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DAVID PÉREZ VEGA 1 

 

 

 

    No se lo digas a nadie, por Jaime Bayly* 

Por David Pérez Vega

 

Editorial Círculo de lectores. 443 páginas. 1ª edición de 1994; 

 

Ya he comentado en el blog dos novelas deJaime Bayly (Lima, 1965): La noche es virgen y El cojo y el loco. Las dos me gustaron, sobre todo la primera. Seguía teniendo pendiente leer alguna de sus primeras obras. Sé que, ahora mismo, para un joven lector literario el nombre de Jaime Bayly debe estar asociado a un tipo de propuesta bestseller que no le resulta atractiva, pero yo recuerdo que durante los años 90, los primeros libros de Bayly tuvieron una buena acogida de crítica (además de público), y a mí se me fue pasando leerle, aunque siempre lo consideré uno de esos escritores que tenía apuntado que quería leer. Como Bayly fue un autor leído en España en los 90, las tiradas de sus libros eran amplias y ahora es fácil encontrar estas novelas, a precios muy baratos, en las librerías de segunda mano de Madrid. Además, a mí pareja, que en la actualidad cada vez reniega más de la literatura de ficción y de las novedades literarias, le dio por leer a Jaime Bayly al que encuentra muy divertido, independientemente de su calidad literaria, y la mayoría de sus libros están por mi casa.

He leído No se lo digas a nadie en su edición del Círculo de lectores, ejemplar que compré en la librería de segunda mano Ábaco y que en la actualidad pertenece a mi suegra. Le pedí a mi pareja que lo trajera a casa porque me apetecía leerlo; una lectura que se me quedó pendiente de los años 90. 

El protagonista de No se lo digas a nadie es Joaquín Camino, perteneciente a la clase alta limeña y alterego de Jaime Bayly. La novela comienza el día en que Joaquín ha terminado quinto de primaria y su madre le anuncia que lo va a sacar del colegio Sagrado Corazón, al que acudía hasta entonces, para llevarlo al Markham, una decisión que se toma sin consultarle a él y que de modo significativo supone el comienzo de esta ficción: la madre opina que el segundo es un colegio mejor y Joaquín debe saber dirigirse en la vida en contra de su voluntad. Por lo que he podido leer en internet sobre la vida de Bayly, él acudió a estos dos colegios en las fechas en las que lo hace Joaquín, y podríamos pensar que, a pesar de usar el filtro de la ficción para exagerar situaciones, muchas de las anécdotas que recoge este libro deben tener una base autobiográfica. 

no se lo digas

                                                                                 Portada de la editorial Seix Barral

La novela está escrita en tercera persona, siguiendo muy de cerca las andanzas de Joaquín, narrando los aspectos que tienen que ver, sobre todo, con su despertar sexual y la aceptación de su condición de homosexual. El peso narrativo de la novela recae sobre los diálogos, con tanta fuerza que en más de una ocasión las frases que hacen que la escena cambie se pueden leer casi como las anotaciones de una obra de teatro. Son frases cortas, funcionales en la que nunca hay una metáfora ni un juego verbal (me ha parecido detectar sólo una comparación en toda la novela, que sería esta: "se tambaleó como un animal herido", pág. 150). Estos párrafos que se escapan a la fuerza oral de los diálogos de la novela suelen, además de servir para cambiar de escena, explicar dónde está Joaquín o en qué momento del tiempo nos encontramos, para describir brevemente a los personajes que van apareciendo. Los personajes suelen quedar descritos por tres o cuatro atributos físicos: "Se quedaron callados. No había nadie más en la pequeña sala donde estaban sentados. Alfonso era alto, muy blanco. Tenía el pelo marrón y los ojos celestes. Joaquín lo había visto varias veces dando vueltas por la rotonda de la universidad, y le había parecido un chico bastante atractivo." (pág. 151)

Dejando atrás la parquedad de los párrafos descriptivos, ésta es una novela de diálogos, en ellos se despliega toda la riqueza del lenguaje peruano, todos sus aumentativos o diminutivos, o el lenguaje de jerga que tiene que ver, sobre todo, con el consumo de droga, y que en la página 160 lleva a Bayly a dar una explicación para el lector de la época: "En Lima, a la coca le decían chamo, paco, paquirri, falso, falso Paquisha, blanca, blancanieves. La más común era decirle chamo."

