El ombligo de piedra

 

 

 

El ombligo de piedra
(la columna de Rogelio Ramos Signes)

 

Esposos ricos y amantes pobres

 

Hay una idea, generalizada y errónea, de imaginar al artista como sinónimo de bohemia y despreocupación. Mucha gente supone que los escritores, músicos y pintores, principalmente, y en menor medida los actores, son personas totalmente faltas de practicidad en lo que hace al desenvolvimiento cotidiano. Se llega a pensar que el artista tiene la cabeza en las nubes, que es "un lírico" que vive sumergido en su mundo exquisito, aunque el mundo real se esté viniendo abajo. De más está decir que se equivocan, no en todos los casos, pero sí casi siempre. El artista (y disculpen la obviedad) es un ser humano como cualquier otro, pero que ha desarrollado algún "lenguaje" diferente al corriente. Que algunos se crean ser "la voz del pueblo", es parte de su locura o una faceta de su inmodestia. El resto corre por cuenta de quienes no se detuvieron a pensar acerca de este tema, de quienes manejan y de quienes conducen los medios de difusión, del juego si se quiere entre tonto y divertido al que los propios artistas se prestan, y de la falta de educación a que nos fueron sometiendo todos los gobiernos. 


Por cada Gauguin o por cada van Gogh, que vivieron en la tristeza de una gran estrechez económica, hay un Picasso o un Chagall, que ganaron y guardaron fortunas descomunales que luego pasaron a manos de sus herederos, y no sé si a estos les interesaba demasiado el arte. Se dice que Shakespeare (que además de escribir, también actuaba, producía espectáculos y era dueño de dos teatros) ganaba el equivalente a un millón de dólares actuales al año, como Goethe o Molière o el mismo Racine, que en verdad vivieron como príncipes. Y por cada Rousseau pobre, y por cada Poe indigente, hubo un Dickens, torturado en su literatura pero riquísimo, y un Dumas multimillonario.
Se ha hablado hasta el cansancio de la miseria en la que vivió Haendel (el genial compositor de la Música Acuática) pero hoy se dice que dejó a sus descendientes cerca de 25 millones de dólares. Las fortunas de Beethoven y de Schiller, muchísimo más modestas, ascienden inclusive a cifras respetables; pero son pequeñas en relación a las de Wagner y de Verdi. Pero al momento de pensar en los recursos económicos de algún músico clásico de los grandes, sólo se piensa en Mozart, que en verdad perdió todo en el juego, víctima de sus propios vicios y falta de sensatez. Y, equivocadamente, se generaliza.
Se sabe que Rafael tenía un palacio en Roma, y Rubens otro en Steen, pero se prefiere pensar en Leonardo (referencia inevitable para cualquier invento de los últimos cinco siglos) que sobrevivió trabajando como cocinero; quedando como anécdotas repetidas hasta el hartazgo el hecho de que Emile Zola mantuviese a dos familias, Víctor Hugo a tres (la legítima y otras dos ilegales) y que Bach ganara como doce maestros de música al mismo tiempo. Claro que, paralelamente, no habría que olvidar a Honoré de Balzac escribiendo su inmortal Comedia Humana, verdadera radiografía del siglo XIX, sitiado por los acreedores y soñando con casarse con alguna princesa lituana para escapar a los acosos económicos.
Algunos escritores del "boom latinoamericano" han ganado verdaderas fortunas, como García Márquez y Vargas Llosa; y también algunos pintores contemporáneos, como Bacon y Dalí. Ni hablar de los músicos de rock, o de los actores de cine estadounidenses, que ya ganan cifras agresivas. Pero sucede que la reputación de la miseria, en estos terrenos, ha sido siempre un buen dato curricular. Los niños hambrientos de las obras de Dickens, azotados por malévolos ancianos enfermos de avaricia ¿pueden imaginarse surgidos de una pluma que, en verdad, trabajaba desde la opulencia, mimada inclusive por la holgazanería de la monarquía británica?
Pintores mendigando para comprar óleos o pinceles (pero felices), músicos componiendo y ejecutando en instrumentos prestados (en desgarrada alegría), escritores entregando su alma al diablo a cambio de una publicación miserable (satisfechos en el fondo), lúgubres artistas de toda laya desfilan por la ignorancia colectiva de sociedades como la nuestra; mientras el artista de verdad (con su insana y poco práctica costumbre de comer todos los días) contribuye a ese equívoco, mostrándose satisfecho con su miseria. Es que en un mundo de imbéciles, siempre el sinvergüenza es rey. Borges (sin dudas uno de nuestros mejores escritores de todos los tiempos) nunca pudo vivir con lo que recibía por derechos de autor. Conferencias, cursos y congresos en todo el mundo, ayudaron a equilibrar discretamente su economía. Un futbolista mediocre, pero bien promocionado y jugando en algún club grande, centuplica esos ingresos; para no mencionar a los políticos, mediocres en todos los casos y sólo promocionados de vez en cuando.
Y uno (que a esta altura de los acontecimientos ya ha sobrevivido a más de una inundación, a varios terremotos y a una cadena de incendios) se pregunta ¿qué música escuchan los mandatarios? ¿qué cosas suelen colgar de las paredes de sus múltiples casas? ¿qué libros leen? ¿leen? ¿saben leer? ¿alguno hace algo por proteger la cultura? ¿alguno mueve un dedo para que el pueblo tenga "acceso intelectual" a la obra de los creadores? ¿le interesa a alguien sacar de su error a la gente sobre tema alguno de los tantos que flotan sobre el planeta? Y en esto, al parecer, el saber popular aún tiene razón: las obras de arte seguirán teniendo a los ricos por esposos, y a los pobres por amantes. Las palabras de Somerset Maugham, desgraciadamente, cada vez tienen más peso: "el dinero es como un sexto sentido; sin él no se puede disfrutar de los otros cinco".
A nadie le gusta vivir en medio de privaciones; al artista tampoco. Si puedo escribir en el teclado de un procesador de textos ¿por qué debo conformarme haciéndolo a mano en el dorso de viejos formularios? ¿por qué debo tocar mi guitarra, y gratis, en un cumpleaños de 15 donde nadie me escucha? ¿por qué debo pintar en la parte de atrás de un cartón donde ya había una pintura anterior? ¿por qué tengo que componer una melodía sobre un teclado dibujado en una cartulina?
Ahora bien, si teniendo acceso a esa infraestructura (computadora, tela nueva o instrumento sofisticado) no puedo crear, no puedo producir, pensando en la indigencia de mi vecino, también artista; eso ya es solidaridad. Eso es militar en un antiguo modelo que también produjo obras inmortales. El resto es pura banalidad, modelos de la nada que los gobiernos se empeñan en auspiciar, hamburguesa predigerida, lifting, soldaditos de plástico, lentejuelas, políticos a la provenzal, tetas a la silicona, engendro ruin.

 

Rogelio Ramos Signes

Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna que hoy inauguramos en Tardes amarillas, pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción) y que fueron reunidos en el libro "El ombligo de piedra".