CON DIANA BELÁUSTEGUI EL MICRORRELATO SE VISTE DE MIEDO

 

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TAL PARA CUAL

Vicky quería, ante todo, ser hermosa. Creía que la belleza traía aparejado el amor y la admiración de hombres y mujeres. Cuando lo conoció creyó que su problema estaba solucionado. No era atractivo, pero servía para sus fines.
Marcelo tenía obsesión por la comida. Creía que la felicidad estaba en la saciedad. Cuando la conoció creyó que era tonta, pero servía para sus fines.
A ella le sobraba carne para ser perfecta y él era un antropófago declarado.
¡La pareja ideal en tiempos insanos!
Se casaron un mes de agosto. En enero ella tenía un treinta por ciento menos de tejido adiposo y unas cuantas cicatrices bien disimuladas y para octubre él tenía una muela rota por intentar masticar un fémur. 

 

 

CICLOS

Despertó cuando él colocaba el último ladrillo.
Inmediatamente sintió la falta de aire, él sabía de su claustrofobia, un tiro en la nuca habría sido más piadoso.
Gritó hasta que las cuerdas vocales se declararon muertas.
Pateó, arañó, golpeó.
Lo insultó de todas las maneras posibles y nunca le dio con el gusto de llorar, rendida. El tiempo se convirtió en una pupila dilatada en medio de la oscuridad. Cuando no tuvo fuerzas para levantarse, se quedó acostada en el pequeño espacio y con la uña comenzó a escarbar la pared, al iniciar el sangrado de los dedos siguió con los dientes incisivos, realizando un trabajo lento y constante.
Cuando un pequeño orificio se abrió y pudo aspirar aire puro sintió que estaba reformulando su hogar. Royó hasta que su pequeño cuerpo pudo colarse. El ambiente estaba oscuro y húmedo. La pequeña rata recorrió la casa abandonada y una vez que hubo realizado un reconocimiento del lugar, regreso a su hogar, en el hueco existente detrás de la pared. 

 

 

ENVIDIA

El súcubo tenía mayores aspiraciones. Estaba cansada de los amantes dormidos y decidió dar un paso evolutivo importante: ser humana.

Comenzó a invadir las habitaciones de las mujeres y extraer los órganos con tanta delicadeza que las portadoras que sobrevivían al robo pasaban el resto de sus vidas sin saber que estaban incompletas.
El súcubo se fue armando con las mejores carnes y las formas más libidinosas.
Evitó tentarse de tomar un corazón para no perder su cualidad de deidad y se corporizó por primera vez en los 70. Con el tiempo se tatuó la lengua de los Rolling Stones en el brazo y se hizo un corte rollinga. Fumaba porro y era la envidia de muchos ángeles y demonios, hasta que una noche se despertó siendo atacada, no tuvo tiempo de reaccionar ni defenderse, sintió que la despellejaban con uñas y dientes.
El trabajo de tantos años, robado en una noche.
Creyó que la habían desfigurado, pero cuando se miró en el espejo solo sangraba del brazo derecho.
En las alturas, María se paseaba con una musculosa negra, ajustada, mostrando el tatuaje de la envidia en el hombro derecho.

 

 

MUÑECAS

No quería dejar de jugar a las muñecas, el llamado de las hijas plásticas lo sentía con extraña exactitud en la parte inferior derecha del abdomen.
-Me duele –pensaba y sabía que ellas la necesitaban, como cuando a una madre le duelen las tetas llenas de leche y sabe que su hijo succiona el aire.
Entonces dejaba lo que estaba haciendo para ir a mimar a sus sanguijuelas de mentirita.
Ya no quería cuidarlas, en ocasiones soñaba que las enterraba en el fondo de la casa.
Fue un miércoles, mientras saltaba a la cuerda, cuando el dolor le recordó que sus hijas adoptivas la esperaban y desoyó el llamado.
Esa misma tarde le reventó el apéndice, el estallido se escuchó en toda la casa, hizo PUM, CRASH y otros ruiditos como de succión.
La niña se miraba la panza mientras sus padres corrían de un lado al otro sin hacer nada.
Cuando regresó del hospital sin su apéndice creyó que por fin descansaría de sus hijas demandantes.
La primera tarde que pudo salir a jugar estuvo un par de horas con sus amigas, hasta que sintió el tirón en su brazo izquierdo y una leve presión en el pecho.

 


LA CLARABOYA

La habitación estaba en el último piso.
Esta tenía un techo bajito y el padre no había tenido mejor idea que colocar una claraboya en él para que el sol las iluminara durante el amanecer, lo que no consideró eran las noches y los monstruos que apoyaban la cara en el vidrio y se pasaban horas observándolas con lujuria.
Todas las mañanas la claraboya era limpiada porque el rocío dejaba unos dibujos extraños, en realidad el líquido era el residuo de la actividad onanista de los visitantes, y los dibujos: tan sólo las patitas patinando en sus mismos fluidos.

 

                                    ESCORPIONES EN LAS TRIPAS                                 

 

DIANA BELÁUSTEGUI

DIANA BELAUSTEGUI (Santiago del estero, 1974) lee, escribe, juega a ser humana, miente que es un monstruo.

Publicó su libro Escorpiones en las Tripas en 2014. Mira películas de terror y escribe cuando hay luna llena. Su blog es: www.elblogdeescarcha.blogspot.com