POEMAS  ELÍAS NANDINO

 

Ssección de textos y comentarios José Manuel Ortiz Soto

 

 

nandino 2

 

 

 

Me duele presentir

En el fondo sabía que no se puede ir más allá
                          porque no lo hay.
                                       Cortázar

De manera distinta
cada cual debe morir su propia muerte
y afrontar el naufragio
en la perenne inmensidad del polvo.

Nadie ha vuelto del seno de la muerte,
por esto
su misterio se conserva intacto,
amenazante.

Sin saber si es amiga o enemiga,
ángel que nos transporte al otro lado
para ganar la ubicuidad eterna,
o fuerza que nos retorne a la materia:
todos vivimos la medrosa espera
resignados a la sorpresa de su encuentro
y al suplicio mortal que nos imponga.

(Vivo pensando en el trágico momento
que me transforme en ausencia sin regreso,
nombre sin rostro huyendo hacia el olvido,
absoluto silencio que se ahogue
en la ciega pupila del vacío,
o sombra que se incolore en la distancia.)
(Me duele presentir y también creer
que después de la muerte,
nadie podrá ir más allá del polvo,
del polvo donde debe consumar su fin eterno.)

 

Ya mencioné antes que la muerte de su hermana Beatriz fue el principal detonador de su obra. Aquí el poema que dedica a su padre muerto:

 

 

Nocturno difunto

 

                                                            A la memoria de mi padre
                                                            En vida nunca pude llevarme con mi padre.
                                                            Cuando este murió, la muerte, milagrosamente,
                                                            le dio vida dentro de mi corazón.

 

 
Desde que despojada de tu cuerpo
te escondiste en el aire,
yo siento mi existencia más honda en el misterio,
como si mis manos, alargadas por las tuyas
inmensas en el cielo,
en levantado avance
ya tocaron la astronomía sin fin...
Estoy como en los ríos
que a pesar de correr sumisos a su cauce,
por su mortal marino abocamiento
también están ligados
a las aguas del mar donde se acendran.
Por la ventana que al morir dejaste                        
abierta en la penumbra,
he podido mirar
mi aventajada muerte
persiguiendo tus huellas espaciales,
y tengo la certeza de que me estoy rodando
indeteniblemente
en el hambre del vaso universal,
igual que el humo libre que la atmósfera atrae
y no puede, aunque quiera, regresarse a su lumbre.
Estoy seguro de que cada día
mi sangre que te busca, se evapora
ganando altura transformada en nubes,
y parte de mí
ya vuela en el espacio, emparentada.
Desde tu muerte, siento que te guardo
como un lucero íntimo
que medita en la noche de mi entraña,
disuelto como el azúcar en el orbe líquido
y que, muchas veces, te denuncias asomando
tu espiritual dulzor en mi saliva amarga.
Desde que tu voz, por el silencio amortaja,
dejó de hablar para encender palomas
sobre el árbol del viento, en que cantan
con insepultos ecos
la profunda madurez
del idioma flotante de tu ausencia,
yo palpo -al escuchar-
el molde vivo que en el aire horada
tu falta de materia, que es ternura
siempre en acecho que acaricia y roba.
Yo creo que tu cósmico deleite
es atraerme a tu pasión de vuelo,
a tu girar errante,
porque ya tu misión es recoger
esta fracción de ti que aún perdura
en el fluvial ramaje de mis venas.
No puedo definir dónde te encuentras,
pero sí te adivino circundante
en un arribo de alentada fuga,
que exacerba mis ansias en un filial apego
al resplandor sin luz de tus imanes.
¡Qué plenitud vacía
te dibuja en el fondo de mis ojos
que no te ven, pero que sí me permiten
que hasta la fuente de mis sueños bajes
y quedes a su impulso vinculado!
¡Cuánto tiempo de estar solo y contigo
habitándome a solas,
como la llama al fósforo en el letargo,
o a la uva, el espíritu del vino!
Yo soy una ambulante sepultura
en que reposa tu fugitiva permanencia
que me va madurando, lentamente,
hasta que mi energía entumecida
se adiestre en vuelo que recobre estrella.
Inmerso en mi conciencia desarrollas
un pensante silencio que se atreve
a conversar sin mí. Yo lo descubro
reviviendo recuerdos en mi oído:
es como el nacimiento de sollozos
que se produce cuando el agua cae
sobre la carne viva de las brasas.
Al derribarse tu estatura en polvo
formaste la marea
del vislumbre mortal que me obsesiona,
y no hay sitio, temor, espera o duda
en donde tú, como trasfondo en alba,
no finques la silueta de tu amparo.
En mi vigilia, a oscuras,
como los ciegos sigo con el tacto
los relieves que escribes en el papel nocturno,
y los capto agitados en asedio amoroso:
amor de un muerto que jamás olvida
la sangre que ha dejado trasvasada.
Yo quisiera que la imagen que de ti conservo
se azogara la espalda,
para mirar, siquiera unos instantes,
cómo el deslinde al incolor procrea
tu claridad auténtica de ángel.


