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 el ombligo de piedra

 

 

 

  EL OMBLIGO DE PIEDRA

   La columna de Rogelio Ramos Signes

   Con «eñe» de sabiduría

 

Que la computación con sus múltiples beneficios se ha extendido rápidamente por el planeta es una verdad indiscutible. Que su campo de acción se ampliará hasta ocupar lugares impensados, también es una gran verdad. Que la lengua inglesa (al menos la lengua inglesa que se habla en los Estados Unidos de Norteamérica) es fácilmente aceptada en casi todo el mundo, por su practicidad y sobre todo por su economía de recursos, es otra de las verdades de este tiempo. Que el poder económico termina imponiendo todo cuanto se propone y que no hay patria para el dinero más que la patria ¿potestad? del dinero mismo es (a decir verdad) otra verdad. Pero de ahí a dejarnos avasallar en el terreno de nuestra cultura (en el campito maternal de las buenas costumbres, bajo la gastada y suave mantita que nos arropa desde niños) hay una distancia bastante grande que no se estima en pesos y centavos, que no se encuentra en diccionarios bilingües, que no salta apretando la tecla enter. 

¿Qué particularidades tiene nuestra lengua escrita en relación a otras lenguas menos estéticas pero más afortunadas? me pregunto. Y me respondo, sin caer en todos los errores que podría permitirme: nuestro idioma cierra (y también abre) los signos de pregunta y de admiración; tiene un acento único que, según la letra final de cada palabra, la cantidad de sílabas de la misma y el peso de la pronunciación, puede convertirlas en agudas, graves, esdrújulas y sobreesdrújulas; dispone de cinco vocales sencillísimas y muy sonoras (a las que se le agregan, pero sólo en el habla, dos semivocales: la «i» de peine, por ejemplo, y la «u» de jaula); es una lengua lo suficientemente lírica como para no perder el rastro visual de algunas de sus letras más antiguas, como la «hache», la «equis» y la «ve corta»; conserva la diéresis sólo para usarla en un par de casos, lo que no es una vergüenza; dispone de dos tiempos verbales (el Pretérito perfecto y el Pretérito indefinido del Modo Indicativo) que, sin ser iguales, nos permiten expresar casi lo mismo y sin culpa; ayuda a jugar con las pequeñas similitudes y las grandes diferencias de fonemas y morfemas; agrega palabras año a año en el diccionario que rige su escritura; permite poetizar con neologismos netamente literarios que no tienen por qué ingresar en el habla cotidiana; y, por si fuera poco, dispone de la maravillosa letra «eñe».
Gente de habla inglesa, con acento de la América septentrional, y gente del negocio de la computación a grandísima escala, ha pretendido que la «eñe» desaparezca de los teclados. ¿Para qué ocupar un botoncito con una letra inservible? se habrán preguntado; y esa ignorancia (sólo para ser suaves) nos ha dejado perplejos. Creo que lo más sencillo cuando uno no entiende algo es preguntarle a los que saben.
Una lengua puede no tener la «eñe» (decimoséptima letra del abecedario español que representa un sonido de articulación nasal, palatal y sonora; para que vean) pero la cautela debe hacernos suponer que para algo existe. ¿O es que acaso la «eñe» y la «ene» suenan igual? ¿Es lo mismo caño que cano, peña que pena, año que ano? ¿Puede hablarse de un cabello caño o de un cano de cinco pulgadas, de dejarse abatir por la peña o de sentarse en una pena, de un moño que come maníes o de un mono a cuadritos, de un año dilatado o de una joven de quince anos? Todo parece un gran delirio. ¿Será que hay que perder la guerra (al menos las escaramuzas, las batallitas de cada día) para ser más humildes? Si bien no todos sabemos para qué sirven esos acentos de las lenguas francesa o portuguesa, a ninguno se nos ocurriría eliminarlos, ni a la «cedilla» (ç) ni a la conjunción copulativa inglesa «and» (&) ni a algunas vocales semiabiertas (œ), entre decenas de ejemplos más.
¿En qué cabeza cabe que España pueda prescindir de la «eñe» de su nombre? Afortunadamente no todo el mundo escribe Spain. De cualquier manera, tucumanos que leen este articulito, piensen que el querido cerro Ñuñorco (del quichua ñuñu, teta, y orcko, cerro; porque en verdad eso parece en toda su belleza) quizá termine llamándose Nunorco si no nos proponemos defender la «eñe» que nos pertenece.
En aquellas películas del lejano oeste donde los hombres del ejército yanqui entraban en México a sangre y fuego, pero con tiempo suficiente para seducir a las viudas y a las huérfanas (¡caramba! ¿qué mujer en su sano juicio podía resistirse a un elegante matador del Norte?) siempre se dirigían a ellas tocándose la punta del sombrero y diciendo «seniourrita». Siglo más, siglo menos, el auge de la computación (en realidad, del mundo de la computación) pretende volver a hacer realidad aquella cortesía, y sin que haga falta tocarse la punta del sombrero.
Una «eñe», y métanselo en la cabeza quienes no saben pronunciarla, no es una «ene» con una indescifrable basurita levitando encima. Tampoco suena como ni; y esto va para muchos habitantes de algunas ciudades muy pobladas de nuestro país que por decir cuñado dicen cuniado, campania en lugar de campaña, suenio por sueño, y así infinitamente. Son fáciles de identificar, créanme; son los mismos que parodian a los pobladores del alto litoral porque pronuncian correctamente la «elle» (en sus burlas lluvia se convierte en liuvia, cuchillo en cuchilio y todo así), son los mismos que ridiculizan a los cuyanos con sus «ye» y también con sus «elle» (unificando a todo en «i», transformando pollo en poio, yendo en iendo, canalla en canaia), son los mismos que satirizan a los oriundos de provincias mediterráneas, por lo suave de sus «erre» (entonces tejen un cocoliche imposible donde barro pasa a ser bayo, rancho algo así como yancho; y no lo entienden, por más que pongamos mucho empeño en explicárselo, en enseñarles algo que el buen tino ya tendría que haberles enseñado hace tiempo).
Con aliados así, por supuesto, cualquier proyecto de asesinar la letra «eñe» puede terminar teniendo éxito. ¡Coño! Pero, perdón, perdón. Tal vez a esta altura de los acontecimientos ya deba decirse ¡Cono! y yo no me había enterado.

(El ombligo de piedra, Libros del Hangar, Tucumán, 2001)

 

ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.