el ombligo de piedra

                  

 

 EL OMBLIGO DE PIEDRA

          La columna de Rogelio Ramos Signes

 Cosas que duelen

 

Del minucioso caos de mi escritorio extraigo tres recortes que responden a otras tantas desazones. Son simples frases ofensivas, conjuntos de palabras corrientes, hermandas por una orientación vergonzosa, a saber: la carta de un lector dirigida a una revista de cuyo nombre no quisiera acordarme (y que Pedro Shimose incluye en un poema magistral), una hoja promocional de una red de comunicación por computadoras, y un fragmento de una de las tantas declaraciones de quien es presidente argentino a comienzos del 97. 


Bajo las iniciales G.F.G., que tal vez escondan a un cazador furtivo de Carolina del Norte (como allí se sugiere) o a algún argentino muy bien pagado en otra moneda (como suponen quienes logran leer bajo el agua), la edición local de una revista extranjera llamda Visión, publica en enero del 97 una carta referida a nosotros «los latinos, o de la raza española» (sic). Allí el lector, a la postre escritor, se asombra de la «terca estupidez» que emanamos al pretender ser tratados «como iguales» por los habitantes de los Estados Unidos de Norteamérica. «Nuestras Fuerzas Armadas —dice G.F.G., o quien sea— podrían barrer vuestro precario continente en una semana, si quisiéramos». Luego nos trata (continentalmente) de «ridículos», habla de la «curiosidad» que ellos sienten por nuestros «países atrasados», se refiere a México como al «hall trasero» de los EEUU y asegura que no tenemos otra cosa para ofrecerles más que «pobreza y algunas bananas». Con respecto a los argentinos, hace hincapié en nuestro inveterado complejo de superioridad y expresa textualmente «Estoy convencido de que el delirio de grandeza los llevó a atacar a nuestro aliado, el Reino Unido, en las Falklands. Cuando mi corporación me mandó a la Argentina por negocios, no podía creer la arrogancia y estupidez de esta gente. Yo pensaba ¿es que no se dan cuenta estos idiotas que su país es super pobre y primitivo?». Y, a modo de despedida, añade «Les doy un consejo. Acepten la realidad de que sus naciones son nuestro servicio doméstico». ¡Deplorable!
Si bien, a pesar de algunas bravuconadas, este hombre de Carolina en algunos puntos puede tener razón, me resisto a aceptar su manifiesta superioridad, su racismo, lesivo para con buena parte del género humano, y su profunda ignorancia. Pero, por sobre todo y como argentino, me niego a que se me emparente con quien tomó la decisión de tomar las islas Malvinas, un alcohólico que, en medio de un delirium tremens heroico (es decir: hecho una uva) mandó a la muerte a cientos de chicos de apenas dieciocho años.
El otro recorte, que en realidad es una fotocopia, incluye «algunos comentarios sobre la nueva era comunicacional». Es un texto de promoción, exagerado (lindante con lo mentiroso), moralmente apocalíptico y agresivo sin necesidad. «Ser web-visto pronto será sinónimo de existir» reza el cibernético folleto (la web es una «red interactiva de redes, multimediática, hipertextual» según la jerga cargada de neologismos de sus incondicionales sofistas). «Cada vez más, ser y tener ( a pesar de las críticas facilistas en contrario) van unidos, y consumir se convierte en un rasgo de construcción de la identidad» asegura este despropósito promocional. Y, fíjese usted lo que son las cosas; yo opino todo lo contrario. Es que en mí prendió aquello de que ser es más importante que tener, y me resisto a que vayan unidos como dos buenos hermanitos. Y a pesar de que he sobrevivido al margen de cualquier religión, creo que esta aseveración de la www denigra hasta los más elementales fundamentos de todos los credos (el calvinista incluido). Ningún principio fundacional de fe religiosa alguna aceptaría que tener sea tan importante como ser, a pesar de que el consumismo nos haya desquiciado a todos, incluyendo a los voceros de las creencias divinas. Adquirir cosas, presionados por la publicidad, jamás puede ayudarnos a construir nuestra identidad, sino a masificarnos sin ningún miramiento.
Quiero aclarar que esta estrategia militar llamada www significa «world wide web» (algo así como «membrana del ancho mundo», para expresarlo poéticamente), aunque bien podría significar «wet wet wet» («húmedo húmedo húmedo») denominación tan afecta a la cinematografía pornográfica como a la peor música pop. Si ser web-visto es existir, hay que reconocer que nuestros verdaderos hombres de campo, trabajando la tierra al margen de los relojes, y cierta parte de la población citadina, desconocedora del mundo de la computación, ni siquiera ingresan en las estadísticas de las empresas de comunicación interactiva. Ni hablar del niño que juega a la pelota en vez de meterse en los laberintos del ciberespacio o de los escritores que aún siguen escribiendo a mano.
El último recorte, que podría parecer desconectado pero que no lo está, se refiere a algunas declaraciones de un diminuto presidente argentino de fines del siglo XX, nacido en La Rioja y conocido supersticiosamente por el apodo Méndez. Demás está decir que la Argentina de estos (de esos) tiempos es un reguero de corrupción, donde parece que la justicia a nadie honesto protege y donde la ley de la selva ha terminado por imponerse. Sintetizando: el gobierno (sucursal de otro gobierno más grande que reside lejos y que podría barrer nuestra precariedad en una semana si se lo propusiera) ha ganado una batalla desigual en la que poseía el manejo de todos los artilugios de la tortura moderna, el pueblo derrotado jamás podrá ser web-visto, y sólo nos queda asumirnos como el servicio doméstico del servicio doméstico del gran hermano del Norte. ¡En fin!
Para terminar, recordemos alguna frase de dicho estadista pequeñín, referida a su acción de gobierno: «Nunca una agachada, nunca una mentira, jamás la demagogia o el populismo; siempre la verdad como corresponde, por más que duela». Ni más ni menos que la cereza que corona el postre.
Jorge Luis Borges, fallecido en 1986, tendría argumentos más que suficientes (o el desgano bien merecido) como para intentar (o no) algún nuevo texto que ingresara en su magnífica Historia Universal de la Infamia.

 

 

Rogelio Ramos SignesRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.