el ombligo de piedra

 

   

EL OMBLIGO DE PIEDRA

 

La columna de Rogelio Ramos Signes

 

JUSTIFICADO CULTO AL MAÍZ

 

Se piensa que Teotihuacán (el lugar donde los hombres se convierten en dioses) fue en su momento la ciudad más grande del mundo. Hacia el año 300, habitaban en ella más de 200.000 personas y era más extensa que Roma.
Poblada ya desde el siglo V antes de Cristo, fue abandonada en el siglo VII de nuestra era, setecientos años antes de la llegada de Colón a estas tierras. "Es como si sus habitantes hubiesen comprendido que ya era hora de devolverla a los dioses" supone el escritor Jiménez del Oso. Lo cierto es que mil doscientos años de cultura entran en un cono de sombra donde todo es conjetura. Y sólo quedan, como ejercicios para la imaginación, las pirámides del Sol y de la Luna, la ciudadela y algunos templos. 

El caso es análogo y contemporáneo al de los mayas, ese pueblo formado por adivinos, arquitectos, astrónomos y matemáticos, que levantaron en el corazón de la selva tropical edificios descomunales sin valerse de la rueda ni de los animales de carga; que tallaron piedras sin herramientas de metal; que hicieron cálculos astronómicos de sobrecogedora exactitud; que desarrollaron una escritura propia; que diagramaron calendarios cercanos a la perfección, dando lugar a la cronología; que crearon (tal vez por primera vez en la historia) el número cero; y que, a pesar de todo eso, no configuraron un imperio, sino una serie de pequeños estados regidos por "hombres verdaderos". El año, en su calendario astronómico (el haab), duraba 365 días, estaba dividido en 18 meses de 20 días cada uno, y un mes de "cinco días sin nombre" (sugerido como uayeb) que estaba reservado para los acontecimientos dolorosos.
Se infiere que la mayor parte de la cultura maya estaba vinculada al maíz, que a su vez era la base de su agricultura. De allí que los sacerdotes estuviesen preocupados por descubrir cómo pasaba el tiempo de una estación a otra; eso era imprescindible para el cultivo oportuno, que sería seguido de una cosecha provechosa. Así fue que nacieron las ciencias matemáticas y astronómicas entre los mayas.
De los 365 días del año, 190 se dedicaban a la agricultura. El equipo de un labriego había llegado a simplificarse tanto que constaba sólo de tres utensilios: un hacha de piedra (bat), un largo palo con punta endurecida al fuego (xui) y una bolsa trenzada con fibras (chim) donde se guardaban las semillas.
El Hunab-ku fue su dios, creador del mundo, de la humanidad y del maíz; y si bien su religión fue muy compleja, ya que estaba atravesada de ideas cosmogónicas, y que su panteón era muy abundante; el maíz siempre estuvo presente, llegando inclusive a tener su propio dios: el Yum Kax.
Pero ¿qué particularidad tiene el maíz, que fue la base de la alimentación y de la fe de estas culturas precolombinas? Los conquistadores no supieron de su existencia hasta no poner los pies en el Caribe; y grande fue su sorpresa cuando comprobaron las múltiples aplicaciones que se le daban al fruto de una gramínea tan sencilla.
Rodeado de mitos, como todo fruto fecundante que hace descansar sobre sí el peso de una cultura, el maíz conserva y renueva la fe de sus devotos. En el extremo norte de nuestro país aún sigue colgándose, en la cocina o en la despensa, la mazorca más grande de la última cosecha. La motivación es sencilla: tentar a la naturaleza para que el año siguiente produzca un fruto todavía mayor.
A partir de ese fruto se consiguen (además de variadas y exquisitas comidas realizadas con los simples granos cocinados) harinas para la fabricación de panes y tortas, todo tipo de reposterías, rosetas, pororó, bebidas alcohólicas (tal vez la chicha sea una de las más conocidas), aceites comestibles, almidón y derivados, glucosa, dextrina, maicena y cola vegetal. También deben contarse las aplicaciones de las partes no comestibles de la mazorca: las propiedades diuréticas de las barbas del choclo, principalmente; o las cáscaras envoltorias, que no sólo se utilizan como alimento para los animales, sino que sirven para presentar algunas comidas (en chala y atadas con el guato) tan nuestras como tamales y humitas. Para no abundar en detalles ampliamente conocidos, sólo creo necesario recordar que se conocen más de doscientos platos preparados a partir del maíz, y que su importancia ha trascendido lo meramente gastronómico.
Los granos de maíz, además de simbolizar la riqueza y la prosperidad, cumplen con una representación espermática. El fruto del maíz (el choclo) es un símbolo fecundador, elemental e inequívoco. Pero sucede algo curioso: las fiestas aborígenes consagradas a este fruto, tanto las mexicanas como las de nuestras zonas guaraníes y araucanas, e inclusive como las de los indios mandanos y minnitaris de Norteamérica, son consideradas "fiestas femeninas de la medicina del maíz". Allí está presente la mama-zara, que tanto puede ser una piedra grande y alargada, como una muñeca realizada con cañas y tocada con atavíos de mujer.
La verdad es que si le damos importancia a la simbología fálica del fruto del maíz, o a la esencia femenina de la tierra y la germinación, en el fondo estamos hablando de la misma cosa. Porque ¿puede existir un sexo sin el otro? ¿no es de su encastre físico y orgánico de donde nace la vida? Algo me dice que estoy yéndome del tema, aunque a la vez tengo algo de razón.
Pero todo cambia. Ahora, los entendidos en el tema (personas que están en la comercialización del maíz a gran escala) hablan de "bajos o altos rendimientos en los cultivos", de "la acidez del nutriente", de "terrenos alcalinos", de "vibrocultivadores", de "densidades de plantas recomendables", de "uso de cultivares", de "acumulación de nitrógeno en el perfil", de "buena o mala regulación de la sembradora para la uniforme distribución de la semilla", de "inadecuado control de malezas y plagas", de "lister" y de "semilister", de "falencias en la programación y control de las máquinas cosechadoras". Rara, rarísima vez se habla de la distribución del riego que impone la naturaleza de los caudales, de acuerdo a la luna, a la temperatura, al aliento que exhala la tierra en épocas de mayor fertilidad (atendiendo a la sabiduría femenina de la tierra y a la exactitud de sus flujos). En fin.
Hechas las traslaciones idiomáticas del caso, los primigenios y naturales dueños de estas tierras ¿sabrían de qué habla el hombre de hoy cuando habla de maíz? Desde los seminoles de América del norte hasta nuestros patagones al sur del sur, todos expertos pragmáticos de y para el maíz ¿entenderían de qué se discute hoy en día?
Para una cultura que se desarrolló, con sus propias variantes, en torno a este cultivo, que unió magistralmente los tiempos del maíz al tiempo de rotación de los planetas, que cultivó el maíz en zonas secas y en zonas húmedas, en tierras que lindaban con el mar y en tierras que se mezclaban con el desierto, en laderas y en planicies ¿qué significa toda esta cháchara? ¿o es que se está hablando de lo mismo pero con otro lenguaje? ¿o es que se le están poniendo palabras a algo que la naturaleza antes "sugería" en generoso silencio?

 

ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.