CLAUDIO ROJO CESCA N

         

              LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS

Por Claudio Rojo Cesca*
Especial para Tardes Amarillas

 

El Babadook, la joya minimalista del cine de terror contemporáneo, se introduce en una tradición cinematográfica con ADN Hitchcockiano.

 (Aviso: se revelan datos de la trama de las películas El Babadook, Sexto Sentido, Los Otros y Psicosis)


HP Lovecraft escribió que la emoción más antigua y universal del ser humano es el miedo a lo desconocido. Y si bien su obra apuesta a la materialidad de esa premisa, una anatomía incognoscible, algo que está y no está, como el tiempo mismo, un área cinematográfica vinculada al horror nos propone algo bien distinto. 


Con el estreno de El Babadook (2014) la crítica volvió a ensalzarse, como suele hacer cada tantos años, con una obra de género que estima vibrante y cautivadora. La película cuenta la travesía de una familia monoparental, madre e hijo, en una vieja casa del sur de Australia. El nene lee un libro donde El Babadook, una especie de Cuco, acecha la escena familiar. Con el tiempo, el nene comienza a relatar episodios concretos del texto como si fueran sucesos reales, cosa que desgasta la impresión de realidad de los personajes. Entramos a un terreno conocido: el borde inexacto entre la ficción y lo cotidiano, donde interviene Lo Siniestro.
Más allá del acierto artístico de una obra como ésta (ojo al charqui: hay que verla para apreciar la destreza que Jennifer Kent, su directora, pone en juego), hay dos temas recurrentes en El Babadook. Por un lado, un niño en pleno circuito de acting, invocando un deseo morigerado y protector ante la amenaza sobrenatural. Es decir, niños malditos como subject matter del cine occidental.
Una afirmación antes de seguir: en el cine Made in Hollywood ver a un niño en peligro nos angustia. También existe su revés ladoscuro: un niño que CAUSA peligro, nos espanta.
El segundo tema, casi por contigüidad, es "las madres". Dicho en plural, estas madres siniestras son, desde que Hitchcock dirigiera Psicosis, la puesta en escena del horror a la abolición de la cultura. Si entendemos, me refiero, a que en el seno de la cultura reside el germen de lo expansivo en términos de producción y reproducción. Lo que es decir: hay cultura porque hay proyecto cultural, porque hay nacimiento y expansión, porque los humanos nos propagamos como cultura, como garantía de la pervivencia de lo cultural. De eso trata "Niños del hombre", dirigida por Alfonso Cuarón, del desmoronamiento del proyecto humano frente al cese abrupto e inexplicable de los nacimientos.
¿Qué hay entre Norman Bates y la posibilidad afincarse en algo llamado "la vida"? Una madre que ama demasiado. Que ama hasta el horror, y se realiza con ese hijo, como se realiza en su propio cuerpo. Un hijo paja, apéndice del autoerotismo, que no puede desear por fuera de ella-madre. Spoiler alert: ¿Por qué no muere "Madre" (nombramiento de uno de los seres más absolutos del cine) cuando efectivamente muere? Porque Norman Bates es la continuidad de ese cuerpo vivo. Vivo en tanto órgano e intención. A pura sombra, tal como se ve en la escena de la ducha, donde Janet Leigh es finalmente penetrada de la única forma posible. foto nota Claudio
El Babadook plantea una cuestión similar: la mutilación de una vida posible. Sólo que en este caso, el universo materno ofrece más aire, por lo menos buena parte del metraje. ¿Qué es el Babadook? Se puede cortar mucha tela al respecto, pero es difícil no pensar que el cuco transporta algo del inacceso de lo paterno, de retorno espantoso de algo que sólo el goce pleno garantiza. ¿Alguien se acuerda lo que pasaba en "Los Otros"? Spoiler alert de nuevo: Nicole Kidman, una madre incapaz de aceptar la pérdida de su partenaire, mata a sus hijos, condenándolos para siempre al reino de los fantasmas. Este detalle es lo que diferencia a Los Otros (de Alejandro Amenábar) de Sexto sentido: en la segunda, la revelación del final, el archiconocido plot twist que muestra al protagonista como lo que fue en todo momento, un fantasma, es apenas una trampa, un juego. Tiene un valor lúdico, lo que no es malo, pero desconoce del espesor dramático que corona a Los Otros: detrás del crimen aberrante, había un motor brutal, el del goce materno, sin restricción y sin velo.
Dicho esto, quiero aclarar: se puede disfrutar de El Babadook como lo que esencialmente es. Una película de terror, que da miedo y opera desde la construcción de climas ominosos. Y también está lo otro, el plus, su coyuntura con una cosmovisión de lo materno como algo susceptible de aberrar. No hay aquí un incognoscible lovecratiano, sino, por el contrario, una hipérbole de lo certero, lo famliar, lo excesivamente próximo.