El ombligo de piedra

 

  

   

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna deRogelio Ramos Signes

 

TRANSPIRANDO LA CAMISETA

 

Para todo hay una jerga. Basta que algo delimite su especificidad para que la jerga (con su poder de síntesis, unas veces; con su retórica, otras) pase a designar cosas, se instale y lentamente se expanda. Adictos a la filosofía hablan de eclecticismo, conciliando sin pruritos elementos que pertenecen a diversas doctrinas, sin preocuparse por si el obrero de la construcción los entiende. A su vez ese obrero habla de soliviar una ventana, y más de un filósofo jamás se enterará que lo que hace es levantarla para ponerla en escuadra. El semiótico se refiere a la cópula sin que su idea coincida con la cópula de la jerga médica. Y no es lo mismo la tensión para el enfermero, que para el cosmólogo; ni el éxtasis para el metafísico, que para el pornógrafo; ni el signo para el epistemólogo, que para el astrólogo. 


Pero hay jergas, que por estar en la calle, o en la radio o en la televisión, han pasado a ser lengua generalizada y corriente, sin que algunas veces osemos cuestionar su coherencia. La jerga futbolística tal vez sea la más caprichosa y extendida. Aceptamos entonces que la palabra andamiaje, que en boca de un albañil significa algo muy específico, dicha por el mismo albañil o por quien sea (pero gracias al palabrerío deportivo) se refiera también a otra cosa. Claro que le falta algo ¡he ahí los problemas que acarrean las especializaciones! Porque, ¿a quién, en su sano juicio, se le puede ocurrir que un andamiaje pueda existir sin ser un andamiaje defensivo? Y ahí comienza a aclararse todo. Peligros hay muchos, pero el peligro de gol es el peligro de los peligros. Y no olvidemos que una goleada es algo que siempre se propina (según los que escriben la historia) o bien se sufre.
Los relatores deportivos, con su insistencia y con la impunidad que les brinda poder disparar su lengua antes que su pensamiento, terminan imponiendo modismos muchas veces caprichosos. Decir el esférico o la redonda, por decir la pelota o el balón, sería (en una estimación propia de Landrú) de clase Z. Así mismo, anidar la pelota, por anotar un gol, es una metáfora cursi, un uso masturbatorio dado a las palabras. Como lo es aquello de cristalizar en el arco. ¿Recuerdan a ese relator que ante la carrera desenfrenada de un delantero siempre decía límpido su horizonte, para referirse a que entre él y el arquero no había defensores? Pero los tiempos cambian, y al emocionante gollllllll de Fioravanti (prolongando la letra "ele") le sucedió el gooooool (con muchas "o" y casi sin "ele") de los que vinieron después, y el gol gol gol gol gol gol gol de Muñoz, repetido no sé cuántas veces. ¿Sería porque los goles fueron cada vez menos interesantes y había que irles dando una ayudita lingüística? La verdad es que los cambios continuaron y así es como a la pelota, a la que antes se le pegaba, ahora se le entra; y el seleccionado (o el combinado de entonces), es ahora la selección y hasta el representativo nacional, según la verborragia del locutor.
Si bien es cierto que a la victoria se la saborea; hay que tener en cuenta que si nos toca perder, debemos vender cara la derrota. ¿Cómo? apretando las marcas, por ejemplo; obstaculizando; no dejando que el olfato para el gol se desvanezca; tratando que el trámite brusco del partido no nos desaliente; incursionando al área cada vez que sea posible; alimentando a los hombres de punta (y esto ya se puso culinario); conectando de cabeza; llegando a la zona de peligro con frecuencia; no regalando el mediocampo ni rifando la pelota; jugando cada partido como si fuera una final (dicho así, a la italiana); aguantando el mal arbitraje y, sobre todo, transpirando la camiseta. Si así y todo la pelota no quiere entrar, si se la pasa besando el palo o lamiendo el travesaño (esas impudicias) la culpa no es nuestra, porque sabemos que pusimos en la cancha lo que había que poner, pero no se nos dió.
