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el ombligo de piedra

 

         EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 

Textos para/lelos

 

Con las ahora recientes, pero más o menos cíclicas, discusiones acerca de la ortografía en la lengua española, temas de siempre parecen convertirse en la preocupación del día. Y si bien hay algunos (como García Márquez, entre otros) que bregan por la erradicación de la «hache», hay quienes (como Camilo José Cela, entre muchos más, afortunadamente) que defienden no sólo las «haches» sino que consideran que el idioma ya ha sido lo suficientemente economizado con el correr de los siglos como para podarlo todavía más.
Ya no sólo es una cuestión de la lengua, sino política también. ¿Por qué hay que emparejar siempre hacia abajo? ¿Por qué no elevar lo caído y luego emparejar en la altura?
Yo, como cualquier padre de algún adolescente de hoy, llevo sobre mi espalda la cruz de su mala ortografía. Lo probé todo, imaginé otro tanto, y el fracaso fue la única constante. Por eso es que me pregunto ¿cómo nos enseñaron a escribir, ya fuera en la casa o en la escuela? ¿cómo descubrimos por nosotros mismos que los libros no mordían? ¿cómo nos dimos cuenta que era casi imposible pronunciar una «ve corta» antes de una «ere» sin convertirla en «efe»? ¿cómo pudimos sobrevivir a una infancia provinciana sin televisión?
Imaginemos a un joven de los años '60 llegando a una cita amorosa con una raqueta de tenis en la mano. La situación ni siquiera hubiese sido ridícula; en última instancia habría resultado absurda. Lo que correspondía era llevar un libro; pero el libro no era parte del atuendo. En muchos casos el libro era el punto de partida para ponerse de acuerdo, o para disentir, o el pretexto para la charla, o el motivo para un próximo encuentro. Si el libro era de poesía o de política, la situación estaba clara. Si era de narrativa, las derivaciones podían ser algo más inciertas; todo eso nadando en un caldo de no-violencia, aderezado con música de Los Beatles y las «películas de autor» en un cine-club. La cultura era parte de nuestro mundo (como el trabajo, como la comida, como la vestimenta) y también nos entreteníamos con ella.
Pero un mundo de no tan viejos intelectuales pacifistas hoy bombardeado por los medios de comunicación, por el triunfo momentáneo del capitalismo, por el avance de venéreas homicidas, ha dado descendientes «prácticos», sin tiempo para la cultura. La mala ortografía es sólo el detalle que muestra la hilacha de una sociedad financiera, post-idealista y vacía.
Nuestros hijos no lo saben; al parecer no tienen por qué saberlo. Les enrostramos su falta de interés y ni siquiera se defienden. Es que no comprenden la situación y, en el mejor de los casos, sienten lástima por nosotros. ¿A quién le puede interesar que sanaoria se escriba con «zeta» y con «hache» intermedia? —se preguntan— ¿para qué sirve la «hache» y para qué sirve la «zeta»? Parece que hay que comprenderlos y legislar para ellos.
Quizá en su lógica y poco imaginativa apreciación, vueno (con «ve corta») no sea algo tan bueno, o baca (con «be larga») sea un descomunal bicho mitológico. Lo que me lleva a suponer, inocentemente, que belocidad es hablar de 100 kilómetros por hora para arriba. Si fuese así, el lenguaje se simplificaría y terminaríamos prescindiendo del adjetivo alta. Velocidad escasa se escribiría con «ve corta» y sobraría el calificativo escasa. Reservaríamos entonces la belocidad con «be larga» para las sensaciones fuertes. ¡Guau! Todo tendría una correspondencia gráfica con la realidad; el feliz matrimonio entre la palabra y el dibujo; el sueño de los poetas concretistas hecho realidad. Si es verdad que a la locura no la determina la especie (humana, en este caso) sino la historia y su ininterrumpida sucesión de imágenes; el bigote de Alfredo Palacios se escribiría