el ombligo de piedra

 

 

 

  EL OMBLIGO DE PIEDRA

 

La columna de Rogelio Ramos Signes


Con «eñe» de ignorancia

 

Cuando quienes trabajamos en una publicación dedicada al tema de la arquitectura, o en alguna actividad afín, escuchamos la palabra corralón enseguida pensamos en un negocio de venta de materiales para la construcción. No se nos plantea duda alguna. Sólo el contexto nos sacaría de nuestro posible error. La historia podría ser así: a alguien le han robado. Impotente para perseguir al ladrón por sus propios medios, pide ayuda gritando «corralón, corralón»; es decir «córranlo». Si el hablante, igualmente equivocado, hubiese dicho «agarrelón», nos habría dado una pista más certera acerca de lo que sucedía.
Hablamos mal, lo que no sería un pecado si nos interesase hablar bien. Pero como no nos interesa hablar correctamente, lo que hacemos sí es un pecado. Metafóricamente, se entiende. 

Los dislates que a veces genera nuestra lengua (más allá de las germanías propias de cada región) dificultan y traban la comprensión. Por miedo a herir la susceptibilidad de quien nos habla no le corregimos sus errores, aun cuando estamos seguros de su equivocación. Y otro tanto hacen los demás con nuestros errores, supongo. O sea que todos (unos y otros) hacemos lo posible para convertir nuestra lengua en una auténtica «mesa de saldos», llena de titubeos y petulancias, vicios públicos y privados, impropiedades de toda laya y un pelito de vagancia.
Hay algunos errores que son comunes a la mayor parte de la población; decir lagaña por legaña sería uno de ellos, quizá el más corriente, al igual que bordalesa por bordelesa, o bien botamanga por bocamanga. Son errores generalizados, muy extendidos, como hornalla por hornilla, como rebalsar por rebasar.
Existe luego un segundo grupo de «malhablantes», numeroso también, que ha conseguido con su insistencia de décadas y décadas que algunas palabras incorrectamente pronunciadas se terminen aceptando también como válidas. Así es como hoy vale tanto retorcijón como retortijón, ambidiestro (que continúa sonando a «dos manos derechas») como ambidextro, cantinela como cantilena, y renguear como renquear. A pesar de los grandes esfuerzos, este grupo (de alguna manera hay que llamarlo) aún no ha conseguido que caja toráxica sea aceptada en vez de (o junto con) caja torácica, vorágime en lugar de vorágine, estrambólico por estrambótico, intérvalo por intervalo, el verbo tipear por el verbo tipiar (que en verdad tampoco existe, pero que es un neologismo derivado de tipiadora, que tanto significa mecanógrafa como máquina de escribir) y cónyugue que no logra imponerse a la par de cónyuge, algo más difícil de pronunciar. Sin embargo la Real Academia ya aceptó, hace mucho tiempo, murciégalo a la par de murciélago.
Otro grupo, todavía no de chaleco pero sí para tener en cuenta, agrega a los errores de los grupos ya citados estas perlas: cabretilla (supongo que de la unión de cabrero con carretilla) por cabritilla (piel curtida de cabrito, de cordero o de cualquier animal pequeño), calcamonía por calcomanía (hoy la palabra adhesivo limó los bordes; aunque también ganó terreno, desgraciadamente, el término sticker), destornillarse de risa (algo así como «desenroscarse de puro divertido») por desternillarse (romperse por exceso de risa los cartílagos de las mandíbulas llamados ternillas), jeringoza (¿mujer afecta a portar jeringas? ¡qué específico!) por jerigonza, lúdrico (algo referente a las nutrias) por lúdico (algo relativo al juego), alberja (¿la verja de Alberto? ¿la piscina de las legumbres?) por arveja, trascartón (una particularidad en el juego de naipes) por trascantón (a la vuelta de la esquina y, por extensión, enseguida, ahí nomás), crosta por costra, dentrífico por dentífrico (o pasta dental, que es tan sencillo), plariné por praliné, o Tergopol por Telgopor (que es una marca de poliestireno expandido). Y ya.
Los integrantes de este grupo son, casi sin excepción, dequeistas. Suelen comenzar sus frases diciendo "yo pienso de que...", "algunos saben de que...", "me contaron de que..." y todo por el estilo. Son los que confunden costo con valor, y preguntan "¿cuánto vale esto?", o "¿qué vale esto?", lo que resulta todavía más triste. Si alguien les respondiese acertadamente "esto vale mucho, pero cuesta poco", no sabrían cómo reaccionar. Suelen ser los mismos que preguntan "¿dónde es el baño?" por decir "¿dónde está el baño?". O sea que la lengua que practican se asemeja al inglés, donde ser y estar son un mismo verbo. ¿Será su motivo de orgullo? Y permítaseme una digresión. El poeta uruguayo Mario Benedetti menciona algo de esto en su poema Ser y estar, imposible de reproducir completo en esta columna, aunque sí puede ser citado: "Oh marine / oh boy / una de tus dificultades consiste en que no sabes / distinguir el ser del estar / para ti todo es to be / ... / una mujer es buena / cuando entona desafinadamente los salmos / y cada dos años cambia el refrigerador / ... / en cambio una mujer está buena / cuando la miras y pones los perplejos ojos en blanco / ... / un hombre es listo / cuando obtiene millones por teléfono / y evade la conciencia y los impuestos / ... / en cambio / un hombre está listo / cuando ustedes / oh marine / oh boy / aparecen en el horizonte / para inyectarle democracia".