Con los aumentativos o diminutivos ocurre aquí lo mismo que en las novelas de Alfredo Bryce Echenique: este lenguaje acaba teniendo una función cómica en el texto. Aunque es cierto que lo que Bryce Echenique tiene de ternura, Bayly lo tiene de acidez, lo que también acaba siendo bastante divertido.
El mundo que se retrata aquí no deja de ser terrible. Joaquín comienza siendo un niño bastante inocente que sufre el abuso de los demás: su mejor amigo en el nuevo colegio, el director de este colegio, un cura que le confiesa, los monitores de un campamento del Opus Dei... acabarán queriendo abusar sexualmente de él. Escenas que, pese a la violencia contenida en ellas, al estar narradas con sentido del humor podrían llevarnos a pesar en una novela erótica del siglo XIX, en la que la expresión de la sexualidad se volviese expresionista: el director del colegio quiere castigar a Joaquín: "Voy a tener que darle unos cuantos palmazos en el poto. ¿Le parece justo, Camino" Empieza a hacerlo y la escena acaba así: "Se había bajado la bragueta. Estaba masturbándose. Joaquín le dio la espalda. Moulbright siguió palmoteándole el trasero. No bien terminó, le dijo a Joaquín que ya podía irse."

Joaquín se sentirá incomprendido por sus padres: Maricucha, la madre, es una fanática religiosa cercana al Opus Dei, que por supuesto no quiere saber nada de la homosexualidad de su hijo. Y el padre, Luis Felipe, queda retratado como una persona brutal, obsesionado con hacer de su hijo un mujeriego machista, un clasista o un racista como él. Las escenas en las que se retrata al padre acaban siendo cómicas de puro exageradas. En un momento de la novela, por ejemplo, Luis Felipe lleva a Joaquín a cazar, y al regresar a Lima, atropellan a una persona en la carretera, el padre no se detiene para auxiliarla y le dice a su hijo: "-Así es la vida, pues –dijo, sonriendo-. No cacé nada en El Aguerrido, pero al regreso me cargué un cholo. Algo es algo, ¿no?" (pág. 113)

En la boda de una de sus hermanas, después de meses lejos de sus padres, Joaquín vuelve a verlos y decide contar a sus familiares que es homosexual. Su hermana le dirá que le ha arruinado la boda, pero la respuesta más brutal volverá a ser de nuevo la del padre: "-Un hijo maricón –murmuró Luis Felipe-, haciendo un gesto de desprecio-. Hubiera preferido un mongolito, carajo." (pág. 116)

En cada capítulo se narra la relación de Joaquín con alguna otra persona. Cuando se empieza a convertir en adulto y se independiza, estar personas suelen ser amantes. Son historias llenas de frustración en las que las relaciones homosexuales han de vivirse de forma oculta, y en las que suelen repetirse variaciones de la frase que da título al libro. Su amigo Alfonso vive su homosexualidad como una etapa transitoria de su vida, pues da por descontado que acabará casándose con una mujer y teniendo hijos. Alguna otra de sus parejas tendrán novias formales y otras tendrán que luchar contra sus sentimientos religiosos.
Joaquín, en la medida que puede, trata de ser honesto con aquellas personas con las que se relaciona y hablarles de su condición sexual, algo que rara vez suele ser recíproco; pero él tampoco escapa al mundo y a la clase social a la que pertenece. Su frustración le lleva a cometer algún acto malvado, como echar en la cara gas antiviolaciones a una chica y abandonarla en un descampado, o acompañar a unos amigos a dar una paliza a un transexual, algo de lo que él trata de disuadirles pero de lo que acaba formando parte.
Uno de los puntos a favor de la novela es que no es moralizante; rara vez trata Bayly de situar a su alterego en un posicionamiento moral superior a la sociedad (machista, clasista, racista...) que retrata. Su alterego es un cocainómano y frívolo joven de Lima que trata de divertirse, a pesar de que le ha tocado ser homosexual en una ciudad –o en una clase social, más bien- que no tolera las diferencias, y así, a pesar de que él pertenece a una familia adinerada y es blanco en una sociedad profundamente racista también es una víctima. "-Haber nacido en el Perú y se homosexual es como una maldición –dijo Joaquín" (pág. 166)
"-Ay, hijo, no te imaginas qué alivio salir del infierno de Lima. Yo la verdad que ya estoy harta, harta, hasta la coronilla, de los apagones y las bombas y los cholos apestosos". Le dice su tía a Joaquín cuando se encuentran en Miami, en la página 325.
"-Lo que creo es que deberías irte del Perú cuanto antes, Joaquín. Aquí te estás desperdiciando, hombre. Tienes que aceptar un hecho irreversible: los blancos, los que éramos dueños de este país, estamos de salida, vivimos encerrados y cada vez somos menos. Los cholos nos están borrando poco a poco. Es normal, pues, así tenía que ser. Los cholos son la mayoría. Ellos son los dueños de este país." Así le habla a Joaquín un amigo en la página 323.

