JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO

     

 

 

Apuntes sobre Manuel Acuña, poeta y médico.

(José Manuel Ortiz Soto)

 

Morir jóvenes es para algunos artistas el camino más corto para alcanzar la cima de la inmortalidad. La inmortalidad puede ir precedida (o acompañada) de una obra sólida, donde la premura de la muerte más que ser el medio que catapulte al artista al estrellato, podría considerarse que nos priva de ver al “genio” consagrado, en la madurez plena. «Nada como morir jóvenes y esperar», dirán algunos, apostando todo a que juventud y muerte sean las bases sobre las que se sustente su legado, llámese éste música, literatura, pintura, actuación… Baste como ejemplo echar una mirada escueta al mundo del rock (y sus derivados): Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain, Amy Winehouse… El poeta Arthur Rimbaud (1854-1891) ocupa un lugar muy particular entre los artistas jóvenes consagrados. No porque su muerte haya sido del todo prematura (37 años), sino porque se inició como poeta hacia los ocho años y renunció a ello a los diecinueve. Una temporada en el Infierno y Las iluminaciones nos recuerdan que el joven Arthur Rimbaud no requirió, ni quiso, de más tiempo para instalarse cómodamente entre los grandes de la poesía universal. Libre de la curiosidad natural o interés académico, no sé si a alguien le apetecería  leer los poemas «de madurez» del mercader Rimbaud. 

A casi un siglo y medio de su muerte, a Manuel Acuña (1849-1873) no se le considera poeta de primera línea dentro de las letras mexicanas. Sin embargo, eso no impide que su “Nocturno” se incluya en cada nuevo libro antológico de poesía amorosa mexicana o de selecciones de poesía para declamar, tampoco que su nombre salte de pronto en conversaciones donde se conjuntan poesía y suicidas. Por extraño que parezca, en un mundo donde se transita de prisa, donde se adquiere, se consume y se desecha, y es muy poco lo que pervive, después de tantos años Manuel Acuña “es un fantasma que permanece en la memoria colectiva de los mexicanos del siglo XXI; casi todos saben que fue poeta o que murió amando a una mujer: Rosario” (Yanet Aguilar Sosa, periodista); algunos menos recuerdan que fue estudiante de medicina y muchos menos que, desde 1912, Ciudad Acuña, Coahuila, tiene ese nombre en su honor o que existe un Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española. Fue esta misma popularidad la que llevó al escritor y periodista César Güemes a sumergirse en archivos e la vida y obra de este médico poeta. El resultado de sus indagaciones es Cinco balas para Manuel Acuña (Alfaguara, 2009), novela de ficción en dos tiempos: en uno se recrean pasajes de la vida del poeta, mientras que en el otro se trata de descubrir si el joven estudiante de medicina en realidad se suicidó o fue asesinado, víctima de un complot. Se puede especular por qué Manuel Acuña es tan popular: porque se suicida y muere joven; porque crece alrededor de su “Nocturno” la leyenda de que éste fue su último poema, escrito antes de suicidarse, y que la causante de su muerte fue Rosario de la Peña, musa de poetas, etc. Sobre lo que no queda duda es Manuel Acuña continúa vivo en la memoria popular, que su breve vida hoy es leyenda, y que sus poemas “Nocturno” y “Ante un cadáver” hoy andan por ahí, gozando de vida propia. Aquí un fragmento “Nocturno”, dedicado a Rosario:

I

¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.

IV

Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.

        X

Esa era mi esperanza...
mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo
que existe entre los dos,
¡Adiós por la vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!

 

  MANUEL ACUÑA  Manuel Acuña nació en la ciudad de Saltillo, Coahuila en 1849. A los 14 años se traslada a la ciudad de México. Estudia el bachillerato en el Colegio de San Ildefonso. En 1868 ingresa a la Escuela de Medicina, entonces en el Antiguo Palacio de la Inquisición. Ahí, en una de sus habitaciones, el 6 de diciembre de 1873, se suicida con cianuro.