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 Mónica

 

 

   Tamir Elías Andrade

Una voz en la oscuridad


Por Mónica Maud, Santiago del Estero*

Especial para Tardes Amarillass 

 

No hace mucho tiempo me enteré del fallecimiento de Elías Andrade.
Fue un instante único, en el que se acopiaron en mi cabeza un sinnúmero de recuerdos. A Elías no lo veía hace mucho, pero algo de él había dejado su huella.

Conocí a Elías, cuando recién empezaba mi tarea de editora del suplemento cultural de Nuevo Diario, sería entre los años 2002 y 2005; llegó a visitarme acompañado de una amiga, quien me había anunciado su visita.
Era un hombre alto, muy erguido, de porte militar, pero en su rostro mostraba una sonrisa, una afabilidad casi incompatible con su apariencia. Se presentó como Tamir Elías Andrade, el marroquí. Luego, supe que ése no era su verdadero nombre, puesto que su lengua natal era el árabe, su nombre era árabe. Un día le pregunté por qué lo había reemplazado y su respuesta fue simple: "Tuve miedo" Hacía muy poco tiempo del atentado a las Torres Gemelas.
Durante aquella primera entrevista, conocí algunos de sus versos. Algunos, digo, porque Elías no manejaba con fluidez el castellano y era ayudado en la escritura de sus versos. "Voy a tomar clases de español", prometió, al tiempo que me iba aclarando algunos términos; yo no conozco el árabe. Nuestras fuerzas se medían a través del idioma y de la poesía.

 Su poesía me impactó; era increíblemente neurálgica, había en ella un foco de tristeza enmascarado con palabras coloridas. Apenas leí dos o tres, comprendí que Elías tenía el corazón partido y que un dolor en su estómago lo estremecía, con tanta intensidad, que incluso me contó que no dormía. Él había advertido ya mi mirada, una mezcla de pena y misericordia, pese a que yo aún no había comprendido qué cosa tan oscura sustentaba tan bella poesía.

Cuando leí, por ejemplo, el poema "Templanza", 

Vi la luz
en un flanco de África,
donde el sol
mira fuerte...sin excusas...

Dónde van
las voces del agua...?
Dónde rondas
gaviota tu sueño...?

Lame el sino
los astros sin tiaras.
La fiebre acecha
del crimen del cielo.

Gaviota
del viento azul...
deja que mis sienes
cuelguen tu grito blanco. 

le pregunté a qué se debía el uso de tantos puntos, de los tres puntos, y le hice hincapié en que esos signos eran irrelevantes en la poesía. No voy a olvidar esas lágrimas en sus pupilas al explicarme, en un castellano precario: "Tengo un nudo en la garganta, no encuentro palabras para decir lo que siento"

Cuando Elías volvió a traerme poesías-nunca me pidió su publicación-, me solicitó que las leyera y que le dijera si estaban escritas de manera inteligible. Me sorprendí del uso de nuestro idioma, ya estaba él estudiándolo y se esforzaba en ello. ¡Cuánta fue su felicidad, cuando le dije que me encantaban esos versos! Era como un niño. Era feliz con una sola palabra y no tenía prejuicios por manifestarlo. Era como una luz pequeñita que se encendía, solo a veces.
Entonces, me sentí obligada a indagar un poco más, le pregunté que qué hacía en Argentina; fue suficiente para que Elías abriera la puerta de su silencio y comenzara a hablar sin parar. Supe, entonces, que ya no podía ocultar sus dolores.
Su relato comenzó con un: "Ay, que he pecado" y una sombra en sus espaldas pesó más que Alá. Y siguió contándome que guardaba un inmenso sufrimiento, como consecuencia de su participación militar-era soldado- en la guerra contra Afganistán; dijo que no podía soportar el recuerdo de los niños que debió matar en lugar de rescatar y de otros tantos pequeños que dejó morir sin poder ayudarlos. Hundido en el barro, con fríos, calores y carcomido por el hambre, se había arrepentido de haberse enlistado en el ejército. Y confesó que huyó; sí, huyó de su país porque ya no lo soportaba; lloró mucho cuando debió huir, relató, pero no tenía ninguna otra opción, pues lo acusarían de traidor a la Patria, o lo que es peor, de cobarde. No se creía cobarde solo por no entender la guerra.
Elías era musulmán, de ahí su terror de que lo consideraran terrorista, sin embargo, supo reconocer que no solo no lo hicieron a un lado, sino que en Santiago del Estero, se lo integró inmediatamente a los grupos literarios. Ese hecho lo hacía feliz. También era feliz con la paz argentina. "Esto es un paraíso", solía decir, "camino tranquilo por las calles y veo tantas flores, tantos colores, ¡hasta puedo tocarlas!", se sorprendía.
Hacía referencia, además, a su pueblo; expresaba que los mayores enseñaban a los más jóvenes a curarse con hierbas y empastes, ya que no había médicos en Marruecos, tan pobre y empobrecido por la guerra; así fue como él mismo aprendió de sus ancianos-así los nombraba- a alivianar el dolor del cuerpo con ciertos y precisos masajes en puntos clave.

