2006-04-A

      

Padres en Hamlet

(Guillermo Bustamante Z.)

 

No usar los registros verbales del texto (lectura muy frecuente), hará inagotable a Hamlet: siempre habrá una nueva razón que se lucre de la tragedia. Pero usarlos tampoco lo agota, pues si bien tales registros son finitos, las perspectivas consistentes, capaces de referirse a ella, forman un conjunto abierto. 

El padre es una entrada con indicios en la obra mencionada. Pero no en el sentido psicológico que hace depender la obra de las contingencias del autor (ejemplo: que fue escrita tras la muerte de su padre, quien había llamado “Hamnet” a un hijo), pues de ello no hay marca textual. Ese tipo de razones no faltan, pero carecemos de los puentes entre ellas y los registros verbales. Las razones que hayan pasado al texto, ahora forman parte de él.

¿“Padres”?, ¿en plural? Eso se concluye al ver la relación padre/hijo como no natural, como simbólica. Llevar en el vientre es distinto a ser nombrado: ¡Un rey tan bueno y noble!, […] / esposo tierno, / siempre tan cariñoso con mi madre / que nunca consintió que su mejilla / rozase crudo el soplo de los cielos […] / ¡Ay, era un hombre tan cabal en todo / que ya no espero ver su semejante! Y antes de ser informado sobre la aparición del fantasma, dice: Mi padre, pienso que a mi padre veo. Y Horacio, sorprendido: ¿Dónde, señor? Entonces, responde Hamlet: Aquí, en mi fantasía.

La palabra mata la cosa, decía Hegel. Padre idealizado, pasado por la palabra = padre muerto, espectro. El príncipe dice, a quienes hacen guardia y le han informado de la aparición: Fantasma haré del que estorbarme intente. Fantasma... “como mi padre”, podría agregar. Algo que parecía estar tramitado con éxito (el príncipe es un aventajado estudiante), se desanuda, dada la dimensión de lo que se le pide. Y no es que no cumpla, pues el joven declara oírte es mi deber. Además, el fantasma, al interpelarlo, lo pone en cierto lugar: menester sería / que lerdo fueras más que yerba crasa / que en paz arraiga en la letal orilla / si esto no te moviese. ¡Es menester que seas lerdo!... y después se preguntan por qué, teniendo razones y oportunidades, Hamlet no mata a Claudio. El padre le dio la clave para que aquello no lo moviera. La “locura” —lo lerdo— que sufre durante el drama, parece obedecer a esta consigna paterna, atado como está al deseo y al tiempo del otro.

El espectro explica su estado como efecto de sus crímenes y pecados. ¿Un hombre tan santo? Sí: creyó que su mujer era casta: su hermano rindió a su torpe / sensual deseo el gusto y albedrío / de mi esposa, al parecer tan casta. Y más adelante: en lecho celestial sintiendo hastío. Y luego: muerto en la misma flor de mis pecados (¡dormido!). No cabe duda de que el tipo no sabía qué hacer con esa mujer. Pero esto, dicho a un hijo, es obsceno: no en vano, los niños tienden a negar las relaciones sexuales que involucran a los padres, aunque las acepten en los demás.

Y, en la obra teatral que Hamlet orquesta en palacio, una reina dice al rey: de breve tiempo acá tu muerto brío, dolencia en ti me anuncia. Y él contesta: El peso de los años anonada / mis fuerzas y vigor; mas tú, querida / y honrada, gozarás de larga vida / en este mundo hermoso; / acaso entonces, tan amante esposo… Y ella interrumpe: ¿Yo hacerte tal agravio? / ¡Dios me maldiga, si otra vez me caso! Y precisa el rey: pero a menudo lo que el labio jura / quebranta luego el natural deseo. Poner eso en escena es la respuesta que el joven puede dar a la brusca afrenta del padre.

El viejo no quiere ver el tálamo real de Dinamarca convertido en nido de lujuria y torpe incesto. Algo desbordado en ese deseo lo asusta. Y transmite esto al hijo cuando le advierte: nada fragüe tu alma contra tu madre... que no obstante es, en el fondo, la acusada. El cielo la castigará. Resguardado por estas palabras, Hamlet no puede obrar contra Claudio.

Tras el primer encuentro con su hijo, el espectro le dice que no lo olvide; así, no asume la venganza sangrienta, sino el lema no olvidar (no dejar de pensar). Claudio no es el problema, sino un motivo para denostar a discreción, en proporción a lo que habría que hacer, pero que le está vedado.

Hamlet alcanza a conmover a su madre, pero, al reaparecer el espectro, vuelve a depender de él, de la impotencia paterna. Su amor a Ofelia está —advierte Laertes a su hermana— sujeto a su alto origen: el príncipe está subyugado al linaje paterno (incluso lleva su nombre), heredará la corona del hombre que ensanchó el reino con su espada e hizo reina a la que con él se desposó. Bajo la consigna paterna, queda impedido frente a la mujer; por eso, en su “locura”, humilla a Ofelia.

Para Hamlet, Polonio cree que ser padre es esgrimir una ley de palabras vacuas y por eso caerá bajo su espada: debe golpear algo distinto de la madre, va hacia la voz tras los tapices y, sin mirar, atraviesa a Polonio. Cuando dice por otro te tomé, de mayor rango, no cree que se trate de Claudio, pues acaba de dejarlo en la habitación contigua. El príncipe ensarta a quien repite lo que la madre dice: ¿Qué vas a hacer? ¿Quieres matarme acaso? ¡Favor! ¡Favor! Y Polonio: ¡Favor! ¡Por Dios, ayuda! El joven agrede esas palabras, y fulmina al padre para el que la ley sólo es hablar.

Hamlet se abre paso cuando habla con Gertrudis, intenta ir más allá, pero el espectro reaparece para evitar un exceso —pero no evitó el asesinato de Polonio — y lo regresa a “ser un lerdo”; por eso dice a la reina: “no hagas nada de cuanto te he dicho, déjale hacer y todo terminará en el catre, y entonces le contarás todo”. Armado con la insignia paterna (orden, decencia, pudor), Hamlet no encuentra su propio deseo, pues ha rechazado a Ofelia y queda abolido en el encuentro con el deseo materno que nada puede contener o cambiar.

Claudio se dirige a Hamlet como padre: deudo e hijo mío […] tienes en mí a un padre […] te trato con igual cariño que al hijo amado el padre más afecto […] cual mi primer valido, deudo e hijo. Pero cuando le dice: En Dinamarca sé cual yo mismo (que ha matado en pos de Gertrudis), Freud haría decir a Hamlet: “no puedo matar a Claudio, pues él realiza mi deseo: el asesinato del rey”. Así, el nuevo Edipo queda congelado.

Pero, como Claudio ha hecho de la madre de Hamlet la causa de su deseo, ocupa una posición muy importante para él. ¡Sería una de las caras del padre plural!Si el padre que domina el deseo materno no lo ocupa alguien, entonces lo ocupará un fantasma. El adoptivo encarna algo del padre real, en tanto compañero sexual de la madre.