Editorial 27

 

Vivimos tiempos difíciles. Mantener en la red una revista sin el apoyo económico de ninguna institución y merced al esfuerzo de tres o cuatro personas, es harto difícil pero sin embargo, Tardes Amarillas sigue dando pelea.
En tiempos tan convulsionados como los que se viven, con tantos intereses políticos y tanta ideología en juego, mantener cierto equilibrio se transforma en poco menos que misión imposible. No obstante, quienes hacemos Tardes Amarillas, tratamos de no dejarnos llevar por la marea y dedicarnos en exclusiva a tratar de mantener los estándares de calidad de la revista sin tomar en cuenta la ideología de los autores. Para nosotros, el arte no debería ser ideologizado, más allá de que cada poesía, cada fotografía, cada pintura o cada texto tenga una incidencia o un impacto político.
En estas páginas hemos dado cabida a mucha gente con la que no compartimos su manera de ver la realidad pero no reconocer su talento y sus aptitudes artísticas no solamente sería un despropósito sino también un acto de discriminación.
Tampoco es fácil mantenerse en una red superpoblada de publicaciones dedicadas a la cultura; en este terreno marchamos en desventaja porque hay miles de páginas dedicadas en exclusivo a la literatura o a la fotografía o al cine mientras que nosotros nos hemos puesto como norte abarcar la cultura en general y eso, mal que nos pese, conspira a la hora de mantener la calidad de lo que se publica. Sin embargo, esta, nuestra mayor debilidad, también es nuestra mayor fortaleza porque (a riesgo de parecer soberbio) creo que las revistas virtuales dedicadas al arte en su conjunto y que abarquen un amplio espectro de las manifestaciones artísticas de distinto tipo, no son tantas. Entonces, el menú que ofrecemos a nuestros lectores termina siendo atractivo porque en una sola página se pueden leer artículos, notas, textos, ensayos, trabajos académicos y hasta disfrutar de las imágenes que siempre están a un click de distancia.
Tengo la presunción de que se avecinan tiempos aún más difíciles, sobre todo para el arte, pero también tengo fe en la posibilidad de que, de alguna manera, esta manifestación del alma humana servirá, aunque no sea suficiente y solo sea paliativo, para tratar de gestar una sociedad con mayor coherencia y en la cual el valor más apreciado no sea el monetario o el económico o el ideológico sino algo más profundo que vaya creando lazos que nos permitan superar las antinomias que tanto buscamos y después padecemos los argentinos.
Al menos y más allá de que solamente sea una utopía, seguiremos trabajando con el objetivo que alguna vez nos propusimos como meta y respetando los principios que nos impulsaron a este proyecto.
Ojalá que en el futuro, mediante la difusión de los valores del alma humana y el disfrute del placer estético seamos capaces entre todos de construir un mundo mejor para que vivan las generaciones que habrán de sobrevivirnos.

                                                                                                           Antonio Cruz
                                                                                                                 Director