el ombligo de piedra

 

           

 

 

 EL OMBLIGO DE PIEDRA


La columna de Rogelio Ramos Signes


SALDOS Y RETAZOS DE COBARDE VALENTÍA

 

Hay figuras que pasan a la historia simbolizando (vaya uno a saber por qué) el valor, el arrojo, el carácter indomable; hombres muy hombres, mujeres muy mujeres; gente hecha de otra madera y por la vida misma. Son mitos. Pero así como hay mitos de hierro, indestructibles, también los hay de arcilla. Y es sabido que a la arcilla es muy fácil convertirla en polvo. Pero si resulta ser verdad que el mito es una antesala del símbolo, ¿cómo puede subsistir un símbolo si el mito que lo parapetaba se desploma por sí solo? ¿O es que los muertos siguen gozando de buena salud?
La historia norteamericana (el espíritu heroico-aventurero de los habitantes de los Estados Unidos) ha dado una galería de personajes emblemáticos que, gracias al cine y a cierta literatura que nada se cuestiona, simbolizan algún retazo de valor; hilachas de no sé qué; bendiciones que el viento amontona en alguna parte. Buffalo Bill y el indio Gerónimo son cara y contracara (o viceversa) de una misma moneda que gira y gira en el aire sin decidirse a caer. Pero, ¿para qué andar con vueltas? Sólo se trata de dos payasos sanguinarios y tétricos; dibujitos coloreados para reproducir en afiches y remeras. 


Buffalo Bill (en realidad: William Frederick Cody) fue un jinete avezado y un diestro tirador. Nacido en 1846, debutó bélicamente en la Guerra de Secesión cuando aún era un adolescente. A los veintiún años ya se había hecho famoso matando bisontes (o búfalos, de ahí el apodo) para proveer de carne a los empleados del Kansas Pacific que hacían el tendido de esa red ferroviaria. Rápido e inescrupuloso, nunca se detuvo a pensar que sus balas estaban haciendo su pequeño aporte a la rápida extinción de esos fantásticos animales que atronaban las desiertas tierras del norte.
Dueño de una puntería prodigiosa, ya había tenido algunos años antes la posibilidad de practicar y ajustarla hasta límites inhumanos, disparando contra indios cheyennes y siouxs. También había logrado perfeccionar su pericia como jinete, trabajando para el servicio de correos que cubría los 3.600 kilómetros que separan Saint Joseph (en Missouri) de Sacramento (en la todavía españolizada California). Los buscadores de oro, gracias a este joven y a otros que como él se alistaban para el servicio del Pony Express, pudieron comunicarse con sus familiares, a través del inquietante Far West, hasta que en 1861 llegó el telégrafo, y el correo de tracción a sangre se hizo obsoleto y casi desapareció.
La matanza de búfalos y el famoso apodo del joven Cody vinieron después. La compañía ferroviaria llenó sus bolsillos; y William, a la postre rico y sin interés por continuar con la «carnicería», se hizo construir una mansión de tres plantas en North Platte, Nebraska. A los 37 años organizó su Show del Salvaje Oeste donde, bajo carpa y desde la arena de un circo, disparó sobre indios de cartón pintado y búfalos de madera, enlazó vacas que trabajaban a reglamento y montó en su infaltable potro blanco. Con el pelo hasta los hombros (la barbita y los bigotes peinados en punta, la ropa llena de flecos, el sombrero texano y las botas labradas) su imagen fue lo que otros quisieron ver en él; y él mismo fue una parodia de sí mismo. Con este espectáculo publicitado en coloridos carteles art-decó, viajó durante veinte años por los Estados Unidos de Norteamérica y también por Europa. Falleció en 1917, a los setenta y un años, mientras su país entraba en la Primera Guerra Mundial enfrentando a los imperios centrales; y en Rusia abdicaba Nicolás II.
Gerónimo (en verdad: Goyahkla «el hombre que bosteza») era un líder carismático; un orador elocuente, respetado por sus misteriosas visiones; y un tirador excelente, infalible con su rifle. Último cacique apache, Gerónimo supo cobrarse en sangre colonizadora la muerte de su madre, de su esposa y de sus tres hijos; y hasta terminó creyéndose lo que durante tanto tiempo hizo creer a sus contrincantes: que era invulnerable a las balas de los blancos. Con su familia ya destrozada comenzaron las tropelías de venganza, torturando y matando a cuanto blanco (hombre, mujer o niño) se pusiese en su camino. Pero los tiempos estaban cambiando; y los apaches, reducidos a un terreno en Arizona, ya no eran los dueños de las tierras. Esto, lejos de aquietarlo, sublevó a Gerónimo y a unos setecientos hombres que, durante años, volvieron a cabalgar por sus antiguos dominios.
Apresado en 1877, Gerónimo descubrió que sus enemigos ya no eran los mexicanos, que habían exterminado a su familia, sino sus coterráneos estadounidenses. No obstante esta «visión privilegiada», el jefe indio negoció con los invasores su propia vuelta a la reserva; hasta que un año después, con sólo ciento cuarenta hombres, volvió a las andadas, a sangre y fuego, e inscribió el capítulo más despiadado de su leyenda. A los sesenta años, cansado y hambriento, se entregó por cuarta vez y fue confinado a una reserva en Florida. Disfrazado de sioux, este indio apache que nunca había cazado un búfalo, organizó cacerías en detrimento del sufrido bisonte americano, desde el volante de un automóvil y con blanca bufanda de seda. A veces sustituía sus plumas impostoras por una no menos impostora galera renegrida, mientras vendía arcos, flechas y un trabajoso autógrafo en letras mayúsculas de molde. Así es como llegó a hacer una pequeña fortuna, apoyándose en bien pagadas arengas públicas de estudiado tono aborigen, que eran su fuerte; hasta que murió de una pulmonía en 1909, con más de ochenta años, en una reserva de Oklahoma.
Conclusión: así como Buffalo Bill (que escribió su desvergonzada autobiografía remarcando algún acierto y callando todos los errores) hoy representa la valentía y la destreza, Gerónimo (de quien se dice que hacía volar por el aire a niños blancos, para ensartarlos con su cuchillo) hoy es sinónimo de amor a la naturaleza.
La historia norteamericana reboza de estos personajes de gusto dudoso, les inventa un guión heroico y los lanza a la posteridad. Pero sólo la realidad perdura, abriéndose paso a duras penas entre el vapor incierto de tanto baño sauna. Y ya no se trata de la figura miope y torturada de Will Bill Hickock, esperando la salvación de una bala adversa en algún duelo. No. Lo que queda es la tétrica realidad bajo infinitas capas de maquillaje, la cara circense de Buffalo Bill sosteniendo su rifle (en una maravillosa foto de William Notman tomada en 1886) junto al cacique Sitting Bull (Toro Sentado, según nuestra matiné de domingo), que en verdad está de pie y, a juzgar por tanta pluma vistosa que lo rodea, más parece un pavo que un toro.
Ya se sabe que la fantasía creadora de la gente, surgida de sus propias necesidades, engendra seres a veces más cercanos a la ficción que a la mera verdad; siluetas nebulosas y etéreas que terminan desvaneciéndose bajo el sol de la desabrida realidad.

 


Rogelio Ramos Signes 
Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.