2006-04-A

 

AKUTAGAWA RYUNOSUQUE: La Dignidad

 

Guillermo Bustamante Zamudio*

Especial para Tardes Amarillas

 

 

 

 

El gran terremoto  

Olía como a albaricoques podridos. Caminando entre las ruinas del incendio, percibió ese tenue olor. También pensó que, extrañamente, el hedor de cadáveres putrefactos bajo el calor del sol no era tan desagradable. Ante el estanque donde habían ido apilando los cadáveres, comprendió que en el ámbito de las sensaciones, la expresión «atroz y truculento» no era exagerada. En especial, lo había impresionado el cadáver de un niño de doce o trece años. Mientras lo miraba, sintió algo parecido a la envidia. Las palabras «Los amados por los dioses, mueren prematuramente» surgieron en su mente. La casa de su hermana, quemada. La de su hermano adoptivo, también. Sin embargo, su cuñado, en libertad provisional por haber cometido perjurio… 

«Ojalá se mueran todos». Fue todo lo que se le ocurrió pensar, mientras permanecía inmóvil y de pie ante las ruinas de los incendios que siguieron al terremoto.  

Este texto es uno de los 51 pequeños relatos que escribiera su autor poco antes de morir. El conjunto se llama Vida de un idiota. Akutagawa Ryunosuque, uno de los más importantes escritores de la literatura japonesa moderna, se suicidó a los 35 años.  

Ante el suicidio ha habido posturas muy diversas a lo largo de la historia. Hoy se piensa que es posible atacar su tasa de manifestación (porque es llanamente eso: un número a reducir) mediante la identificación de “conductas de riesgo” y la dirección de conciencia. Tratamientos masivos, de sujetos anónimos. Esta es la perspectiva de ese mercado denominado “salud mental”. 

Testimoniar de que hay sujeto es testimoniar de que se ha presentado un corto circuito entre palabra y carne, sustancias que no están hechas para vivir en armonía. Al inocular la palabra en un cachorro de humano aparecen productos (ser-hablante), efectos no calculados (malestar constitutivo, impulso destructivo), retro-efectos (la reproducción de lo social) e implicaciones contingentes (las marcas de época y contexto). Un ramillete para todos los gustos, con disciplinas para cada uno de estos puntos, incluso en desmedro de los otros, como en el caso de los estudios que se distraen en la dimensión contingente y nos quieren mostrar su florilegio como el sentido mismo de lo humano.  

Pero, ¿es el suicidio un rasgo de época? Esa es la perspectiva de quienes nos cuentan —para efectos de lo que hayamos de tomar por importante— que la antigüedad greco-romana admitía el suicidio (salvo para esclavos y condenados); que el cristianismo condena el suicidio, por atentar contra Dios; que al final del Imperio romano (cuando el individuo pertenece al Estado) el suicidio es considerado una deserción; que hasta el siglo XVIII se juzgó y castigó físicamente al cadáver del suicida; etc.  

El suicidio no deja de estar ahí siempre. Acompaña a la humanidad desde que somos hablantes. Entonces, ¿es una moda o es constitutivo de lo humano?, ¿es uno de los efectos posibles del paso por el lenguaje? Su desafío muchas veces nos parece inmotivado (siempre estamos tratando de tapar con sentido), pone en crisis nuestra razón (¿por qué?, nos preguntamos sin entender)... y no ponemos a funcionar eso otro que sabemos: que el sujeto puede imaginar su muerte porque tiene lenguaje, que es el único ser vivo enterado de su futura muerte, que puede querer quitarse la vida: devenir ese objeto inanimado, o hacer algo extremo como incógnita dirigida al otro, u obedecer lo que una voz —que atribuye a un Otro— le ordena...  