Y todavía hay un grupo final, exquisito, único (gracias a Dios) que dice utensillo por utensilio, locción por loción, comisería por comisaría, apreta por aprieta, enrieda por enreda, especimen por espécimen, ecsenario (o exenario; vaya uno a saber cómo lo escribiría) por escenario; un grupo que confunde Brígido con rígido, y gastronómicas con astronómicas (refiriéndose a las cifras, aunque sin pensar en las comidas), y que inclusive hace un uso, digamos "casi portuario y machista", del primer numeral: primer maestra por primera maestra, primer tarde por primera tarde, primer ocasión por primera ocasión. Y todo así hasta el infinito; incluso con literatura que avala el error: hay un tango donde se habla de una primer cita, donde la paica Rita (al ñato en cuestión) le dio su amor.
Se habla mal, entendámoslo. Se habla cada vez peor y, al parecer todos tenemos la obligación de saber de qué nos están hablando. Ya no es el caso de la calor, que alguna vez fue una licencia poética, como la mar o la esperma o tus espaldas o mis narices o la «e paragógica» de amore (en Tucumán se practica una joya deportiva: la penal por el penal) sino la sustitución de una palabra por otra, cuyos significados nada tienen que ver. Adicción por adición (y su viceversa) quizá sea el caso más común, pero, desgraciadamente, no el único. También es para tener en cuenta el significado incorrecto que se le da a algunas palabras. La interjección ¡ojalá!, que expresa un vivo deseo, suele ser usada como sinónimo de la conjunción aunque; algo así como pronunciar «pescado frito» cuando queremos decir «mi amor» (y aquí estoy citando al maravilloso Oliverio Girondo).
Si a todos los ejemplos dados les agregamos la enfermiza necesidad de pasar por cultos que tenemos, cuando en realidad no lo somos, y hablamos «con bibliografía» atribuyéndoles frases incorrectas a personajes concretos, inventando palabras de dudoso buen gusto, dando por cierta cualquier suposición que se nos pase por la cabeza, la comunicación termina siendo un cachivache indigerible. Hubo épocas (y supongo que habrá sido un chiste que nunca llegué a comprender) cuando algunos decían «me es inverosímil» por decir «me es indiferente», o "no lo bifurco" por "no lo ubico". Y siguen diciéndose cosas terribles; sólo es cuestión de buscar un poquito en la memoria.
Pero no nos engañemos; no es cultura lo que nos falta, sino que somos «débiles» y nos está sobrando información innecesaria. Tal vez por eso extranjerizamos, o barbarizamos, cualquier palabra: bijouterie por joyas de fantasía (ya existe la palabra bisutería aceptada por la Real Academia Española), boutique por tienda (la «popu» la argentinizó en butí), coiffeur en vez de peluquero (hoy estilista, por Dios), charter en vez de vehículo alquilado, grill por parrilla, container por contenedor, y muchísimos ejemplos más dentro de un etcétera enorme. Lo peor de todo es que también extranjerizamos las palabras escritas en español. Y no busquemos ahora ejemplos relacionados con la lengua inglesa (como el lunfardísimo chabón que algunos, con toda seriedad, pronuncian cheibon, o bien claimax por el sobrecogedor clímax, o kitchen, garden, water, todo a full) porque eso superaría los límites de esta columna.
En todo caso echemos mano a lo más corriente, a la impensada necesidad de italianizarlo todo; donde (en el trueque de «ele» por «elle») nuestro aborigen Avallay pasa a llamarse Avalay, Gallo es Galo, Grillo es Grilo; donde («che» por «ce») hablar de la castigada ciudad de Caucete es referirse al terremoto de Cauchete, o de enfermos terminales de leuchemia (¿ya existirán las mezclas preparadas con cal y chemento? ¿y los muertos que ingresan al chementerio?) sin olvidar la multitud de hablantes que a cualquier «ge» seguida de «ene» la transforma en «eñe». Así es como aparecen los simpatiquísimos ñomos (¿será por obra y gracia de los ñósticos que impreñan de misterio el interreño de la noche?), los poetas ñómicos hacen de las suyas (esto me indiña y me repuña, como en el viejo chiste), la actividad piñoraticia domina los mercados y (pido perdón a mi abuelo alicantino) se transforma en Siñes el apellido Signes ¡tan valenciano! ¿Serán maliñas fuerzas en puña? ¿será la diñidad de la mañolia venida a menos? ¿será lo mañánimo de lo iñoto, y yo no lo sabía?
Todo esto, a pesar de que amo y defiendo incansablemente a la menospreciada letra «eñe», ¿qué quiere que le diga? a mí siempre me pareció el resultado de una tremenda iñorancia.

 

(El ombligo de piedra, Libros del Hangar, Tucumán, 2001)

 


ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.