Víctor Montero

 

 

   TO BUILD A FIRE (HACER UNA HOGUERA) 

Versión original de 1902

Jack London
Traducción y notas: Víctor Montero

 

Jack London corrigió en 1908 un relato al que muchos críticos se refieren como el mejor de su producción, titulado To build a fire. La carga dramática y psicológica de este texto es profunda y la gimnasia del lector deambula párrafos adelante sin poder detenerse, presa de las vivencias demenciales que comienza a encontrar el protagonista en el congelado territorio de El Yukón, norte de Canadá. Pero resulta una tarea verdaderamente difícil el poder dar con el relato de 1902, es decir, con la versión original; y una labor sencillamente imposible hallarlo en idioma español, donde lo usual es el relato ya corregido y ampliado. Tal vez construir una hoguera en medio de la nieve resulte incluso una tarea más amena. Sea como fuere, el desafío es traer al idioma español aquel relato primigenio, perdido en los anaqueles.

El texto siguiente es la traducción del original, escrito por Jack London en 1902. 

 

Hacer una hoguera

 

Siempre es más agradable viajar con un compañero. Sin embargo, en el Klondike, un compañero es esencial. Tom Vincent lo descubrió de la forma más dura. Muchas personas le habían dicho: "Nunca viajes solo". Pero al escucharlo él se reía. Él era un hombre joven, fuerte y saludable. Estaba muy seguro de sí mismo.
Todo esto cambió un día oscuro de enero. Había viajado desde Dawson hasta Cherry Creek Divide, donde sus compañeros estaban cazando alces y buscando oro.
Había salido de Calumet Camp, en el Yukón. Llevaba una mochila ligera en la espalda y su ruta lo llevó hasta Paul Creek. Desde allí le sería fácil encontrar a sus camaradas. Estaba feliz por varios motivos: sus compañeros estaban seguros de haber encontrado oro y él regresaba de Dawson con cartas de sus familiares. La temperatura era de 15.5 grados bajo cero. A él no le importaba; estaba abrigado y feliz.

 

Amo de los elementos

 

Tom dejó Calumet Camp a las siete en punto de la mañana. Seguía oscuro. Amaneció a las nueve y media. Había caminado cuatro millas y todavía le faltaban otras seis para llegar a Paul Creek. El sendero no se usaba mucho, pero era fácil de ver, pues seguía el cauce del riachuelo.
A las once y media ya había caminado quince millas. Estaba a medio camino; había caminado deprisa y había ido bien de tiempo. Sabía que el sendero se haría más difícil, así que se detuvo para almorzar. Puso la mochila en el suelo y se sentó en el tronco de un árbol. Se quitó el guante derecho y metió su mano en la camisa. Sacó un par de panecillos salados y un poco de tocino. La comida estaba envuelta en un pañuelo; si no hubiera llevado de esa forma se hubiera congelado.
Había comido sólo un poco y tuvo que ponerse el guante de nuevo. Sus dedos se habían entumecido con el frío. Se sorprendió de lo rápido que esto había sucedido. Era el clima más frío que había conocido. Antes de salir de Calumet el termómetro marcaba 15.5 grados bajo cero. Estaba seguro de que ahora hacía más frío.
Sólo se comió la mitad del primer panecillo. Tenía mucho frío. Esto era inusual para él. Se levantó de un salto, se puso la mochila y echó a correr camino arriba. Pasados unos pocos minutos volvió a sentir calor, entonces siguió caminando. Se comió el panecillo mientras caminaba. La humedad de su aliento se le congelaba inmediatamente en el bigote.
En estas temperaturas, la mayoría de los hombres utilizaban un protector para la nariz; sus socios lo hacían. Pero él era reacio a esas cosas. Pensaba que eran "artilugios femeninos" y que no los necesitaba. En este momento se arrepintió, porque tenía que estar frotándose la nariz y las mejillas constantemente para que no se le congelaran.
No obstante, estaba contento. Sentía que estaba conquistando la naturaleza. Se rió alto y fuerte. Sintió que era más fuerte que los elementos. En estos climas los animales se escondían en sus madrigueras y no salían nunca. Él estaba fuera, luchando contra los elementos. Era un hombre, el amo del mundo.

 

Encender una hoguera

 

Peligro escondido

 

Después de media hora llegó a una montaña que se alzaba al lado del arrollo. Aquí estaba uno de los peligros más grandes de viajar por el norte. No parecía muy peligroso, pero lo era.
El agua del arrollo estaba absolutamente congelada. Varios afluentes de agua que bajaban de la montaña desembocaban en él. Estos pequeños arroyos nunca se congelaban por completo. El agua de estos afluentes formaba charcos poco profundos sobre el arrollo helado. Sobre esos charcos se formaba una fina capa de hielo. A su vez, más agua cubría el hielo delgado, formado un segundo charco. El resultado era el siguiente:
En la base estaba el arrollo congelado por completo, después había entre seis y ocho pulgadas de agua, luego una capa delgada de hielo, otras seis pulgadas de agua, otra capa de hielo, y todo esto estaba cubierto de nieve. Era muy difícil de ver. Era una trampa.
Tom Vincent no vio la trampa y rompió el hielo. Un hombre no se ahoga en doce pulgadas de agua, pero en el norte esto puede resultar muy grave. Cuando sintió el agua helada en sus pies y tobillos salió de allí de inmediato. No estaba muy preocupado. Lo que había que hacer, lo único que se podía hacer, era encender una hoguera. Recordó lo que le habían dicho hombres con experiencia: "Hasta 20 grados bajo cero puedes viajar con calcetines húmedos; con temperaturas más bajas, haz una hoguera." El sabía que que en aquel momento hacía mucho más frío.