Para querer vivir, hay que investir libidinalmente el mundo. Es una ilusión, sí, pero es vinculante con la vida. En lugar de un ser vivo que se adapta al medio (como puede decirse del animal), los seres hablantes tienen que inventar un mundo con sentido para tolerar la vida. Cuando ese ropaje no está o cuando se decolora (como en el duelo), de pronto el mundo deja de ser interesante y hasta el sujeto mismo se vuelve objeto de su propio escarnio. El mundo no es interesante per se; hay que hacerlo devenir tal. Así, quien se quiere dar muerte podría tener la opción de volver a investir el mundo, como en el duelo: pasa porque, poco a poco, casi sin darnos cuenta, el mundo vuelve a guiñarnos el ojo aquí y allá. Akutagawa insistía en que el mundo no era acogedor. Se casó y tuvo hijos; pero, ante este acontecimiento, veamos la distancia:  

Parto  

Se detuvo en la puerta corredera y miró desde arriba cómo la comadrona, que todavía llevaba la bata blanca de operaciones, limpiaba al recién nacido. El bebé, cada vez que le entraba jabón en los ojos, arrugaba la cara tiernamente. Además, lloraba con una voz muy aguda. Mientras notaba un olor que le recordaba al de una cría de ratón, no pudo evitar que royeran su mente ciertas ideas filosas y profundas… ¿Para qué habrá venido este crío al mundo? ¿A este mundo lleno de dolor?... ¿Por qué le habrá tocado la carga de tener a un padre como yo?  

Se trataba del primer niño al que daba a luz su esposa.  

El suicidio es una decisión del sujeto (insondable decisión del ser, decía Lacan), es una responsabilidad asumida, incluso sin que el sujeto mismo conozca las causas.  

James Joyce resistió terribles sufrimientos corporales y, en ese lapso, hizo aportes a la humanidad. De manera que la idea de que un sufrimiento es irresistible tiene que ver con la posición del sujeto. No hay un umbral universal, válido para todos, de dolor o de sufrimiento. Con el dolor que una persona pide no vivir… otra lo convierte en una razón de existencia. Podría decirse, entonces, que el sujeto puede estar o no a la altura de la vida cuando decide suspender un tratamiento o que se le aplique la eutanasia.  

Pero hay dolores peores que la muerte, como para Akutagawa el hecho mismo de vivir. La escritura era su nexo con la vida, hasta que cedió:  

Fatiga  

Caminaba con un estudiante por un campo de gramíneas.  

—Seguramente vosotros, los jóvenes, todavía tendréis muchas ganas de vivir, ¿no?  

—Sí… Bueno, incluso usted…  

—No, no, yo no las tengo. Sólo me quedan impulsos de producir y crear.  

Eran sus verdaderos sentimientos. Realmente, cuando se dio cuenta, ya había perdido el interés por la vida.  

—Pero, lógicamente, las ganas de crear están conectadas con las ganas de vivir, ¿verdad? —preguntó el estudiante.  

Él no contestó nada. 

El campo de gramíneas, en un momento dado, mostró, sobre las puntas rojas de sus espigas, el contorno nítido de un volcán que le hizo sentir algo parecido a la envidia. Ni él mismo pudo entender el porqué.

 

Guillermo BustamanteGuillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, Colombia, en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas y Magíster en Lingüística y Español. En 2002, obtuvo el Premio Isaacs con su libro Convicciones y otras debilidades mentales y en 2007, su libro Rolesganó el Tercer Concurso Nacional de Cuento de La Universidad Industrial de Santander.Junto a Harold Kremer, ha sido un cultor del minicuento en Colombia a través de la fundación y dirección de la revista Ekuóreo y las antologías Antología del cuento corto colombiano, Los minicuentos de Ekuóreo y Segunda Antología del cuento corto colombiano. Ha publicado los libros de microrrelatos, Oficios de Noé, en 2005; Libro sobre microcuento, en 2008; escrito a dos manos con Harold Kremer y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia, en 2008. Varios de sus cuentos componen antologías de microrrelatos en Colombia e Hispanoamérica.