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 El ombligo de piedra

   

 

     EL OMBLIGO DE PIEDRA

 La columna de Rogelio Ramos Signes

 LA BARRA DE LA EQUIS Y LA EQUIS DEL POR

 

Resulta corriente confundir memoria con algunas conductas diversas. La conservación del pasado (como bien observa Jean Piaget), o la utilización de las adquisiciones anteriores es el único rasgo en común que tienen estas conductas. Por ello es que confundimos frecuentemente memoria con hábito.
Si aceptamos que todo conocimiento supone una asimilación, aceptaremos que (por ejemplo) conocer una mano también implica incorporarla automáticamente al saludo. Y, aunque suene caprichoso, en esa aseveración estamos tocando varios terrenos superpuestos: costumbre; conocimiento; conducta; estímulo; literatura, inclusive; obviamente, historia. De conjunto a conjunto, de problema a problema, es el nexo de unión (o de separación) el que contiene los puntos en común y el abismo que los diferencia. Si decimos "hombre / mujer" (así, separados por una barra) estamos refiriéndonos a que, a pesar de las innúmeras diferencias de los dos sexos, tanto hombres como mujeres, en un caso específico, pueden desarrollar una misma actividad. La barra (/) en cuestión, puede ser etérea como el aire o contundente como un muro. En la barra está incluida una parte del conocimiento. En la barra se acumulan las adquisiciones anteriores, acercando o distanciando los componentes del presente enunciado. 


Pero si a una barra tradicional (transversal, elevada hacia la derecha; no la barra del compás perfectamente vertical que se usa en la escritura de música) le superponemos otra barra (\) de sentido opuesto, elevada hacia la izquierda; conseguimos lo que superficialmente podríamos denominar una X. Pero la X, aparte de su sonido "cs" en contadísimas palabras de nuestro idioma, y de su ya perdido sonido "jota" en lo nebuloso del tiempo; supone la realidad total. Infinita en sus cualidades, e innumerable para expresar cantidades, la X es una (des)medida imposible de asir; sobrepasa la comprensión humana.
Tanto las Matemáticas, como la Lógica y la filosofía racional van en busca de la forma de ser de la X. Los sentidos, la razón y la intuición son puestos a diario al servicio de ella.
El integralista Pitirim A. Sorokin afirma que la historia del conocimiento humano es "un cementerio de observaciones empíricas erradas, de falsos razonamientos y de pseudo-intuiciones" con lo que se enfrenta constantemente a la ciencia práctica y al pensamiento lógico, buscando hacer más creativo y menos egoísta al ser humano. Y, a partir de allí, defiende el conocimiento integral que nos llega a través de los grandes moralistas (Buda, Jesús, Confucio, Lao-Tsé) y de los grandes creadores de las artes (Beethoven, Bach, Homero, Shakespeare, Fidias y Miguel Ángel). Y, aunque yo siga todavía preguntándome si Homero verdaderamente existió o si es sólo la fachada mitológica con que los griegos presentaron al mundo su primera literatura, deseo con ansiedad que el señor Sorokin no se equivoque cuando dice que el hombre es un maravilloso ser integral, super-sensorial y super-racional, participando activamente de la suprema X creadora del cosmos total. Si convenimos en que los fenómenos inorgánicos tienen un componente físico-químico, y los orgánicos uno físico y otro vital; tendríamos que aceptar que los fenómenos culturales tienen, por sobre estos dos componentes, un componente inmaterial del significado. Privado de su significado, el Rondó Caprichoso de Camille Saint-Saëns es sólo una sucesión de notas musicales, la Iglesia de Auvers de Vincent van Gogh es una simple tela pintada, la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright es piedra y mampostería, y los botes cilíndricos esculpidos en marfil por Halaf, en definitiva, son un trozo de hueso. Afirma Sorokin que "Biológica y físicamente no hay organismos humanos que sean reyes, papas, generales, criminales, héroes, santos, campesinos, y así sucesivamente. Son estos y otros millones de significados los que la cultura super-orgánica sobrepone a los organismos humanos". ¿Otra metáfora de la X, tal vez?
Pero además la X es el signo de la incógnita en los cálculos y, gráficamente, también la multiplicación de similares. En cambio la barra, en cuanto al vocablo se refiere, es de aplicación excesiva: se le atribuyen más de 40 acepciones, sin contar la palabra "barra" usada en diferentes germanías, ni en el diagrama de barras (cuya explicación requeriría un espacio mayor del que en esta columna disponemos, y un conocimiento que este escriba no posee). Debemos agregar a todo eso, gracias a los tiempos que corren y a los aportes hechos por la computación, el código de barras.
El código de barras es un sistema óptico de codificación donde los caracteres están representados por barras de diferente ancho y que tienen distintas separaciones entre ellas. Solemos verlas a diario en los productos de tiendas y supermercados, donde el scanner de las cajas registradoras las identifica rápidamente, facilitando la mecánica de los procesos de comercialización.
Pero de esta barra enhiesta, elemental e inequívoca, a la sugestiva barra inclinada que demarca las diferencias (o semejanzas) entre dos opuestos, hay una gran diferencia, una diferencia tan abismal que no sería mala idea (ya) empezar a guardar silencio.
¿Y la X, al menos la matemática X a despejar? La X es algo ineludible cuando, en dos enunciados con el mismo sujeto y predicado, uno afirma algo y niega lo otro, y el otro niega aquello y afirma lo contrario. Aunque parezca complicado, es una obviedad: simples jueguitos equivalentes de la Lógica.
Al momento de optar por una barra (a decir verdad) me quedo con "la de la esquina", vigente durante la adolescencia y a veces más. Y si es por la equis, no creo que haya otra mejor que la X gráfica y numeral que simboliza la multiplicación; esa forma rápida y solidaria de sumarse a los demás.

 

Rogelio Ramos SignesRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.