Me resultó raro que siendo esta una novela tan visual, tan cuajada de diálogos, que se alejaba de cualquier retrato introspectivo, de repente, traspasada ya la página 300, empiezan a aparecer pequeñas frases en la narración para describir algo más que los movimientos de Joaquín: "dijo él, hablando lentamente, sintiéndose cruel" (pág. 316) o "Lástima que justo escogió el de Mecano, pensó".

También me ha resultado raro que en una novela que tan bien refleja el lenguaje oral de las calles de Lima en la década de 1980, cuando traslada a Joaquín a las calles de Madrid cometa más de un error al hacer hablar a personas españolas con claros peruanismos. He apuntado estos:

Un chico de quince años le dice a Joaquín: "Tú eres muy grande para ser mi amigo" por "Tú eres demasiado mayor para ser mi amigo".
Un taxista le dice a Joaquín: "Ahora bájese de mi carro, por favor, yo no trabajo con mariconas". ¿Se imaginan a un taxista madrileño llamando "carro" a su coche?
"-Vete a coger por el culo" –gritó el taxista." Por "Vete a tomar por culo".

No se lo digas a nadie se publicó en Seix Barral en los 90, con el aval deMario Vargas Llosa, ¿no había entonces en una editorial tan potente correctores o editores atentos? ¿No tenía Bayly un amigo español al que consultar? Pero más grave que esto me ha resultado algo que he leído en la wikipedia: «En 2010 publica con el grupo Alfaguara una reedición de sus novelas: No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo, Los últimos días de 'La Prensa' y Yo amo a mi mami, pero suprimiendo los temas eróticos, ofreciendo una versión aún más ligera de ellas.» ¿Será esto verdad? Por lo que sé, Jaime Bayly –exitoso presentador de televisión- tiene que mantener un nivel de vida muy alto, y posiblemente esta noticia, de ser cierta, más bien parece una ocurrencia suya, con el deseo de llegar a un público más amplio, que una imposición de la editorial.

Cuando Jaime Bayly volvió a Lima tras publicar No se lo digas a nadie, le increpaban por la calle llamándole «¡Joaquín, Joaquín!», a modo de insulto. Es decir, en 1994 en Lima la literatura todavía era algo importante, algo capaz de provocar un pequeño escándalo burgués. Posiblemente Bayly haya sido uno de los últimos escritores del mundo hispano en poder conseguir algo así.

Posiblemente Jaime Bayly se ha convertido en la actualidad en un escritor que aspira más a vender que a hacer literatura, pero creo también que sus primeros libros, como éste que hoy comento, merecen la pena. Su ritmo es muy ágil y el retrato despiadado de la clase alta limeña, con unos diálogos tan ingeniosos y humorísticos, acaba haciendo de esta novela un libro divertido y a la vez amargo, algo (a pesar que de que la prosa de, por ejemplo, Alfredo Bryce Echenique, sea más honda) muy cercano a la buena literatura.

 

*Esta reseña fue publicada en el blog Desde la ciudad sin cines http://desdelaciudadsincines.blogspot.com.ar/ el día 17 de abril de 2016