el ombligo de piedra

                   

 

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 Lo que no se entiende y lo que no se sabe

La historia de la literatura (que es parte "demasiado escrita" de la historia del mundo) como es de esperar, está repleta de gente que escribía, de gente que escribe y de algunos que por un tiempo más seguirán escribiendo. Hay en ella escritores magníficos, gente que verdaderamente conocía su oficio y que produjo una obra impecable. Pero ¿cuántos de ellos midieron el alcance del arma de que disponían, como una prolongación de su cerebro, de su corazón y de sus manos? Puesto a hacer memoria reconozco que son muy pocos los nombres que concuerdan en un todo con su literatura; como el calamar con su tinta.

Pienso en Quevedo, pienso en Sarmiento, pienso en Voltaire y, a pesar de haberle dedicado buena parte de mi vida a la literatura, si quiero agregar algún nombre deberé recurrir a mi biblioteca, a mis apuntes, a la memoria de los demás. Así y todo, no sé si conseguiré otros nombres donde se dé la verdadera simbiosis.

Voltaire (en realidad: François-Marie Arouet) nació en París en 1694, y falleció a los 84 años. Visto con frialdad fue un racionalista práctico que dejó una extensa obra literaria: tragedias, textos historiográficos, novelas filosóficas, escritos de divulgación científica, periodismo de combate, narraciones alegóricas y hasta poesía. Educado por los jesuitas, vivió en permanente conflicto con las autoridades. Encarcelado dos veces en La Bastilla, exiliado en Inglaterra, u oculto en Suiza bajo la protección de Madame de Châtelet, vivió su vida como una constante lucha contra la injusticia y el oscurantismo, y el arma que siempre usó fue la literatura. El filo mortal de sus Cartas Filosóficas no dejó institución en pie.
De entre la multitud de libros que escribió Voltaire, es Cándido (o el optimismo) el que ha tenido mayor predicamento durante estos últimos dos siglos. El relato describe la desilusión de Cándido por el optimismo filosófico de Leibniz que pregona su preceptor, el doctor Pangloss. Mientras deambula, al mejor estilo de las novelas de la época, por un sinfín de aventuras horribles, Cándido intenta hacernos olvidar de la metafísica, proponiéndonos preocuparnos por las cosas pequeñas que hacen a la vida. Aquello de que "todo es para bien en el mejor de los mundos posibles" es un exceso de credulidad al que Voltaire no suscribe.
En su novela Micromegas (mezcla magistral de ciencia ficción, escepticismo y dolorosa filosofía de la vida) Voltaire se ríe de la vanidad de los empeños humanos. La intolerancia del clero, de los absolutistas y de los fanáticos, consigue su certero dardo en cada texto de Voltaire, uno de los autores más odiados de todos los tiempos.
Como casi siempre sucede, no son los libros preferidos del autor los que le dan inmortalidad; así es como las Tragedias (Zaira y Mérope, entre otras) en las que Voltaire había puesto todo su amor, empeño y esperanzas, no han sobrevivido al desgaste del tiempo. Sin embargo Cándido y las Cartas Filosóficas, que para él eran textos menores (simple literatura de choque) le han dado la estatura que su ingenio y valentía merecen. Este también sería el caso de Cervantes con sus Novelas Ejemplares (él confiaba en ellas, pero fue su no demasiado querido Don Quijote el que lo eternizó) o el de Poe con su envejecido e inocente ensayo Eureka (pensaba que nunca nadie escribiría un libro como aquel, sin embargo la posteridad rescató sus cuentos y el poema El Cuervo).
Se sabe que a pesar de su malicia, Voltaire era un ser humanitario y generoso, luchador incansable por la libertad de los individuos y contra la opresión oscurantista ("Estoy en completo desacuerdo con tus ideas -escribió-, pero daría gustoso mi vida por defender tu derecho a expresarlas"). Visto a la distancia podría atacársele por sus ideas liberales, pero si pensamos que su liberalismo es del siglo XVIII y que se opone al absolutismo imperante, Voltaire configura un espíritu revolucionario, precursor de la Revolución Francesa (el Sarmiento liberal del siglo XIX, enfrentado al feudalismo terrateniente ¿no sería un caso afín?).
Deísta confeso, Voltaire rechazó con vehemencia al cristianismo institucional, prestigió con su labor la tarea del escritor, y personificó como ninguno al "Siglo de las Luces". Su estilo, conciso y a la vez elegante, es de permanente actualidad, aunque algunos de los puntos que le preocupaban ya hayan quedado como rastros históricos.
Ningún tema de su época le fue ajeno. Refiriéndose a la separación por adulterio, decía "Un soberano puede abdicar a la corona ¿y sin permiso del Papa no podrá abdicar de su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan tan absurda esclavitud?" y como ya había logrado enfrentarse nuevamente con la intransigencia de la Iglesia, continuaba "convengo en que los sacerdotes y los frailes renuncien a las mujeres. Cometen un atentado contra la población, y es una desgracia para ellos; pero merecen esa desgracia, porque ellos mismos se la proporcionan. Son víctimas de los Papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia y sin patria, que viven únicamente para la Iglesia; pero yo, que soy magistrado, que sirvo al estado todo el día, necesito una mujer por la noche; y la Iglesia no está facultada para privarme de un bien que Dios me concede. Dependo de un sacerdote que vive en Roma; si ese sacerdote posee el bárbaro poder de privarse de una mujer, que él me convierta en eunuco y cantaré el miserere en su capilla". Y, como era un escritor variado e imaginativo, atribuía estas declaraciones a un magistrado ¿para hacerlas más creíbles?
Lo cierto es que Voltaire (como Sarmiento, como Quevedo, insisto, como Borges, como Lichtenberg) fue un enciclopedista y eso lo "autorizó" para escribir, y muy bien, sobre todo. En épocas como ésta, donde los especialistas han terminado por burrizar (permítaseme el neologismo) nuestra conversación, hasta el punto de sólo poder hablar de nuestro trabajo y, a lo sumo, de algún hobby casi siempre oculto; leer a un verdadero enciclopedista, con opinión propia, no deja de ser una fiesta.
Por supuesto que el enciclopedismo aplicado a la escuela es una antigüedad y ha llenado de información inútil las disciplinas de nuestra enseñanza; pero como literatura, como curiosidad personal, como entretenimiento en definitiva, ha contribuido a generar páginas memorables. Al ejemplo de Voltaire escribiendo sobre la prohibición de mujeres a los hombres de la Iglesia, pueden agregársele sus breves y brillantes textos sobre el amor propio, por ejemplo; sobre democracia, desfloración y dinero; o sobre fanatismo, abusos y milagros. La sátira y la claridad de conceptos están en cada una de sus páginas. En cierto sentido su literatura es un castigo para quienes hablan sin saber y actúan sin razonar.
El diálogo corresponde al capítulo VII de Micromegas:
"— El alma es una entelequia, una razón en virtud de la cual tiene la potencia de ser lo que es; así lo dice expresamente Aristóteles, página 633 de la edición del Louvre: Entelexeia est, etc.
— No entiendo el griego -dijo el gigante-.
— Ni yo tampoco -respondió el orador filosófico-.
— ¿Pues para qué citáis entonces a ese Aristóteles en griego? -replicó el sirio-.
— Porque lo que no se entiende -repuso el sabio- debe citarse en lengua que no se sabe."
El día que este tipo de sarcasmos pierda vigencia, el mundo (definitivamente) será otro.

 

 

ROGELIO RAMOS SIGNES Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna que hoy inauguramos en Tardes amarillas, pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción) y que fueron reunidos en el libro "El ombligo de piedra".