Creo que la última vez que vi a Elías fue una mañana que llegó a dejarme su última poesía, titulada "¡Cuándo!" (Aparte); ya su español era casi perfecto. Le prometí publicarla en el espacio de cultura, dialogamos unos minutos y antes de retirarse, me miró y me dijo: "Tiene una pena en tu alma. Sus ojos están tristes"
Acaso por tal acierto, nunca dejé que su recuerdo se desvaneciera. Hasta hoy, en que lamento estas palabras, que me resuenan dentro como la misma muerte, su muerte. Tal vez, su paz, al fin.

 ¡Cuándo!

¿Qué dirán sus ojos
cuando me recuerdan?
¿Dicen lo mismo los míos
ya que no la tengo?

En alas blancas emigra mi recado.
Sin la pócima nutriente de sus labios.
Sin la lumbre sedante de su cuerpo
sin su amor en turbas... Desbocado.

De hinojos...
Ama de mis noches
inquieta te imagino.
Desandando ensimismada
mi memoria.

Cuando exhumo el anuario de su veda
y ojeo desbarnizando mi plegaria
que breve te rescato y te diluyes,
¡cuándo el lucero vira eclipsado por el alba!

¡Qué de albas estivadas!
Y mi yo...cascadas de tus lágrimas...
Dialectos de brisas traducen tu insomnio.
Morunas ojeras reflejan declives del sol en la greda.

¡Oh, poesía, que tan ruda suenas!
Que cítaras manen y dancen estepas.
Agrestes sílabas desveladas rielan
¡Nupciales septiembres...y he de morar en ella!

Todo el dolor, todo el placer, la desnudez del hombre en la palabra; una vez le pregunté a Elías Andrade si temía a la muerte. Sorprendido, me respondió: "No podría darme ese lujo, ¿no?" y continuó sonriendo como siempre.

Apuesto que desde donde esté, nos observa y es feliz, simplemente porque estamos leyendo su poesía; una vez lejos de su hogar, fue la poesía la que lo salvó y lo redimió.

 

Mónica Maud (1962) es oriunda de Santiago del Estero, Capital. Ha estudiado Letras en los niveles terciario y universitario. Ha ejercido muy poco la docencia ya que decidió dedicarse con más apego a la comunicación social, ha sido propietaria y editora de Revista Pragma, dedicada a la Lingüística; luego, editora del Suplemento Cultura de Nuevo Diario, es directora editorial de Revista Aprender. Ha colaborado con numerosas revistas literarias y con La Gaceta Literaria, de Tucumán.
Tiene editado un libro de cuentos, Yo, sacrílega y otros, inéditos. Es solitaria, lectora voraz y fanática de los escritores argentinos del Boom y de los escritores rusos.

 

La presente nota fue escrita especialmente para ser publicada en esta revista. Los derechos de autor son propiedad exclusiva de la Señora Mónica Maud. La fotografía de la autora fue extraída de la página Web Santiagueños (http://sgodelest.blogspot.com.ar/ )