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 2006-04-A

 

       LA BIBLIOTECA DE BABEL*

                   Guillermo Bustamante Zamudio

 

0. «La biblioteca de Babel» de Borges comienza con la unidad mínima: el universo.

Cuando los hombres fraccionaron la materia, conjeturaron un momento en el que la sucesiva división cesaría. Átomo se llamó esa certidumbre. Pero el "indivisible" estaba compuesto. Con todo, llegó el momento en que la división se detuvo, no porque se hubiera encontrado el último ladrillo, sino porque a medida que agregamos energía para partir, agregamos masa. Para obtener lo más pequeño, tendríamos que poner toda la energía del universo, con lo cual obtendríamos... el universo. La partícula elemental es el universo (Chernogórova). 


1. El lenguaje sufre idéntica derivación: la unidad mínima de significación es la cultura: para entender una palabra, necesitamos de todas las otras. El universo borgiano es una biblioteca... manera ideal de representar el mundo humano. El hombre no puede huir del lenguaje, de manera que su universo es la palabra. Y en esa biblioteca están todas las palabras posibles. ¿Se necesita algo más? Árboles y agua, viento y fuego... son palabras, y en la biblioteca no sólo están ésas, sino que están explicadas, desvirtuadas, alteradas, maximizadas, conjugadas...
Ese universo es una estructura de galerías hexagonales ad infinitum. La biblioteca borgiana es omnipresente (sinónimo de universo), como el lenguaje. No nacemos hablantes, pero los hablantes, esos extraños, nos desnaturalizan con sus palabras, hasta que hablamos su lengua y somos hablados por ella: «Tú me enseñaste a hablar y mi ganancia es que sé maldecir. ¡Maligna peste te pague la enseñanza que me diste!», dice Calibán en La tempestad (Shakespeare). Entonces, ya no hay marcha atrás, no hay cómo salir de la biblioteca borgiana: «¿hacia dónde imaginar la huida, si la celda lo es todo?» (Pessoa).
Ese universo es simétrico, como la estructura que le da lugar. Galerías hexagonales, distribuidas de manera invariable, testimonian del soporte en el que los libros están. Que se pueda o no elucubrar el sentido es otra cosa. «A cada uno de los muros de cada hexágono, corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro». En Constantinopla hay una plaza, en la plaza una casa, en la casa una alcoba, en la alcoba una cama, en la cama una estaca, en la estaca una lora... ¿Por eso el arzobispo quiere desarzobispoconstantinopolitanizarse? El zoom va del universo a la letra. Hasta ahí, se configura una promesa: armamos la casa del ser. Ahora bien, ese Otro omnipresente, también es atemporal, según el primer axioma de la biblioteca: «La Biblioteca existe ab aeterno. [...] El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos».
Ahora bien ese Otro no es otro (un semejante). Por ello, el narrador compara «estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas». Sólo alguien que hable puede testimoniar del antes y del afuera del lenguaje. Así, una vez lenguaje, lenguaje siempre y se borra lo anterior... Y, una vez lenguaje, lenguaje por todas partes: «La Biblioteca es ilimitada y periódica», dice el texto. Por eso estamos tentados a creer que todo habla: animales, firmamento, líneas de la mano, entrañas de las aves...
Pero lo simbólico falla: los títulos de los libros «no indican o prefiguran lo que dirán las páginas». Y esto es apenas el comienzo del abismo, pues, según el segundo axioma, casi todos los libros son informes y caóticos: «por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias». El lenguaje es la casa del ser, sí, pero no está hecha a su medida (es más: no existe esa medida). La estructura no está ahí precisamente para significar. Ya decía Saussure: es falsa la idea de que la lengua es un mecanismo dispuesto con miras a expresar conceptos. Según el texto, en cierta región, los bibliotecarios piensan que buscar sentido en los libros es tan vano y supersticioso como buscarlo en los sueños o en las líneas de la mano. Para ellos, los libros nada significan en sí. La Biblioteca alberga todos los libros posibles, pues se registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (lo que incluye y sobrepasa todos los idiomas). O sea, lo simbólico es pura forma (eso dice la lingüística), el sentido es elucubración imaginaria. O sea, lo simbólico es una promesa incumplida.
Como todo libro posible está escrito, los hombres creyeron que la razón de la vida de cada uno estaba escrita en un libro de la biblioteca. Pero esto termina siendo incumplible, no porque no existan las vindicaciones (el narrador dice haber visto dos «que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias»), sino porque «la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero». Por eso, ya nadie espera descubrir nada.
2. Como la salida por el sentido más bien llevó a la depresión, muchos actuaron por fuera de lo simbólico, pero a causa de él: destrucción («eliminar las obras inútiles»), homicidio («se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas»), suicidio («Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes») y locura («Otros se enloquecieron»).
Pero la ironía de lo simbólico no tiene límites: «toda reducción de origen humano resulta infinitesimal [...] hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma».
3. Además de estos bordes de lo simbólico, hay otro camino: el trabajo sobre la letra. No aquel mediante el cual se consolida una búsqueda religiosa, barajando letras y símbolos, sino aquel gracias al cual conocemos la historia: el trabajo del narrador. Escribe, no obstante saber que su epístola ya existe en algún volumen. Un artista, digamos: alguien que forcejea con algo interior, pugna por sacarlo, así ya exista para los demás. La "verdad" de las vindicaciones del cuento, producidas por la distribución sistemática de los elementos en una matriz, es indistinguible. La verdad de la epístola del narrador es única. «La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres». El narrador se prepara a morir, escribiendo sobre el soporte de lo simbólico —un libro— pues no hay papel para que los sujetos remeden al Otro.

 

 

 Guillermo BustamanteGuillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, Colombia, en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas y Magíster en Lingüística y Español. En 2002, obtuvo el Premio Isaacs con su libro Convicciones y otras debilidades mentales y en 2007, su libro Rolesganó el Tercer Concurso Nacional de Cuento de La Universidad Industrial de Santander.Junto a Harold Kremer, ha sido un cultor del minicuento en Colombia a través de la fundación y dirección de la revista Ekuóreo y las antologías Antología del cuento corto colombiano, Los minicuentos de Ekuóreo y Segunda Antología del cuento corto colombiano. Ha publicado los libros de microrrelatos, Oficios de Noé, en 2005; Libro sobre microcuento, en 2008; escrito a dos manos con Harold Kremer y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia, en 2008. Varios de sus cuentos componen antologías de microrrelatos en Colombia e Hispanoamérica.

 

 

 *Este artículo fue escrito para Tardes Amarillas. Los derechos de autor son de propiedad exclusiva del Señor Guillermo Bustamante Zamudio. Para mencionar este artículo se debe mencionar fuente y origen.