Rogelio Ramos Signes

 

 

 

Ingeniería del corazón

 

No todos mis caminos conducen a Roma.

Vientos huracanados
de más de cien desazones por hora
echaron abajo el mejor de mis puentes
(los vecinos más viejos cayeron al vacío).
Lluvias que suceden por debajo de los ojos,
algunos excesos -que fueron muchos-
y esa suerte que siempre está de espaldas
dañaron la carretera más pequeña
(mujeres empantanadas
terminaron desarmándose
en la boca humeante de los lobos).
Pero, aquí me ves
recostado a pesar de la prisa
aguardando la buena voluntad
de obreros que no conozco
y una pizca de miedo.

Dicen que en los caminos
que todavía conducen a Roma
hace mucho calor
y la gente discute sin motivos.

Aquí el frío por momentos es intolerable,
la tinta se cristaliza antes de llegar al papel
y algunas lenguas improvisan saludos.
Hasta donde pude averiguar
nadie sabe quién poda por las noches
el ligustro de los sueños.

El café está prohibido.

 

 Atardecer de invierno

 
"Me paro en la luz oscura de la calle oscura
y miro mi ventana. Yo nací allí."
Gregory Corso

Las luces de los modestos talleres
de corte y confección
ya se habían encendido
al costado de un canal de deshielo
que por Zonda y Marquesado bajaban del oeste.

Las luces de las melosas fábricas
de dulce de membrillo
ya se habían encendido
sobre el vapor de unas ollas enormes
con destino de cielo raso
y sin paradas intermedias.

Las luces de las carbonerías
ya se habían encendido
en la promesa de un calorcito que vendría después
con la merienda preparada por mamá
y el negro del carbón se haría rojo fuego
y el rojo se volvería incuestionablemente gris
y el gris, cosa que vuela.
"No soples de tan cerca
que hace mal a los ojos".
Las luces de una habitación
donde un niño miraba viejas estampas
coloreadas en imprentas que nunca conocería
ya se habían encendido.
De la simplicidad de la llama. De la pasión de la piedra.

 

La Casa de té

 

Raras veces el año llega sin ventarrones
a la casa de té que levantamos en este desierto.
La vida es apacible aquí:
algunas obligaciones y unos cuantos amigos.
Nunca falta un sapo en el pozo para purificar el agua
ni la indiscreción de una estrella
... sobre el árbol que cubre de hojas el patio.
Lao-Tsé (que así llamamos en la casa -por pura broma-
a este chino impredecible que inventa aforismos)
arrastra a las viejas damas del classic room
hacia el hechizo de nuestra repostería,
asegurándoles que en los hidratos de carbono
no están las puertas del infierno.
El señor Ezra Pound, que ha llorado
frente a las barbas de Allen Ginsberg
(y dicen que arrepentido) también estuvo con nosotros
en aquel otoño casi italiano del 69,
entre nenas a go-gó, que nada sabían de ese pobre hombre,
y una buena mousse de chocolate
batida por estas manos.
Aquí juraron no reincidir los traductores de Blake
y aquí murió de insalvable soledad
-con las tripas endurecidas por tanto y tanto té sin compañía-
el primer fotógrafo que pudo registrar
las trombas tubulares de la Isla Mauricio.
Nuestra clientela siempre fue el orgullo del establecimiento.
Cada taza lavada en esta vieja batea de bronce
debería contar su historia. Cada cuchara. Cada plato.
El desierto es como dicen los libros
y aquí difícilmente llueve,
eso sucede en las películas (a la noche, muy tarde)
o en siestas de verano, cuando el viento
dobla las palmeras hasta hacerlas besar el suelo.
Salvo el desmesurado mes de junio
(que a veces tiene más de treinta días)
y el muchacho de los libros (que llega sin avisar
cuando el chino y la señora Ruth están durmiendo)
todo es apacible y natural en este espejismo,
como la pálida flor del ciruelo
ruborizándose por la erección de los brotes,
como el engreído girasol de la huerta
que siempre amanece mirando hacia el Este,
como la arena que a veces cubre el tejado,
como el dominó de hueso, la pequeña biblioteca
y esa masa tan dulce llamada maamul.
Hoy no recuerdo si lo dijo Spender sentado a esta mesa
o si es fruto de la corrección que generan los años,
pero sé que esta casa de té sobrevivirá a través de los tiempos,
cuando todo duela
y la tarde se extienda hacia paisajes diferentes.
Nada (ni los aviones desintegrándose en la línea del horizonte)
es casual o caprichoso aquí:
las horas pasan y el ocio es lo que queda
rondando entre las tazas,
organizando carreras de sanjorges en maratones sin público,
enhebrando cordones montañosos
con margaritas deshojadas por el fuego,
distanciando el mundo en que vivimos
del mundo donde el hombre
no se permite imaginar siquiera una casa de té como esta.


Rogelio Ramos Signes: Nació en San Juan en 1950 y actualmente reside en la provincia de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa. Su obra ha sido difundida a través de numerosos medios en soporte tradicional y virtual. Debido a su trayectoria, se ha transformado en uno de los principales referentes de la literatura del noroeste argentino.

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