De Nocturna palabra 1960

 

A pesar de abordar el tema de la muerte, no se trata de poemas en los que se despotrique en contra de ella, sino que la entiende, se conversa, se medita. El siguiente poema fue escrito tras la muerte de Xavier Villaurrutia:

 

Si hubieras sido tú

                                                    a Xavier Villaurrutia

 
Si hubieras sido tú, lo que en las sombras, anoche,
bajó por la escalera del silencio
y se posó a mi lado,
para iniciar el cauce de acentos en vacío
que, me imagino, será el lenguaje de los muertos.

Si hubieras sido tú, de verdad, la nube sola
que detuvo su viaje debajo de mis párpados
y se adentró en mi sangre,
amoldándose a mi dolor reciente
de una manera leve, brisa, aroma,
casi contacto angelical soñado...

Si hubieras sido tú,
lo que apartando la quietud oscura
se apareció, tal como si fuera tu dibujo
espiritual, que ansiaba convencerme
de que sigues, sin cuerpo, viviendo en la otra vida.

Si hubieras sido tú la voz callada
que se infiltró en la voz de mi conciencia,
buscando incorporarte en la palabra
que tu muerte expresaba con mis labios.

Si hubieras sido tu, lo que al dormirse
descendió como bruma, poco a poco,
y me fue encarcelando
en una vaga túnica de vuelo fallecido...
Si hubieras sido tú la llama llama
que inquemante creó, sin despertarme
ni conmover el lago del azoro:
tu inmaterial presencia,
igual que en el espejo emerge
la imagen, sin herirle
el límpido frescor de su epidermis.
Si hubieras sido tú...
Pero nuestros sentidos corporales
no pueden identificar las ánimas.
Los muertos, cuando vuelven,
tal vez ya no posean
los peculiares rasgos
que nos pudieron dar
la inmensa dicha de reconocerlos.
¿Quién más pudo venir a visitarme?
Recuerdo que, contigo solamente,
platicaba del amoroso asedio
con que la muerte sigue a nuestra vida.
Y hablábamos los dos adivinando,
haciendo conjeturas,
ajustando preguntas, inevitando respuestas,
para quedar al fin
sumidos en derrota,
muriendo en vida por pensar la muerte.
Ahora tú ya sabes descifrar el misterio
porque estás en su seno, pero yo...
En esta incertidumbre secretamente pienso
que si no fuiste tú, lo que en las sombras, anoche,
bajó por la escalera del silencio
y se posó a mi lado,
entonces quizá fue
una visita de mi propia muerte.
 De Nocturna palabra, 1960

 

La presencia de la muerte en la poesía, no importa la época, es un elemento constante, se podría decir que es parte del ADN de los poetas, suicidas o no; noveles o consagrados; jóvenes o longevos. Pero la concepción de la muerte no es la misma en un poeta que elucubra o filosofa a partir de una palabra etérea, que para aquel poeta que convive con la muerte a diario, porque ella es parte de su trabajo: a veces, en su disfraz de médico la vence, le arrebata a un niño o una mujer; otras, ella gana la partida, sumiendo al médico en la impotencia, pero sobre todo curtiéndolo, recordándole que vivir es una lucha constante con la muerte, y que tarde o temprano, ella es ineludible. Que los triunfos logrados en el quirófano, bisturí en mano, es tiempo concedido para levantar las barricadas. La poesía de Elías Nandino es íntima —toda la poesía lo es, aunque se la encripte—, pero no oscura, a pesar de las noches en que discurre, emocional, pero no visceral, reposada, sin pretensiones filosóficas. Quizá porque la longevidad le permitió al poeta ir madurando lentamente su obra, así Elías Nandino se lee más libre —él así se siente— en su etapa final, cuando ya no importa el qué dirán, como si la sencillez de su obra le permitiera llevar al lector de la mano, mientras le susurra: Esta es mi poesía, soy yo vuelto palabra, no importa qué poema escudriñes, siempre me encontrarás bajo su epidermis. De esta etapa son sus poemas eróticos y aquellos que desbocan sarcasmo. Aunque producto del mismo autor y moldeados por la misma mano, el tiempo ejecuta en ellos la madurez que todo fruto debe alcanzar.

 

Elías Nandino. Médico y poeta mexicano, (Jalisco 1900 - Jalisco el 2 de octubre de 1993. Formó parte de los Poetas Mexicanos contemporáneos. De estilo muy particular, su tema preferido a la hora de escribir poesíafue la muerte y las cuestiones oníricas,´Más adelante incursionó en poesía relacionada con la cotidianidad. También dirigió la revista Estaciones órgano oficial de la Editoriakl del mismo nombre. A través de ellas ayudó mucho a los jóvenes talentos de la poesía mexicasna de la época. Publicó más de treinta poemarios entrelos que se destacan Espiral, Río de sombra, Espejo de mi muerte y Ciclos terrenales. Su libro Juntando mis pasos fue su autobiografía.

 

La fotografía que ilustra la presente nota fue tomada de http://app.jalisco.gob.mx/jalisco/jaliscienses/html/nandinoVallarta.html

 

En esta misma edición puede leer un artículo referido a Elías nandino.