el ombligo de piedra

 

      EL OMBLIGO DE PIEDRA


La columna de Rogelio Ramos Signes

 

Citas de amor y de odio

 

Los hombres, circunstancialmente solteros y que aspiren a despertar pasiones durante un viaje, deberían saber que las mujeres se deciden sólo en el último minuto. Lo mirarán provocadoramente durante la cena en ese restaurante al costado de la ruta; le preguntarán en qué punto del planeta se encuentran; le pedirán prestada una revista para las interminables horas de la noche; le acercarán sus enseres; le convidarán caramelos, galletitas, todo tipo de vituallas para el camino. A último momento, en la última estación en la que desciendan, intercambiarán direcciones y teléfonos. A las mujeres les gusta recibir cartas. Si usted continúa el viaje, fabulará con ellas. Si ellas continúan su viaje y usted es quien se queda, también fabulará con posibles situaciones. Ellas, en cambio, sólo recordarán que usted existe cuando el cartero les acerque su primer mensaje. 


Esto no debe desmoralizar al hombre circunstancialmente soltero que realiza un viaje; son diferentes maneras de actuar, y eso es lo bueno ¡lo opuesto de los sexos! Muchos grandes amores comenzaron así y la literatura da cuenta de ello. Pienso ahora en un relato de Horacio Quiroga, en otro de Guy de Maupassant, en alguno de Anton Chejov, en ciertas páginas de Gustave Flaubert y en muchas de Stendhal.
La gente se enamora en los viajes. Aunque no se lo proponga, está propensa a dejarse llevar en la marea de esas contingencias. Es algo así como los amores nacidos en vacaciones. Son la distancia y las dificultades las que hacen memorables y distintos esos romances. Dos personas que en la ciudad, o en un círculo de amigos, tal vez no habrían reparado entre sí, pueden llegar a enamorarse perdidamente por el solo hecho de coincidir en un lugar durante las vacaciones. Luego viene la parte literaria de la cuestión: mucha soledad a pesar de tanta compañía, un acantilado semi desierto con los primeros días fríos, las heridas de un amor anterior que no terminan de cicatrizar. En fin. Con los amores de viaje (en ómnibus principalmente, ya que el avión no ayuda con los tiempos), sucede algo parecido.
Pero no importa tanto el comienzo, que puede ser fortuito, sino la continuidad. Ya se encargarán, cada uno por su lado o en impensada connivencia, de crear una leyenda en torno a ese comienzo, donde no faltará lo jocoso, incluso lo ridículo, y todo un amor como para llenar páginas y páginas, o metros y metros de película, u horas y horas de recuerdos.
El tiempo y el desengaño se permitirán, con su sarcasmo y con su impiedad, de poner en palabras el fruto de alguna desazón que, desgraciadamente, suele ser lo más ingenioso de estas situaciones.
Si nos atenemos al dicho que asegura que "el hombre ama poco y frecuentemente, y la mujer mucho pero rara vez", la diferencia de los sexos está salvada; y la frase, aunque no sea del todo veraz, configura un hallazgo.
Madame Staël, desilusionada y pesimista, dice que "el amor es la historia de la vida de las mujeres y un episodio de la vida de los hombres". Emily Dickinson, resignada, reconoce que "todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay", y Colette, infaltable a la hora de citar, juega con los opuestos del amor y enuncia que "cuando se es amado, no se duda de nada; pero cuando se ama, se duda de todo".
El amor tal vez sea el tema sobre el que más se ha escrito, más que sobre la paz, la juventud, la política, el arte o la soledad. El amor también ha sido tratado literariamente más veces que la amistad, aunque en algunos casos, como en aquella famosa frase de George Sand (a la postre Aurore Dupin) los dos temas se han unido magistralmente: "el amor sin admiración sólo es amistad".
En realidad se trata de temas universales. Salvo Lao Tsé, que vivió en el vientre de su madre hasta los 64 años, todos hemos sido jóvenes; todos, aunque no nos demos cuenta, gozamos estética o espiritualmente con cierto tipo de arte; todos hemos tenido algún amigo, aunque fuese imaginario y en nuestra infancia; salvo algunas belicosos amantes de las armas (uniformados o no) todos ansiamos la paz; todos, aunque nos cueste aceptarlo, tenemos una actitud política ante la vida, en nuestras relaciones laborales o familiares, en el manejo de nuestros intereses o de nuestra imagen; todos, aunque a veces la busquemos, hemos sufrido la soledad, la insoportable soledad en compañía, o lo que fuere; y todos también alguna vez hemos sido tocados por el amor, unos más, otros menos, es verdad, pero de alguna manera todos hemos ejercido ese derecho.
El amor, que nos ha tenido como militantes activos o como simples colgadores de una frase que lo nombra sobre una pared de la oficina, no nos es ajeno. Es el tema menos ajeno al ser humano y, paradójicamente, puede convivir con el odio. "Ódiame, por piedad yo te lo pido" dice Rafael Otero en un vals peruano de los años '50 que contrapone los sentimientos de amor e indiferencia como irreconciliables; no así los sentimientos de amor y de odio. "Si tú me odias, quedaré yo convencido de que me amaste" deduce el autor, hasta que llega a una conclusión que lleva el peso de toda la letra, y ésta es que "tan sólo se odia lo querido". En cambio La Rochefoucault, amargamente sarcástico, sentencia que "cuanto más se ama a una mujer, más cerca se está de odiarla", y Henry Longfellow, influenciado por el romanticismo alemán, reconoce que "después del amor, lo más dulce es el odio".
A pesar de todo eso, creo que lo único que debería preocuparnos es el primer enunciado de esta fórmula: el amor. El otro, el odio, es una "equisitez" que está más cerca del exabrupto artístico que de la realidad. Sabido es que, gracias a Dios, todavía hay más gente buena que mala en el mundo. Y no es que los malos odien y los buenos amen (sería una simpleza viciada de falsedad) sino que los malos generan odio.
Por eso (hombre circunstancialmente soltero que aspiras a despertar pasiones durante un viaje, o cuando sea o donde fuere) si quieres valerte de alguna de las citas que encierra este texto como método de seducción, adelante. Eso sí, nunca caigas en aquello de "¿qué hace sola una chica tan linda?" o "tu forma de ser me recuerda a..." o bien "algo me dice que me estoy enamorando" y nunca, por favor, "una buena amiga me dijo que no tengo remedio; me golpeo, me golpeo, y no aprendo". ¿Por qué siempre tienes que hablarle de una amiga (inexistente, por otro lado) a la mujer que quieres seducir? ¿Por qué no le atribuyes esa obviedad a un amigo, por ejemplo? Indudablemente son métodos que caducan con la adolescencia; como la frase de Pascal, mil veces plagiada y peor reproducida "El corazón tiene sus razones, que la razón desconoce". No, por favor. Mujer que sucumba a esa frase, a esta altura de la historia, es mujer en estado de hibernación. Galán que la repita, en abierto plan de seducción, es galán al que, para decirlo con una metáfora harto popular, "le falta media hora de horno".
Lo que sí deberías tener en cuenta (hombre circunstancialmente soltero que aspiras despertar pasiones durante un viaje, y que, por añadidura, deberías hacer feliz y desear lo mejor a quien te ame) es esa frase de la novelista austríaca Vicki Baum que dice "una mujer que es amada, siempre tiene éxito".

 

  ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna que hoy inauguramos en Tardes amarillas, pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción) y que fueron reunidos en el libro "El ombligo de piedra".