con «be larga», y con «ve corta» el de Cantinflas. Coincidiríamos en la ortografía de bisontes, búfalos y ballenas; también en la de virus. No así en la de bacteria (donde se impondría la «ve corta») y dejaríamos librada a su propio tamaño la denominación de vívoras y de bíboras, sin preocuparnos por esa odiosa e indecisa víbora de la que tanto hablan los libros. ¿Tendría sentido meternos con la «hache», con la «ge», con la «jota», con la «ye» y con la «elle»? No. No tendría sentido. Porque, aunque es harina del mismo costal, sería como confundir textos paralelos con textos para lelos. ¿Se entiende? Es una situación muy odiosa.
Lo cierto es que la mala ortografía (salvando, como siempre, algunas rarísimas excepciones) es una constante en las últimas generaciones. Y no todo es culpa del distraído alumno, que no encuentra sentido a esos tecnicismos, sino de la puesta en práctica de algunos métodos que vinieron a sustituir a otros que habían dado buenos resultados.
Algunos aseguran que ahora los jóvenes van al fondo, sin detenerse en la forma. Eso los convierte en individuos prácticos. «¿Qué importa cómo se escribe si igual se entiende lo que se dice?» parece ser su pregunta y a la vez su escudo. Pero sé de alguien que escribe avitasion (sin «hache», con «ve corta», con «ese» y sin acento) por habitación; cuatro errores en una sola palabra. Y que me cuelguen si, fuera de contexto, logramos relacionar avitasion con habitación. Si no fuera porque los que mal-escriben es porque mal-leen, podrían valerse de esa frase de Lichtenberg que dice "Las reglas de la gramática son meras convenciones humanas,; por eso cuando el diablo se le aparece a los poseídos habla un mal latín".
Sarmiento ya proponía la eliminación de algunas «haches»; don Juan Ramón Jiménez sustituía la «ge fuerte» por la «jota»; Borges insistió en algunos poemas de su juventud quitándole la «de» final a palabras como verdad o mitad, y acentuando la vocal (verdá y mitá); pero son hechos aislados, producto de la libertad creadora y no de la ignorancia que impide diferenciar entre una escalera y un plato de sopa.
Hay algunos errores que son muy frecuentes. Tal es el caso de quienes escriben preveer, en vez de prever, seguramente por la familiaridad sonora con proveer; pero sin detenerse a pensar que prever es «ver previamente», y a nadie se le ocurriría escribir veer en lugar de ver. Los ejemplos de errores en este sentido suman cientos, pero elegí el de preveer por ser uno de los más visitados.
¿Y los acentos? ¿Cómo hacerle entender a alguien que minimiza la ortografía, la importancia de los acentos? ¿O es que líquida y liquida pueden significar lo mismo? ¿papa y papá, hacia y hacía, César y cesar, libro y libró, carne y carné? Es más, lo mire por donde lo mire, no es lo mismo un púlpito que un pulpito. Claro que los enemigos de la lengua (que en verdad aprendieron mal algunos ejemplos para sostener su ignorancia) se defienden argumentando algunas oscuridades de nuestro clarísimo idioma. Tal es el caso de cura (terapia) y cura (sacerdote), lima (herramienta) y lima (citrus), gato (mamífero) y gato (cricket). Pero ninguna de estas palabras llega a plantear la mínima duda ortográfica; salvo que pretendamos sustituir la inalterable «zeta» de manzana por la «ce» de cuadra o la «efe» de fruta ¡esas utopías!
Al momento de concluir estas líneas (y con la columna ya saturada) compruebo que sólo he hablado de errores de gente ya «alfabetizada»; de cosa escrita, en sí. El tema sólo está esbozado, por supuesto, pero vale como botón de muestra. Quedaría por decir algo con respecto al habla cotidiana (no escrita) de gente con la que conversamos a diario; de nosotros mismos, en todo caso. En fin. No se pierda (usted) el próximo capítulo de esta aburrida y enternecedora historia.

 

 

 

Rogelio Ramos Signes

Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.