Clint Eastwood

 

 

 

 

 

 

 

 

SOY LEYENDA

 Entró en escena montando una mula, figura antitética que parodia a John Wayne, el centauro humano. El Hombre sin nombre se convirtió en el primer héroe cínico y nihilista del arte emblema del siglo XX. En la nueva ecuación de este arquetipo posmoderno, el bien era sólo un desvío momentáneo en el trayecto hacia la fortuna acuñada en oro. Clint Eastwood era Antístenes, pero con un giro inmoral.

PASTA PARA REINVENTAR

Sergio Leone era un hombre de genio. Dirigió algunas de las películas más memorables en la historia del cine; luego tomó aire y dirigió otras que podríamos considerar imprescindibles. En la diferencia entre lo memorable y lo imprescindible hay mucho buen cine que no haríamos bien en soslayar por su carácter popular. El Spaghetti Western tal y como lo conocemos es fundamentalmente creación de Leone, pero también de ese titán de la pantalla que es Clint Eastwood. Juntos compusieron una versión alternativa (occidental) del Samurai errante interpretado por Toshiro Miffune en el film “Yojimbo”. El Hombre Sin Nombre apareció por primera vez en 1965, en “Por un puñado de dólares”, epítome del género Spaghetti, que encumbró a Eastwood como antihéroe y a Leone como autor lleno de marcas que otros imitarían hasta la vergüenza. La película costó apenas 200.000 dólares, e incluía trabajadores alemanes, españoles e italianos. Una salsa de lenguas en medio de una historia que procuraba, sin querer queriendo, reinventar el mito americano del oeste salvaje. Lo mítico tiene aquí un alcance que debe estimarse: el protagonista de la historia, un pistolero vagabundo que aprovecha las veleidades de dos poderosas familiasen un pueblo venido a menos, tiene una existencia que no puede calificarse de histórica (aún en el contexto de la ficción), sino de mítica, porque su incumbencia en otras películas del mismo director no viene por continuidad lógica.

No hay coincidencia para los tiempos cronológicos que corren entre“Por un puñado de dólares”, cuya historia transcurre pasado el año 1873, y “El Bueno, el Malo y el Feo”, ubicada en los últimos estertores de la guerra civil norteamericana, entre 1864 y 1865. Es, sin embargo, el mismo personaje. Tiene los mismos elementos identitarios, el poncho, el viejo sombrero, la misma gestualidad monocorde y, prácticamente, las mismas mañas. No sabemos nada de su origen o de su nombre. Lo nombran epítetos genéricos que no lo inscriben en ninguna geneaología: Joe, Manco, Rubio. Corre como un fantasma por la guerra civil y vive de lo que mejor sabe hacer, matar. ¿Qué nos cautiva tanto de semejante agujero en la forma clásica de desarrollar un personaje?

MITÓ-MANOS

El héroe clásico se inscribe en la historia a partir de acciones sobre la realidad. Estas acciones suponen una apuesta moral  siempre alta, de ahí el modelo mosaico del éxodo o su continuidad en el monomito cristiano que se extendió, por su elemento sacrificial superador incluso del estoicismo, al relato occidental. El Oeste, casi como el cristianismo, es un gran relato de conquistas humanas sobre lo que la hegemonía sanciona como profano. Lo profano de lo Otro, y lo profano Otro en el propio germen moral de la construcción colectiva. Esto habilita que haya indios y forajidos a quienes aniquilar. El metraje de estas películas del oeste clásico tiene esa vocación fálica de penetrar la cavidad desierta del oeste virgen durante tres horas de vértigo heroico, de estatuas kantianas y semihéroes en tránsito a la redención. Estos héroes se inscriben en la falta, como una porción rota del ADN de la historia norteamericana, la completan con una historicidad que es la propia. Ahí también son profundamente morales, a pesar de las humoradas.

Leone entendió el universo de una manera diferente. Los modelos del western no son las epopeyas de la colonia, sino las obras homéricas. Aquiles, Héctor, Agamenón, todos ellos son los primeros y auténticos cowboys de la ficción, lo que equivale a decir que la historia del oeste salvaje en el cine es una historia de tragedias y dioses miopes y envidiosos. La pregunta es cómo sostener la talla de estos relatos sin apelar a la moralidad binaria y sin forjar, a su vez, una afrenta distanciada del carácter popular de ese fenómeno fílmico del Spaghetti Western.

ESTE, EL DEL OESTE

El hombre sin nombre, por su dimensión mítica, es un espacio de representaciones de la ubicuidad posmoderna. Es vicario de eso que Silvia Ons denominó “cinismo epocal”. Mientras que Antístenes, el cínico clásico, rechazaba la oferta de Alejandro de servirse de cualquier favor que de él pudiera solicitar, el hombre sin nombre jamás rechazaría semejante abanico de posibilidades. Las instituciones en esta suerte de neocinismo, no son algo que debe combatirse en pos de una vida más simple, menos viciada por los desórdenes de lo social, sino aquello que puede servir dependiendo de las circunstancias. El éxito constante del personaje de Eastwood se debe a esa habilidad casi natural para pivotear con las instituciones precarizadas en aquella especie de vórtice del mundo que es el escenario social de los Spaghetti Western.

Lo que sigue sorprendiendo es que incluso en nuestros días nos cueste hallar personajes de semejante envergadura, movidos por una ambición que supera la vanidad o el anhelo de poder. Casi como ver a un hombre-pulga saltar a mejores y más nutritivos pelambres, dado al goce momentáneo de saquear lo civilizado con cierta cuota de estilo, hacerlo siempre bajo el sombrero del humor, volviendo al narcisismo una cortina de humo para salir por la puerta trasera.

 

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