el ombligo de piedra

 

 

 

 

 

El ombligo de piedra

(La columna de Rogelio Ramos Signes)

 

 Acerca de flores, frutas y verduras

 

Ponernos colorados como un tomate cuando alguien nos sorprende en una falta, es una situación corriente. Saben mis amigos que si hay una verdura que detesto esa es el tomate, pero mi piel y mi lengua (metafóricamente) se valen de él cada vez que, sin querer, dejo al descubierto algún secreto. Le sucede a todos, pero no sé por qué recurrimos al tomate para redondear esa incómoda figura; si hay otros frutos igualmente colorados, y todavía más. El pimiento de Calahorra, por ejemplo, sería más adecuado para tal fin. Sin embargo lo reservamos para describir la nariz dilatada de un bebedor consuetudinario. "Tiene la nariz como un pimiento" escuchamos decir, y no nos quedan dudas al respecto. 


Dentro de la misma gama encontramos que las mejillas de un niño (generalmente sonrosadas) son como manzanas; y los españoles suelen hablar de mejillas como madroños, refiriéndose a casos idénticos.
Imaginemos: Es día domingo; nuestro personaje se ha despertado porque ya no tiene más sueño (no porque el reloj se lo impusiera) y se levanta de buen ánimo; se siente fresco como una lechuga. Mientras desayuna, lee las noticias en el diario. Como no ha nacido adentro de un repollo puede desbrozar, entre tantas palabras, la información falsa. Si fuese medio nabo creería todo lo que lee; pero él se siente un verdadero banana y no van a engañarlo tan fácil: está en el ajo de la cuestión. Sorbe el café lentamente y planifica cómo va a ser su tarde. Llamará a esa señorita, por la que tiene un camote de novela, y acordarán una cita. Aunque recuerda perfectamente que la última vez ella le dio calabazas; él no es rencoroso y no piensa hacerle la pera. Para impresionarla, pedirá prestado el automóvil a un amigo y así se anotará un poroto; sabe que sería fatal pasar a buscarla otra vez en esa batata que aquella vez terminó dejándolos a pie bajo la lluvia. Piensa en su boquita de cereza (es una historia cursi, decididamente), en sus ojos como almendras, en su aterciopelada piel de durazno y, como él no es un zapallo, imagina el desenlace. Es verdad que para algunas cosas es un poco lenteja (ya se lo han dicho sus allegados) pero a él eso le importa tres pepinos. Sabe perfectamente que ella no le facilitará las cosas; que no le hará el campo orégano, como quien dice; pero en esas condiciones todo tiene más pimienta y luego podrá disfrutar con mayor placer los laureles de la victoria. En su melón sólo hay una idea: "Esa breva será mía". Y arremete esperanzado.
Es un breve relato de llana coloquialidad (caprichoso, figurado) como un jingle, como el corto promocional de una película, como un catálogo, como la pizarra de una verdulería; pero está formado de modismos que usamos a diario. Los frutos de la tierra están presentes en nuestras conversaciones y el párrafo anterior no es una exageración (no olvidemos que en el tango Mano a mano Gardel dice veinte lunfardismos, y no por eso pierde credibilidad la canción).
Frutas y verduras son parte no sólo de nuestra dieta, sino también del lenguaje que usamos. Claro que la malicia, presente en todos los actos humanos, también encuentra su lugar en este uso verbal que hacemos de los vegetales. Es por ello que no creo que haga falta explicar las acepciones medio verdolagas, entre obscenas y desprejuiciadas, que hacemos de bananas, nabos, choclos y zanahorias, en una fálica y freudiana lectura de barrio; pomelos y melones, en honor a cierta exhuberancia femenina; y finalmente quinotos, higos y cocos, de uso extendido y por simple semejanza; sin hablar del nardo, reservado sólo (y no sé por qué) a las conversaciones de más baja estofa. ¿Será que las flores y otros frutos de la jardinería suponen un escalón inferior en nuestra estima? No lo creo.
Llama la atención, no obstante, el poco uso coloquial (es decir, de metáfora aplicada al habla cotidiana) que se le ha dado al nombre de las flores. Salvo rosa, azucena, hortensia, margarita, violeta, lila y camelia, usadas como nombres propios; las flores son de uso verbal muy reducido. Tal vez sea una cuestión de modas (ya sabemos que el lenguaje va y viene en altas mareas y bajamares constantes) y quién podría asegurarnos que en algún momento no dejará de decirse "mas tonto que el perejil" para decirse "más bobo que un geranio" o algo así. Todo es posible. No olvidemos que los ventiladores de techo fueron inventados para dar calor; pero como todo cambia (inclusive el uso que le damos a las cosas) hoy nos sentamos al alcance benéfico de sus aspas para refrescarnos. Sin embargo, dudo que alguna vez escuchemos algo como "más colorado que una dalia". Tampoco me imagino diciendo que alguien está "más fresco que una ipomea". Pero ¿quién sabe?
Aunque parezca más tétrico que una cala, las flores simbolizan (evocan, sería la palabra correcta) la triste unión de la belleza con la fugacidad. Quevedo se pregunta en una poesía:

"¿De qué sirve presumir
rosal, de buen parecer
si aún no acabas de nacer
cuando empiezas a morir?."

A la vez, paradójicamente, hay quienes ven en una rosa granate la idea de la inmortalidad.
Las flores; que tenían en Flora a su diosa romana, y en Cloris a su ninfa griega; están también en el budismo, sostenidas en la mano de la diosa que va a parir. La simbología, a partir de su color, es sumamente simple: amarillas, las solares; rojas, las pasionales; y azules, las que persiguen un imposible.
Pero como en este mundo ya se ha sistematizado todo; la significación ha terminado trascendiendo al color, para centrarse en lo específico de cada flor. Así es que la anémona es sinónimo de "perseverancia"; la begonia, de "cordialidad"; la menta, de "memoria"; la gardenia, de "sinceridad" y la dalia, de "reconocimiento". Todo es bueno. Todo está bien. Si no hubo un florista, o al menos el dueño de un vivero, detrás de esto, que me cuelguen. Sólo el narciso (¡hombre tenía que ser!) vino a dar la nota discordante, simbolizando "vanidad y egoísmo".
Si no fuera por la "alegría del corazón" que supone cada jacinto, los hombres estaríamos eternamente condenados en este amplio y perfumado jardín del mundo, donde las flores (como tiene que ser) siempre son femeninas.

(El ombligo de piedra, Libros del Hangar, Tucumán, 2000)

 

 

Rogelio Ramos Signes  Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna que hoy inauguramos en Tardes amarillas, pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción) y que fueron reunidos en el libro "El ombligo de piedra".