EDITORIAL

 

Un nuevo número de Tardes Amarillas ya se encuentra disponible con una oferta de primera calidad, como siempre y, como hemos comenzado a hacerlo, creemos que es un buen momento para reflexionar sobre el papel de este tipo de emprendimientos en una época tan complicada.
Hemos escrito en la editorial anterior una pequeña reseña (si me atengo a mi afición al microrrelato, al haiku y a todas las formas literarias minimalistas, debería decir una "micro-reseña") acerca de la evolución de las publicaciones virtuales a través de los pocos años de vida de Internet. Ustedes recordarán que hice referencia (de manera enfática) a la bisagra que aparece en la historia de la literatura la aparición de la Web 2.0 donde por primera vez un autor absolutamente desconocido y totalmente under podía publicar sus textos de manera gratuita y obtener una gran cantidad de lectores en poco tiempo, cosa mucho más difícil con las publicaciones en papel.
Pero más allá de mis consideraciones la vida sigue su curso y Tardes Amarillas sigue en el camino de consolidarse como publicación absolutamente independiente. Quienes leen con asiduidad nuestra revista pueden dar fe de esta afirmación. Tardes Amarillas no tiene auspicios de ninguna naturaleza y tampoco incluye márquetin de ningún tipo. Esto nos permite poder publicar artículos de autores de cualquier origen sin preocuparnos demasiado por sus convicciones políticas, sociales o religiosas. El único requisito para aparecer en sus páginas es que el texto (o la nota, artículo o lo que sea) esté relacionado exclusivamente con el arte y que tenga la calidad que nuestro comité de lectura considere adecuado para mantener nuestra revista dentro de cierto margen de excelencia.
En un mundo virtual que remeda, hasta en sus más pequeñas manifestaciones, la vida real, donde la Cultura está siendo vapuleada con distracciones cada vez más superfluas, en la Internet la cosa parece muy semejante, pero he aquí que la gran diferencia, la enorme diferencia está en la cantidad y en la calidad de la oferta, lo que nos permite, a la hora de elegir, descartar con enorme facilidad todas aquellas cosas que pueden parecernos banales y reemplazarlas con un simple click por otra opción que, al menos para nosotros, es mucho más valiosa. La televisión no nos permite opciones superadoras como la red. Por ejemplo, los canales de películas repiten hasta el cansancio los mismos filmes hasta el extremo de que algunos de nosotros ya conoce las escenas y los diálogos de memoria; los canales destinados exclusivamente a la información (que nunca son verdaderamente independientes porque se mantienen merced a la pauta publicitaria de tirios y/o troyanos) reproducen hasta el cansancio los eslóganes de moda o las entrevistas a actores sin ningún mérito artístico o a políticos con quienes simpatizan y aquellos canales con chismes de la farándula o programas de entretenimiento que, a pesar de todos los puntos de rating que pudieran tener no pueden ser considerados estrictamente culturales (Cosa que en realidad es casi un oxímoron porque contribuyen a la degradación de un modelo social que probablemente no era el ideal y podía mejorarse pero que no resultaba tan liviano y vacío como el modelo actual) no representan, en prácticamente ningún caso, opciones superadoras.
En ese marco, las revista culturales de cualquier tipo y, sobre todo las páginas de redes sociales que se concentran en determinados temas de la cultura y el arte, como la literatura, el cine, la pintura, la fotografía, y toda otra manifestación relacionada con ella, representan una especie de muro de contención para quienes imaginamos un mundo más justo y, sobre todo, más profundo, más culto.
Es verdad que en las redes hay mucha basura (poetas de tres por cuarto, artistas que no lo son y que se esmeran por dar a conocer sus producciones como si fueran grandes obras, etc.) pero no es menos cierto que, el ojo avizor de muchos de nosotros, distingue enseguida la calidad de un buen texto o una buena imagen y es precisamente ahí donde reside la ventajosa magia de Internet.
Es por ello que estamos convencidos de que Tardes Amarillas, puede incluirse (y lo digo sin el menor rubor) entre las opciones más deseables a la hora de buscar arte y cultura en este inmenso y superpoblado universo virtual.

 

Antonio Cruz