El monstruo aberrante, el aristócrata, el empecinado morador de la noche, tiene de su lado el mito literario y las antiguas leyendas que testimonian algo de su poder. El artista, en cambio, disimula mejor el precio que ha de pagar por la condición de su arte.