Hacer un diccionario de términos "futboleros" sería una tarea ardua e inútil, porque habría que producir una edición anual (como las guías telefónicas), ya que superado ese tiempo, se desactualizaría. Hoy nadie habla de jugadas de pizarrón, por ejemplo, ni de wing ni de back ni de centrofoward; en buena hora. Tampoco ya se dice referee (se lo tradujo por árbitro; y esto me parece bien) y hasta se dejó de decir corner (optamos por el muy explicativo tiro de esquina), aunque mantenemos la palabra penal (apócope del penalty inglés) combinándolo "poéticamente" con pena máxima o bien con el tiro desde los doce pasos. La formación de antaño es la alineación de hoy; el equipo es el elenco; el costado es el andarivel; el desarrollo de un partido es el trámite de juego y a veces el accionar; los que antes se abroquelaban ahora se atrincheran; los que buscaban la igualdad (esa utopía), hoy, conformistas, sólo quieren equilibrar el partido; si antes se robaba una pelota, ahora se capitaliza una falla contraria; un inminente cambio de jugadores es un movimiento en el banco de suplentes; un puntapié en los testículos es un golpe en el bajo vientre; ya no se confronta sino que se coteja; ni siquiera se derrota sino que se decreta la caída (saber quién la decreta será tema de discusión durante la "prática" con el "ténico"); hoy ya se definen situaciones; el desentendimiento es desacople; los que antes hacían tiempo hoy congelan el partido; la mínima diferencia se convirtió en estrecha victoria; el que salió expulsado en realidad fue mandado a la ducha; el que patea desviado es el que marra; el segundo tiempo (y esto es obvio) es la parte complementaria; avanzar dominando es recuperar posiciones; la otrora promesa es hoy la revelación del torneo; hacer un gol es vulnerar la valla contraria; hacer otro gol es elevar los guarismos; arrancar primero es tomar la iniciativa; y así cuanta cosa usted pueda imaginar, o no, a lo largo de 90 minutos de juego; que a veces son 94 ó 96, y hasta más de 100 también.
Porque, sea sincero, se puede presurizar un partido; se puede acceder al área; la competitividad de su equipo se puede poner de manifiesto en cada partido; logrará concientizarse de que concretar no es lo único; que sectorizar el terreno a veces trae problemas; que dialogar con el medio campo siempre es útil; que las falencias se cubren con perseverancia, habilitando a los que saben, habida cuenta de que el adversario no deja pasar por alto ninguna falla; que impactar en la valla contraria es el objetivo primordial; que quien cargue con la lentización de un encuentro estará en deuda con su público; que en el marco referencial de las acciones el que arriesga, pocas veces gana; que el jugador mentalizado y motivado rinde por dos (no mentalizados ni motivados, supongo) pivotando incluso sobre las defensas más férreas, pluralizando el accionar de toda la línea y posibilitando el triunfo de su divisa. Pero aceptará conmigo que ésta es toda una postura; una filosofía de vida, en última instancia.
Todo es (fue y será) posible en "el más popular de los deportes", desde la coquetería de peinar una pelota o abanicar el juego, hasta el capricho de bautizar como segundo palo a un poste que, mirado desde acá, bien puede ser el primero. ¿El entusiasmo de cuál otro deporte puede inventar verbos tan horrendos como campeonar? Claro que también hay cosas inamovibles, y a eso el hincha lo sabe, porque un tronco es un tronco hoy, lo fue ayer y lo será mañana, aunque los comentaristas de la televisión no se expresen de esa manera (ellos emplean los verbos vacunar, mojar y comer, en su acepción más puerca, y sin hesitar, pero jamás le dirían tronco a un tronco). Pero un bombero (para nosotros, para la popu) seguirá siendo un bombero, por más que se oponga el personal de seguridad, y los comentaristas se limiten a hablar de un mal arbitraje. El resto es técnica, pura técnica fruto de la disciplina, sexo (poquitito) y cada vez más concentración (esto quiere decir "estar encerrados", no "reflexionar profundamente"). Supongo que se entiende.

 

 

Rogelio Ramos SignesRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve(Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.