 

La hoguera

 

Tom Vincent también sabía que era importante hacer la hoguera al primer intento. Si fallaba en el primer intento, habría una posibilidad más grande de fallar en el segundo. Este hombre fuerte, amo de los elementos, luchaba por su vida contra los mismos elementos. Sin embargo, en el norte, doce pulgadas de agua pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Encontró algunas hojas y ramas secas bajo un pino. Era imposible hacer una hoguera con aquellos gruesos guantes alasqueños. Tuvo que quitárselos. Tomó algunos fósforos del bolsillo. Eran fósforos de azufre que venían en manojos de cien.
Notó con qué rapidez se habían enfriado sus dedos cuando tomó un fósforo y lo frotó contra su pantalón. El fuego empezó a arder. Lo condujo con cuidado. No se dio prisa, aún teniendo sus dedos muy entumecidos.
Entonces sucedió una cosa terrible. La nieve de las ramas del pino empezó a derretirse, cayó sobre él y apagó el fuego. Tuvo que mantener la calma. Sabía que se encontraba en una situación peligrosa. Comenzó a hacer una nueva hoguera. Al principio no pudo levantar las ramillas porque sus dedos estaban muy fríos, pero finalmente se las arregló para hacerlo. Hizo un gran esfuerzo para sacar un fósforo. Lo frotó contra el pantalón, pero se le cayó en la nieve.
Ahora estaba desesperado. No sentía los pies, sus tobillos le dolían terriblemente. Se puso los guantes. Golpeó sus manos contra el tronco del árbol para restablecer la circulación. Así podría tomar un tercer fósforo para intentar encender el fuego. Estaba tiritando de frío, pero finalmente logró encender un pequeño fuego. Sin embargo, no pudo poner más ramas en la hoguera porque le temblaban muchísimo las manos. El pequeño fuego se apagó.

 

Una situación desesperada

 

El frío lo había vencido. No podía usar las manos. Se puso los guantes y comenzó a correr camino arriba.
Luego de un rato se detuvo. Tenía los pies helados. Estaba solo en la nieve.
"Desearía haber venido con un compañero –pensó. Él podría encender el fuego y salvarme."
Entonces vio alguna hojarasca seca y hojas.
"Si puedo encender un fósforo, estoy salvado", se dijo a sí mismo.
No podía doblar los dedos pero al fin logró sacar el puñado de fósforos. Era difícil separarlos. Intentó encender un fósforo una y otra vez. Finalmente encendió uno pero le quemó la mano y se le cayó en la nieve.
Comenzó a correr de nuevo. Ahora estaba muy asustado. No podía sentir ni las manos ni los pies, y tenía la nariz y las mejillas congeladas. Recordó que había un campamento de cazadores de alces cerca de Paul Creek. Debía estar cerca de aquel campamento. Si podía encontrarlo, estaría salvado.
Cinco minutos después encontró el campamento, pero estaba desierto. Se sentó en la nieve y comenzó a llorar. Sabía que en una hora estaría muerto. No obstante, su apego a la vida era muy fuerte. Estaba pensando con rapidez: "Los fósforos quemaron mis manos, pero tener las manos quemadas es preferible a tener las manos muertas. Perder las manos es mejor que estar muerto."
Corrió camino arriba hasta que encontró otro montón de ramas y hojas. Tomó el puñado de fósforos. Con gran dificultad frotó todo el manojo contra su pantalón. Sabía que, si podía aguantar el dolor, se salvaría.
Al principio no sintió nada pero pronto sintió el olor de la carne quemada; su carne. Aquello era un calvario, pero consiguió encender el fuego. En cinco minutos el fuego era grande y quemaba bien. Se frotó las manos con nieve y la puso cerca del fuego, luego las golpeó contra los árboles hasta que, al fin, restableció la circulación. Ahora pudo abrir la mochila y sacar una manta y medias y botas secas. No se pudo quitar sus botas viejas y tuvo que cortarlas con un cuchillo de caza. Se frotó las manos y los pies durante tres horas. Permaneció al lado del fuego toda la noche.
A la mañana siguiente llegó a su campamento en Cherry Creek Divide en un estado terrible. Pasó un mes antes de que pudiera caminar, y tendrá para siempre las marcas y cicatrices de sus manos.
"¡Nunca viajes solo!", dice ahora.

 

Victor Montero (Argentina, 1987) Escritor y autor de canciones. Estudia Lengua y Literatura Española en la Universidad Nacional Española a Distancia (UNED). Ha cursado narrativa breve en Escuela de Escritores (Madrid, España), escritura creativa con el referente argentino Adrián Abonizio y songwriting en Berklee Online. Director de Literatura en NOIR Revista Cultural y creador de textos sobre música. Traductor al español de piezas literarias en inglés (poesía y narrativa breve) para la Revista Cultural Tardes Amarillas y redactor de artículos sobre música en dicha publicación. Autor del libro Relatos y Cartas (2014) y Cuentos Enfermos (2016).

 

La foto que ilustra la nota fue tomada de la página Web de la Fundación Alicia y Guillermo: http://fundacionaliciayguillermo.com/